ETA murió en la cama

Ahora que los encapuchados de ETA ya ejercen de nazarenos, una justicia democrática violenta condena a cárcel a la tuitera de los chistes de Carrero Blanco. No me digáis que no vivimos en un país muy peculiar, con unas victorias y unas derrotas muy peculiares, con unos vencedores y unos vencidos muy raros. Digo esto porque creo que ahora toca analizar hasta qué punto ETA puede ser culpable del enanismo de la actual democracia española. Su existencia ha permitido justificar muchos recortes de libertad popular “en defensa de la democracia”. No hay nada más enojoso que una paradoja burda.

ETA ha hecho más por el posfranquismo que aquel ejército golpista que tanto nos asustaba en los 70 y los 80. Lo insinúa muy ladina e inteligentemente el tardoconverso Arnaldo Otegi en una entrevista a El País cuando le preguntan por la reacción del Gobierno del PP tras el desarme etarra: “¡No lo celebran! Salen enfadados, eso es lo curioso. Si a mí me dicen mañana que la Guardia Civil va abandonar mi país, que se va a declarar la independencia y que van a entregar las armas, yo monto una fiesta y, vamos, se me va a notar en la cara que estoy encantado. Lo curioso del Gobierno español es que dicen ‘nosotros hemos derrotado a ETA’ y lo dicen enfadados, muy serios, crispados. ¿Por qué siguen tan cabreados?”.

Lleva toda la razón el tardopacifista Otegi. Ni Mariano Rajoy, ni nadie de su gobierno, ha querido ponerse la medalla de la rendición de ETA bajo su mandato. Es extraño. Conozco gente convencida de que el PP alentaba la supervivencia de una ETA asfixiada para obtener réditos electorales. No lo puedo creer, a pesar de la repugnancia que me provocó la instrumentalización política de las víctimas por parte de Aznar y Rajoy. Y a pesar de las impúdicas conspiraciones obstruccionistas del PP cada vez que el PSOE, gobernando, balbuceaba intentos de diálogo con la banda en busca de paz. Y a pesar de las mentiras ventajistas sobre la implicación de ETA en los atentados del 11-M con las urnas ya enjabelgadas para las elecciones del 14. Demasiados pesares.

Ya se ha dicho arriba que ETA ha sido durante estos 40 años una excusa perfecta para recortarnos libertades, y para que aceptemos la mutilación como necesaria. Incluso como muestra de patriotismo. Por eso quizá el contraste entre el ánimo risueño del derrotado Arnaldo Otegi, que hasta se permite vacilar, y los funerarios mohínes de los vencedores populares. Hasta Rafa Hernando fue capaz de no enseñar sus seductores dientes cuando los periodistas le preguntaron por la cosa.

Lo malo es que a nosotros, los pedáneos, el fin de ETA no nos sirve como incentivo para exigir ahora la devolución de las libertades prestadas, pues ETA ha sido sustituida por el más inaprehensible terrorismo yihadista. A nadie, parece, se le ocurre ni se le ha ocurrido pensar que quizá medidas menos antidemocráticas habrían sido más eficaces. Es lo que tiene el terrorismo: que a las potenciales víctimas nos une en un ejército irreflexivo y manipulable. Tan manipulable como para que los jueces y una no despreciable parte de la ciudadanía consideren a Carrero Blanco, criminal opresor, víctima del terrorismo. Otra enanización democrática atribuible a ETA. Como la ley de partidos o la mordaza. Como tantas otras.

Una última cosa. ETA no ha sido derrotada. ETA se ha extinguido, igual que un mamut o la moda de los pantalones campana. Como Franco, ETA murió en la cama.