Évole, en el punto de mira

Resulta que ahora Jordi Évole está perseguido brutalmente porque alguien ha puesto en las redes que “se busca colaborador equidistante”. Lo veo en un periódico de mi patria, de mi nación, de mi Galicia, de mi contubernio. Lo veo en El Progreso de Lugo, donde tantos amigos guardo: “Évole, en el punto de mira tras sus últimos artículos”. En las tertulias de La Sexta también se le da mucha importancia, como si a este simpático y profesional muchacho lo hubieran amordazado dos esbirros de Silvio Berlusconi o Juan Luis Cebrián le hubiera preparado el desayuno en la cama de Lucrecia Borgia. Yo no veo que haya pasado nada. Ni a Jordi Évole ni a nadie.

No gasto mucho tiempo en tonterías, así que abro google por Évole y veo otro titular que dice que “Una entidad independentista ataca a Évole con un cartel”. Grande habría de ser el cartel, y muy pequeño Évole, para que tal ataque le haga daño.

Estáis haciendo el ridículo, y se lo estáis haciendo pasar a Évole. Ser una estrella de la televisión conlleva que de vez en cuando un gilipollas te amenace de muerte en internet. Es casi como un atentado terrorista, pero con té y pastas.

Vivir estos tiempos cibernáuticos nos expone a los periodistas porque nos exponemos. Nos beneficiamos de esa exposición. Gracias a la redes, algunos periodistas llegan a ser estrellas con más influencia que grandes filósofos, o novelistas, o historiadores o ecologistas o feministas e incluso escasos políticos. Jordi Évole se beneficia, y grandemente, del plácet de estas redes. Para una vez que lo amenazan con lincharlo, no creo que el balance sea para quejarse. Y él y yo sabemos que no le va a pasar nada.

Me sorprenden algunos periodistas que sugieren la necesidad de perseguir a estos trolls. A esos que, sin ser nosotros Évole, nos amenazan de muerte a todos los periodistas cada lunes por la mañana en twitter. Yo con esos trolls amenazantes y sanguinarios tengo una relación magnífica. Les estoy agradecido. Nos radiografían la sociedad en que vivimos, son un estudio psicológico constante e impertinente de lo que somos. A mí, los insultos y las amenazas de toda esa gente me llenan de gérmenes e historias la burbuja fría del computador, que es frente a quien trabajo.

Ningún periodista tiene derecho a sentirse insultado por las redes. Son el vehículo ideal para aflorar el subconsciente colectivo, el orgasmo multitudinario de Freud, que es lo que los periodistas siempre andamos buscando. Somos historiadores del presente, historiadores con prisas: no nos quejemos si nos duele cuando chocamos.

Las redes son tan espontáneas que parecen peligrosas, si consideramos peligro la espontaneidad. Constantemente, nos invitan a no meditar lo que escribimos, lo que me parece ejercicio bastante literario. Nos invitan a no razonar, a meter la pata, a liberar al animal que llevas dentro. Con la ventaja, respecto a la charla de bar, de que aquí si te pasas te llevas un unfollow y no la hostia de un portero karateka con dos masters en brunoterapia sacados en Oxford y Cambridge simultáneamente. Lo que es muy de agradecer.

A mí no me importa lo que le haya podido molestar a Jordi Évole. Ni me importan aquellos a los que haya molestado que a Jordi Évole le haya podido molestar algo. Mientras seamos menos noticia que noticiables, tengo la impresión de que trabajaremos mejor. Soy muy del campo.