A reprobar hasta enterrarlos en el mar

 

Ha llegado a España la moda de reprobar ministros, y uno no sabe muy bien si eso sirve para algo o no sirve para nada. La oposición parece que se lo toma muy solemnemente, pero cuando uno observa a Rafael Catalá y a Cristóbal Montoro tampoco se les adivinan estigmas ni padeceres, sino una cara de cachondeíto que hace dudar un poco de tan parlamentaria solemnidad. Cierto es que el PP se alimenta de vitaminas muy paradigmáticas. Cuanto peor, mejor y tal. O sea, que quizá coleccionan reprobaciones con espontaneidad indiferente porque saben que a parte de su electorado la liturgia del caradura le pone, y los desprecios a la democracia y las instituciones son embolsados como muestras de virilidad politica –con perdón–. Baste observar la aceptación entre cierta derecha de los modos ultramontanos del portavoz Rafael Hernando, capaz de convertir el hemiciclo en la trastienda tabernaria donde se ríen los navajeros antes de subir con una botella, un cigarro y la sonrisa mellada a las sucias habitaciones del mercadeo de amor.

No se había visto antes en democracia un equipo gobernante ni un parlamento tan chulescos como los que capitanea Mariano Rajoy. Ni siquiera cuando José María Aznar subía los pies a las mesitas guerreras de Washington. Rajoy es una gran sorpresa cotidiana, que de su grisura y su verbo cachazudo saca una especie de héroe o antihéroe que sobrevive con indiferencia a cualquier embate. Algunos analistas aseguran que esta solidez deleznable, arenosa, proviene precisamente de la debilidad multiplicada de sus adversarios. Yo ya no me lo creo. Sospecho que a buena parte del electorado de la derecha la burla a las instituciones les viene a confirmar que son suyas, su serrallo, y que tienen derecho a reírse de ellas como antaño los señoritos se mofaban de las criadas. Y algo de razón llevan, pues según las demoscopias la tormenta de corrupción perfecta que zarandea al gobierno y al partido ya no hacen más mella en la nave popular, que mantiene el adelanto electoral como gran baza de su perviencia. Nada puede hundir al PP, pues es hoy el partido que más se parece a la corrupta España. Como en los 80 fue el PSOE el partido que más se pareció a la tontamente esperanzada sociedad española. Nos vamos haciendo viejos y mezquinos, y ya preferimos ser engañados directamente a seguir engañándonos a nosotros mismos. Se le llama resignación.

Los ministros reprobados respiran, comen, legislan y duermen como cualquier otro ministro. Ni siquiera les ponen unas orejas de burro, como a los alumnos díscolos en las escuelas antiguas. Son una especie de héroes de una resistencia inversa, de una guerrilla gubernamental y enmoquetada que pelea contra el rojerío, impasible el ademán. Ni siquiera cuando los trincan con la cartera suiza, como al ex senador Luis Bárcenas, se les bajan esos humos de salvapatrias. La verdad es que resulta complicado observar diferencias, salvando estilos, entre la comparecencia de Montoro y la de Bárcenas ante sus señorías. Desprecio y displicencia. Arrogancia. Explicaciones gamusinas que hieren la inteligencia del oyente, del diputado, del votante. Pero ahí siguen, como el dinosaurio de Monterroso. Como el Valle de los Caídos. Como la España sociológicamente predemocrática, esa cuyo miedo aun duerme en las cunetas.