Caer en tus redes

Me asombra escuchar los debates sobre el mal o buen uso de las redes sociales como canal de información. Si quieres criar un perro, lo más normal es que alguna vez te muerda. No veo yo que en la tele o en la prensa se digan menos sandeces que en twitter o facebook. La desinformación también es un derecho. El derecho a estar desinformados es uno de los que mejor defendemos los españoles.

Para mí, las redes son como los antiguos fotomatones. Todos le echábamos la culpa al fotomatón de lo feos que salíamos. Las fotos del fotomatón parecían servir solo para adornar un se busca policial. Eran horribles, pero éramos nosotros. Y yo nos veo a nosotros –país, sociedad global– cuando escucho las mareas de pensamiento cibernético sobre los distintos temas que van surgiendo en el trending. Las redes me atrapan la misma realidad social e ideológica que observo y escucho en el bar, en las urnas, entre los amigos o en misa (bueno, en misa ya tal).

Se analiza el comportamiento de las masas en las redes como si en ellas habitara nuestro otro yo, o el lado oscuro, y yo creo que en ellas sencillamente está charlando el súper-ego freudiano. Lo único que me revienta un poco la teoría antedicha es la proliferación en redes de fotos y vídeos de gatitos, fenómeno para cuya exégesis todavía no me siento preparado.

Desde hace cierto tiempo, cuando uno accede a un cargo público lo primero que hace ya no es cambiar de coche y de pareja, como imponía la tradición. Lo primero que se hace es borrar el rastro de todo pasado personal en las redes. Es una actitud un tanto inquisidora. Como si prohibiéramos y quemáramos en la plaza pública los libros que habíamos escrito de jóvenes. Y ya dijo una vez Manolo Rivas que los libros arden mal.

Hasta la policía nos pide, cuando hay atentados y otros asuntos que le atañen, que nos cortemos en las redes. Que no demos pistas o informaciones que no estén contrastadas. Que no opinemos precipitadamente. Cuando las redes nada tienen que ver con el trabajo policial ni con la verdad investigada. Las redes, en este concreto caso, son como las cucharas soperas: solo susceptibles de interés policial si con ellas se ha cometido un crimen. Preferentemente a la hora del té.

El problema de los bulos en las redes no es defecto de las redes ni del emisor, sino de aquel que se cree que las redes son un canal informativo y traga. Es el fenómeno hoy conocido como cuñadismo. Realmente, tragamos solo lo que queremos tragar. Nos encanta tragar lo que ya nuestros prejuicios ideológicos han digerido desde la teta.

Un caso claro de que esto ocurre con o sin redes es el del primo de Rajoy, aquel que negaba el cambio climático porque era incapaz de predecir el tiempo en Sevilla. O el caso del amigo que fue a Barcelona y conoció a una familia de ingenieros aeronáuticos cuyos hijos no saben hablar castellano, lo que demuestra la maldad del secesionismo. No hizo falta la existencia de redes para que estas ocurrencias surgieran y perduraran.

Sobre las redes podíamos aplicar la brillante meditación que hizo Zola sobre la ciencia: “¿La ciencia nos ha prometido la felicidad? Yo no lo creo. Nos ha prometido la verdad. Y está por demostrar si la verdad nos puede hacer felices”. Pues eso.

Con esto de los atentados en Catalunya yo no he visto en redes verdades y bulos diferentes a las que he leído en los medios de comunicación tradicionales. Hay una España que muere, una España que bosteza y otra España que tuitea. Pero las tres son la misma y triste España. Nosotros, o sea.