La maldición mefistofélica del cuaderno azul

 

La testifical de Rodrigo Rato, Francisco Álvarez Cascos, Jaime Mayor Oreja y Ángel Acebes en el juicio por la Gürtel me provocó nostalgia de tiempos más felices. Eran tan felices porque creíamos imposible que caterva tan mendaz fuera votada otra vez por los españoles en muchos siglos. El 26 de julio, día de Santa Bartolomea Capitanio, será Mariano Rajoy quien repita en sede judicial que él no sabía nada de cajas B ni de sobres ni de “esas personas de las que usted me habla, ¡es usted un Ruiz!”. Y así se habrá completado la maldición mefistofélica del cuaderno azul.

No es mucha broma lo de la maldición mefistofélica del cuaderno azul. Como todos intuiréis, se refiere a la maldición que ha recaído sobre cada uno de los cuatro candidatos a suceder a José María Aznar, aquellos que aparecían anotados en su secreto cuaderno azul. Los cuatro se sientan en el banquillo de los testigos, que para los dirigentes del PP es más incómodo que el de imputados, pues en el primer caso no te dejan mentir, con lo que coartan la más gozosa afición de nuestra derecha fea, católica y sentimental.

Según la maldición mefistofélica del cuaderno azul, el sucesor de Aznar está condenado no a heredar sus glorias y sus novias, pero sí sus pecados, los padrinos de boda de su yerno, sus siete plagas (Prestige, la invasión asesina e ilegal de Irak dentro del bolsillo de Bush, 11-M, Gürtel, el himno del PP…) y la desmemoria. Hasta a la esposa de Aznar tuvo que heredar el pobre Mariano en particular, y se comió el tarro hasta colocarla de alcaldesa de Madrid para que se distrajera vendiendo pisos de protección oficial a los fondos buitre. En plan marquesa en rastrillo benéfico, pero al revés.

Sin embargo, la maldición ahí sigue. Y la carcoma de la brujil desmemoria corroe los cerebros de Acebes, Oreja y Rato, y emponzoñará de amnesias, este 26 de julio, el de nuestro Mariano. Caso de buscarle un lado bueno a la maldición, señalar que el olvido no es delito, como no lo fue el amor de una infanta. Y que los delitos se olvidan, sobre todo si, como esta banda, no te has leído a Dostoievski.

Se sorprendían ayer los tertulianos y los tuiteros de que todavía el nombre de Aznar no haya sobrevolado este entretenido juicio que reúne a las más pizpiretas pin-ups de nuestra corrupción. Recuerda a lo que sucedió durante tantos años con el ex honorable Jordi Pujol. Arde Roma y los césares alivian el sofoco con un mojito.

Pero Aznar no es el diablo, aunque se lo crea y –a veces– lo parezca, y el curso de los acontecimientos lleva a pensar que él también acabará sucumbiendo a la maldición mefistofélica del cuaderno azul. Y pasará por las mismas desmemorias y vergüenzas que sus chamanes delante del juez y de la televisión, y su señora tendrá que reponerse con las sales de un spa en Lisboa, como cuando lo del Madrid Arena.