El PP de los poetas muertos

Los córvidos esfuerzos de este gobierno por espulgar de cultura la piel de toro española no tienen piedad ni al exterminar las crisálidas más frágiles. Ahora le ha tocado a la diminuta, aunque delicada y bella, literatura universal.

A partir del curso que viene, los estudiantes de la ESO no podrán matricularse en Literatura Universal. La han fumigado del programa escolar, aunque solo era una sosegada asignatura optativa. Los adolescentes españoles que necesiten para su futuro una discreta noción de quienes fueron Shakespeare, Homero, Victor Hugo, Simone de Beauvoir, Poe, Byron, Virginia Woolf y García Márquez tendrán que pagársela de su bolsillo. No habrá desde el próximo curso profesores públicos que enseñen Shakespeare. De momento, y al menos hasta la hora del té, los ingleses no nos han amenazado de guerra. Pero no quiero imaginarme la que montaría Cospedal si el gobierno gibraltareño borrara a Cervantes de sus escuelas. La gloriosa reconquista de la isla Perejil iba a parecer poca cosa.

Lo único que tiene de bueno esta razzia feroz del PP contra la literatura, el cine, el teatro, la pintura, la música…, es que es una razzia muy literaria. Atrezzada de afrentas, fantasmas y dagas, como en el Hamlet. El único arte que el PP ha apoyado siempre es la arquitectura, con sus calatravas, sus aeropuertos, sus campos de golf, sus urbanizaciones, sus algarrobicos, sus innovadoras recalificaciones y unas autopistas tan contemporáneas que hasta están más vacías que los museos.

Es tan cruel la política del PP contra la cultura que ahora acaba de atravesar con su daga el vientre académico de la literatura universal, que era un pobre Polonio escondido detrás de una cortina de asignaturas optativas. La recién asesinada literatura universal es la Anna Frank de este genocidio de la raza política sobre la raza cultural. Una cosa muy pequeña que no era necesario extirpar. Ni siquiera por despiste. Esperemos que haya dejado algo de obra en su buhardilla.

Supongo que muchos defenderán este guillotinazo a la literatura universal con el pretexto de que era deporte de escasa afición. Solo alguna chica con piercing y el pelo lila marcaba la casilla de esta optativa, y no la de religión (que se aprueba con el culo, que es el espejo del alma).

Pero yo creo que un colegio donde no haya la opción de entender Shakespeare no es un colegio. Es una fábrica de hamburguesas neuronales. Si yo llegara a ministro de Educación –no lo quieran las musas– obligaría a tener en cada colegio un profesor de literatura universal aunque no se apuntara nadie. Aunque suspirara muy inútil, estético y lírico entre los geranios y las adelfas del jardín que rodea umbroso la mayoría de nuestras escuelas públicas. Tim Burton le haría al profesor solitario de literatura universal una película, seguro. Y la lápida de Adolfo Becquer naufragaría en lágrimas.

En 1994, en la vida política española causó cierto revuelo un malicioso epigrama del filósofo José Luis López Aranguren: “El poder aun padece vicios franquistas”. Gobernaba todavía Felipe González y a los socialistas no les sentó nada bien esta crítica. Y menos viniendo de un ex franquista, quizás de un ex delator, de un prestigioso intelectual converso a la libertad y la democracia.

Aranguren, ya entonces, criticaba una arenosa política educativa socialista que engullía las humanidades para enseñarnos más inglés y más átomo. Y lo que sucede cuando haces eso es que no se aprende a leer, ni a escribir, ni el inglés, ni el átomo. Es imposible idear un acelerador de partículas sin haber leído Macbeth. Creo yo, que nunca he ideado un acelerador de partículas. Aranguren insinuaba que primar en la educación a las ciencias eliminando el humanismo no favorecía a la ciencia, sino a la ignorancia global y al fascismo. Como nos está pasando ahora en este entierro, en la cuneta del colegio, de la literatura universal.

El único consuelo que nos queda es que la literatura universal ha dejado un joven y bello cadáver. El PP de los poetas muertos no ha hecho aun del todo bien su trabajo.