Opinion · Rosas y espinas

Ciencia y tierra

Lo que Natura no da, Salamanca no lo presta, se decía antes. Lo que Natura te da, el Gobierno del PP te lo quita, se dice ahora. El Tribunal Supremo, esa corte y cohorte de podemitas venezolanos, acaba de condenar al Gobierno de Mariano Rajoy a actualizar los sueldos de nuestros científicos, congelados desde hace cuatro años porque Rajoy solo lee Marca, sus votantes solo leéis Marca, y la mayoría de españoles estáis empeñados en solo leer Marca, aunque ahora, con la llegada de Ciudadanos, a lo mejor hay un avance epistemológico y la gente se pone a leer el As. Las sociedades modernas progresan muy velozmente. Pero es triste que nuestros investigadores se tengan que pasar cuatro años en precario, pagando abogados, para que los dejen trabajar dignamente. Después las medicinas, como nuestros médicos emigrados las patentan en el extranjero, nos salen en un pastizal. Y yo ya estoy mayor.

Resulta que hasta nuestro TS asegura que el Gobierno “incumple y burla” la Ley de Ciencia. Uno se puede saltar muchas leyes. Yo lo he hecho más a menudo de lo que me apetecería confesar. Ante la policía, no ante la ética ni ante la razón. Vivimos un tiempo en el que es necesario abolir las leyes, pues ellos se las saltan. ¿Por qué tienes que acatarlas tú, yo, nosotros, y ellos no?

En junio de 2017, hace cuatro broncas entre Sofía y Letizia, el Tribunal Constitucional declaró contraria a nuestra Constitución la amnistía fiscal que permitió a los rodrigos rato y a otros fascistas del antiguo régimen de hogaño legalizar sus millonarios choriceos. Nadie está en la cárcel por aquello. Y hoy veo en Estremera y otras prisiones españolas a unos señores bastante pacíficos chupar talego tras saltarse nuestra Constitución por poner unas urnas. Y no llenas de billetes de 500 en Suiza ni en un altillo. Sino en la calle, el espacio del pueblo. Sin billetes. Con votos.

Entre 2012 y 2016, ese honrado intelectual llamado Mariano Rajoy, con el apoyo de Ciudadanos en las últimas calendas, solo gastó el 60% de lo que había presupuestado para investigación. Se quedaron 13.000 millones de pavos en el limbo. ¿Sabéis lo que harían nuestros investigadores con 13.000 millones de pavos? Yo tampoco. Pero a lo mejor en Londres habría menos españoles bioquímicos camareros y aquí, alguien, habría inventado la vacuna para no votar como un gilipollas. Por citar un avance científico cualquiera. No todo va a ser clonar ovejas dolly.

En todo caso, esos 13.000 millones de pavos que se perdieron como 40% no invertido en cuatro años de investigación, me parecen un dispendio comparados con el millón que le encontraron a Francisco Granados en el mueble de su suegro, o con los treinta o cuarenta millones que se le destaparon a Bárcenas en Suiza. O con los 400.000 euros que cobró en negro ese tal M. Rajoy, cuya identidad todavía estamos intentando descapar los investigadores más holmesianos.

Un país envejecido que ahorra en ciencia es un país doblemente envejecido. Y, cuando el verbo ahorrar puede sustituirse por robar, vayamos guardando un par de euros para comprarnos una pala. Si no la tenemos que robar. Aunque no os preocupéis. Tampoco nos dejarán los dos metros de tierra para cavar. Tumbaos en cualquier sitio, sabios, poetas, filósofos, científicos, investigadores.