Huir hacia atrás

No hay cosa más deprimente que seguir pensando de viejo lo que ya pensabas de joven. No significa necesariamente que antes y ahora tengas razón, sino que el mundo no ha cambiado de antes a ahora. La primera vez que viajé a África, hace ya trozos de siglo antiguo, comprendí que algún día toda una marea humana se hartaría y acabaría invadiendo nuestros lofts, invadiendo Europa. En el tema fronterizo soy un apóstata: cuando me ponen una raya separando dos trozos de tierra, me la esnifo. No comprendo los mapas.

Desde que el invierno ha dejado de congelar cuerpos y conciencias, poco se sabe de esos extraños seres a los que en Europa llamamos refugiados. Víctimas de las fronteras (entre otras cosas). Si no fuera tan dramático, resultaría divertido observar que llamamos refugiados a aquellos a los que no damos refugio. Los refugiados son esos seres (quizá humanos para algunas pocas conciencias) que re-fuyen de sí mismos y cuando llegan se dan cuenta de que también han de re-fuyir de nosotros, quedándose en tierra de fuga, que es la tierra de nadie y la tierra de todos. Busco la etimología de la palabra. Refugere, latín, huir hacia atrás.

Aunque suelo dedicar la mayor parte de mi vida a suicidarme, como cualquier asalariado, no puedo dejar de pensar en que los refugiados, ahora que nadie sabe latín, un día descomprenderán las etimologías y dejarán de huir hacia atrás, y huirán hacia delante. Un día dejarán de caminar armados de esperanza, y vendrán hacia nosotros simplemente armados. ¿Armados con qué, si no tienen nada? No lo sé, y tampoco quiero dar ideas, pues desangrándose uno solo se está muy a gustito.

El caso es que ya nadie habla de los refugiados todos los días, salvo Fernando Berlín y sus resistentes y unos cuantos cronopios más. Nadie dice que son un ejército. Como algunos marcianos de las películas, parece que vienen en son de paz. Al fin y al cabo, huyen hacia atrás de una guerra, que es lo mismo que decir que huyen hacia los guerreros. Nosotros.

Cuento esto porque se acaba de clausurar en Menorca un congreso sobre la obra de Albert Camus, aquel argelino de frente lunar al que los franceses adoran como suyo. Camus vivía, escribía y viajaba (que es todo lo mismo) sometido a los nortes y oestes de lo que él llamaba su brújula ética. La brújula ética no tiene por qué llevarte hacia ningún sitio. Quizá no ha nacido para eso. Quizá ha sido construida para que los otros (el infierno de Sartre) viajen hasta ti. Digamos que es una brújula de vocación invertida, con más imán que aguja, con menos destino que hospitalidad.

En ese congreso se habló –cito textualmente– de “las contradicciones de nuestro mar común”. ¿No sería mejor hablar de nuestras contradicciones comunes viendo el mar? A pesar de las aguas jurisdiccionales de cada país, siempre tan procelosas, cambiantes y turbulentas, en el mar rige un derecho internacional que no da derecho a nadie sobre él. Cuánto debería de aprender la tierra del mar, en lo referente a geopolítica y fronteras. Que alguien se atreva a pedirle pasaporte a una ola.

A lo que iba. Pronto los que sufren las fronteras se rebelarán contra los que las han pintado. Ese miedo es el que alienta la xenofobia. Le Pen en Francia, Mariano Rajoy en España, Donald Trump en Disneylandia. Yo, aquí, escribiendo sobre esto sin pasar frío ni calor ni nada.