Yo maté al comisario Camarasa

Aníbal Malvar

Había conseguido convertirse en uno de los creadores más influyentes de la novela negra española sin haber escrito nunca una novela negra española, ni periférica, ni de ninguna otra nacionalidad. El tío era un farsante, en resumen. O eso quería ella que creyera yo. Nunca me he fiado de las musas, de ninguna musa, y menos de la Musa. Aun con más razón, si la Musa en ese momento te está contratando para que te cargues a un farsante no muy alto, enjuto y de gafas, que había regentado una librería en la Barceloneta y cuyo crimen era totalmente indiferente a todo el mundo, salvo a esa excéntrica e irrelevante minoría social que lee libros. Los psicólogos soberanistas los llaman lletraferits. Pero son ya pocos (los lletraferits). Su voto nunca cambiará el rumbo del desastre.

La Musa descruzó las piernas, se levantó, se dirigió hacia la puerta de mi despacho sin decir nada, y estaba a punto de salir cuando yo acepté el trabajo.

–¿Cómo se llama el muerto? –cogí papel y bolígrafo.

–Paco Camarasa –cerró la puerta y se fue.

Compañeros de literatura negra y criminal, psicópatas que oreáis ganas de sangre ajena encima de un teclado, cobardes navajeros de la palabra esquinera, litúrgicos escanciadores de vísceras, escritores todos: ¿cómo hemos dejado morirse así a Paco Camarasa, cuando Paco Camarasa hubiera disfrutado muchísimo más muriendo asesinado? Lo vimos venir y no se nos ocurrió nada. Por supuesto que tendríamos que haber descartado el veneno, demasiado clasista y victoriano, excesivamente pre-Dupin. Pero, entre todos, seguro que hubiéramos encontrado infinidad de soluciones, de gozosas maneras de matarlo.

La gente nunca será consciente de la cantidad de criminales que nos conocimos gracias a Paco Camarasa, a su librería Negra y Criminal y a su Barcelona Negra. Somos muchísimos. Con muchas y buenas ideas sobre cómo matar a alguien, y sobre todo a él, nuestro De Quincey de la Barceloneta, siempre propenso a valorar el asesinato como una de las bellas artes. Podríamos haber perpetrado su asesinato entre todos con la certeza de que no nos pillarían jamás. Y él hubiera muerto con su sonrisa gafotas de chino epicureísta que sabe que ha llegado su hora. Pero nos faltó organización, como siempre nos pasa a los poetas.

Por si algún lector no está versado en el dulce arte del asesinato, decir que Paco Camarasa, la víctima de este relato, es un señor casi anónimo que un día del año 2002 abrió una librería enana y solo de novela negra en la calle de la Sal, en la Barceloneta, el viejo barrio portuario al que Manuel Vázquez Montalbán iba a comer arroz con bogavante a precio “de hace diez años” en Can Solé.

Un tío que antes de escribir su único libro “leía la wikipedia para saber lo que no tenía que poner”.

El creador de la BCNegra, Barcelona Negra, un encuentro entre escritores de género y lectores agenéricos que nació como raterillo novelero en 2005 y hoy es capo di tutti capi entre los mejores festivales literarios de Europa.

Cree la gente de bien, y con razón, que los festivales literarios son una kermese de escritores y escritoras borrachos que acaban poniendo perdidas las esquinas de vómito triste, solitario y final. Eso era así hasta que gente como Paco Camarasa nos acercó a ese ser insondable y casi siempre noctívago llamado lector. Víctima propiciatoria. Carne de alfabético forense.

Las necrológicas hablan de Paco Camarasa como un “agitador cultural”. Yo creo que sería más adecuado definirlo como un caballero aficionado a presentar educadamente a gente muy capaz de asesinarse: el buen lector y el buen escritor. Paco Camarasa era muy gentlemen a la hora de mimar cada detalle del escenario de un crimen, y jamás se manchaba la camisa comiendo mejillones tras degollar a una marquesa. Y después nos obligaba a hablar de política, no de epítetos y adverbios, porque la literatura negra es política, es revolución, no “poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales”, ni literatura de evasión, sino un cuartucho de palabras en el que estás encerrado sin saber si eres el criminal, el criminólogo o la víctima. Que es la eterna duda de los oprimidos. No sé si os sentís identificados.

Y va y se muere, de manera casi natural, Paco Camarasa.

Joder, Montse, qué pena me ha quedado de no haberlo asesinado yo. Solo o con los amigos. Podías haberme mandado el soplo por La Muda, que tanto lo enamoraba, y nos acercábamos Carlos, Víctor, Aro, Sálem, Rafa, Diego, Benjamín, Alexis, yo y todos los otros a apiolarlo en un momento. Se lo merecía. Vaya si se lo merecía. Comisario Camarasa.

PS: Nada mitómano, he escrito esto enfundado en mi camiseta de Negra y Criminal, oscura como la tumba donde yace mi amigo.