El pepero que fue honrado

Creo que ya va siendo hora que la prensa española se deje de diletancias y nos unamos todos con un propósito único: encontrar a alguien incorrrupto en el Partido Popular. Tiene que existir alguno, aunque no me extraña que tenga cierto pudor en mostrarse al público, pues lo más seguro es que los medios lo convirtiéramos en una especie de fenómeno de feria, todo el día de Sálvame a Salvados, de las páginas de política a las de sociedad y ciencia, del candelero al candelabro y tal. Chesterton, incluso, resucitaría para sacar a las librerías una deliciosa novela de intriga, fineza y humor: El pepero que fue honrado.

Uno se asombra todos los días del grado de aceptación que goza el corrupto español ante la sociedad que te vota. En Italia o EEUU se le tiene miedo a la mas mafias. Aquí nos dan la risa floja, como si fueran personajes de una ficción sarcástica de la que nos despertaremos para vivir nuestra cotidianeidad limpia y aburrida.

Hay sociólogos y politólogos que explican esta querencia española por el corrupto en nuestro franquismo inmanente. Nos acostumbramos tanto y durante tantos años a la impunidad de los oligarcas fascistas que la corrupción nos parece un fenómeno natural, como la floración en la primavera. Lo más cultivados recurren a la literatura para explicárselo: somos el país de la picaresca, de Lazarillo al Buscón, y nuestra historia es solo una escenificación inagotable de nuestro amor eterno por aquellas letras.

De vez en cuando, para romper la monotonía, en España gustamos también de inventarnos mirlos blancos. Fue el caso de Cristina Cifuentes, vendida en los escaparates mediáticos cual el rubio azote del mal universal, impoluta, motera y algo choni, como un personaje femenino de Sin City. Lo malo es que estos diseños de mirlo blanco nos salen con la fecha de caducidad más urgente que la de los replicantes de Blade Runner. Los españoles sabemos ser tan crueles como cualquier otro creador.

Tan imaginativo es nuestro ingenio que incluso hemos ideado un personaje incorrupto a la medida de nuestra esperpéntica tradición literaria: el que mete la pata sin meter la mano, como si ser imbécil fuera el único blasón posible de la decencia. Muchos políticos en los últimos tiempos han echado mano de este argumento para justificar ciertos desmanes. La gran victoria del diablo es convencernos a todos de que no existe o de que es idiota, Keyser Söze.

Cifuentes, hasta ahora, había conseguido no mojarse el pelo nadando entres esas dos aguas. Ni siquiera se le tenía en cuenta su pasado como consejera del Canal de Isabel II en la época en que Ignacio González convertía el agua en vino. Ahora, tras el informe de la UCO, ya solo le queda hacerse la tonta, o la rubia, que parece que le mola más. El juez Velasco parece que está por la labor de enarbolar esta doctrina y no la ha imputado. La sentencia de la infanta tonta ha sentado jurisprudencia, por si no os habíais enterado.