Vírgenes y guardias

Sorprende el despliegue de más de 17.000 efectivos policiales en Catalunya, cuando se podía haber mandado para solucionar el asunto a Nuestra Señora María Santísima del Amor, que es la que tiene la Medalla de Oro al Mérito Policial, concedida por el gobierno de Mariano Rajoy en tiempos del malhadado beato Jorge Fernández Díaz. Yo no sé para qué le ponemos medallas policiales a las vírgenes si después no se las hacemos lucir en los grandes conflictos. Esto de la secesión o el unionismo es todo tan irracional que solo tiene arreglo si un ser imaginario y dotado de extraordinarios poderes pide vela en el entierro.

Lo que no se puede hacer es lo de Rajoy, que ignora su propia fe y manda a la Guardia Civil a Catalunya, y no a una virgen. Los dos alces peleones ya tienen las cornamentas enredadas, y morirán juntos en su tozudez salvo si una virgen los desenreda. No iba descaminado Fernández Díaz cuando le colgó la medalla a Nuestra Señora María Santísima del Amor. No se me ocurre forma más cartesiana de desfacer este entuerto.

Al final siempre sucede lo mismo. Esos que tanto invocan al santoral en tiempos de paz son los que acaban enviándote a las fuerzas armadas en cuanto se atisba guerra. No se observa excesiva coherencia en semejante proceder. La otra mejilla y tal.

Se acerca el primero de octubre y ya solo nos queda la esperanza de una solución mágica, de un brebaje de Panorámix que a través de lo lisérgico nos devuelva a la racionalidad. Deliran los que confían en una tregua dialogada. Solo la mediación milagrosa puede surtir efecto llegados a este punto.

Porque, llegados a este punto, conviene recordar que durante los casi cuarenta años de gobiernos de PSOE y PP se fue aplazando el debate territorial y, paradójicamente, fue precisamente la existencia de la banda terrorista y separatista ETA la que mantuvo enquistado el debate en falsa apariencia de unidad. La cohesión de eso que llamamos España se sostuvo con los finos alfileres de la unión contra el terrorismo etarra. Ahora que ya no está ETA, se descosen las costuras del traje y al maniquí se le caen piezas. Como si acabara de recibir el último disparo de la parabellum.

Lo malo de aplazar debates durante tanto tiempo es que al final acabas olvidando qué se debatía, y es lo que le ha pasado a España con la cuestión territorial. A separatistas y unionistas ya no les vale dialogar porque ni recuerdan de qué va la discusión. Y, como dos locos, los dos sustentan su proceder en axiomas mágicos: el mito nacional contra la religión. Superstición y fe son demasiado parecidas como para que puedan entenderse entre ellas. Ya lo he dicho. Esto solo lo arregla una virgen, un druida, un ser mitológico, una pócima, un abracadabra. Se echa de menos al ángel de la guarda Marcelo, el que ayudaba a aparcar el coche al anterior ministro de Interior. Y que colocaba micrófonos guarros en los teléfonos de los diputados de Convergència y Esquerra.

El otro día andaba yo por Occitania y me preguntó una señora muy francesa si creía que esto iba a acabar en guerra civil otra vez. Yo le respondí que no, más que nada por prudencia y patriotismo. Pero muy brutos tenemos que parecer los españoles para que nos hagan preguntas así. Que Nuestra Señora María Santísima del Amor nos ampare.