La lluvia

Supongo que no va a poder ser, pero a mí en las próximas elecciones me gustaría votar a la lluvia para presidenta del Gobierno. Es la única a la que he visto con capacidad para solucionar algo. Pero ya digo que va a ser imposible. Los demócratas tenemos los gobernantes que nos merecemos. Y no me refiero solo a Galicia, a Catalunya, a España, a los incendios criminales, al vodevil nacionalista ni al 12 de octubre eterno al que nos somete el gobierno central. Se hace uno viejo y se da cuenta de que el sueño europeo o el sueño demócrata global van demasiado lentos. Tan lentos que parece que caminan hacia atrás.

Cuando yo era joven y vagabundeaba por Europa se respiraba un aire libertario y casi contemporáneo que nos engañaba. Llovía como la ilusión de que los mundos podían llegar a ser mejores. Dylan cantaba que los tiempos están cambiando, pero quien tenía razón era Tom Waits: “el piano ha estado bebiendo y no es mi responsabilidad”.

En aquellos tiempos, por ejemplo, se vivió también la emergencia de eso que cíclicamente llamamos “nueva política”. La nueva política de entonces eran Los Verdes, no sé si los más viejos os acordáis. Los Verdes también eran unos antisistema, unos excéntricos, unos radicales. Nos encantaban a los jóvenes y asustaban a los viejos tanto como las actuales explosiones de renovación. El tiempo nos va enseñando que toda explosión es una implosión mentirosa. Un grano que se cura. Tierra, humo, polvo, sombra y nada. Paisaje quevediano para después del fuego.

El pragmatismo y la cobardía –una errata me había inspirado la palabra bobardía, que tampoco está mal– se han convertido en sinónimos a base de prudencia: “Nous savons tous les deux que le monde sommeille par manque d’imprudence” / Los dos sabemos que el mundo dormita por falta de imprudencia, le cantaba Jacques Brel a su amigo muerto Jojo.

Aunque lo parezca, imprudencia no es despedir a 500 brigadistas anti incendios en Galicia al amanecer septiembre, ni es imprudencia enviar a los piolines a apalear señoras en Barcelona los primeros de octubre. Eso es cálculo. Cálculo no de los dirigentes, sino de quien les vota. Las sociedades acomodadas somos pusilánimes. A veces nos echamos a la calle y no lo parecemos, pero en cuanto nos ponen una urna delante nos empequeñecemos y votamos al señorito. Lo que no sé es por qué no nos dejan votar en los cajeros automáticos.

Escribo esto con la tristeza de ver otra vez cómo arde Galicia. Cómo arde el mundo entero. Ya se se me han quemado todas las palabras con las que articular nada razonable. Antes conocía los nombres de los árboles que han muerto. Ahora ya no. Sigamos jugando a los sinónimos: la tristeza como sinónimo de resignación. Los fascismos avanzan más o menos disimulados mientras nuestros –insisto en el nuestros— refugiados se mueren de asco en la cárcel-Estado de Turquía. No es solo España. No es solo Mariano. No es solo Puigdemont. No es solo el fuego. Lo terrible es que somos todos. Todos, menos la lluvia. For president.