Opinion · Rosas y espinas

De Ramón Chao a Willy Toledo

 

Es bello hablar de libertad de expresión. Sobre todo cuando te falta. Se me han muerto en estos días mi amigo Javi el Búho (que en libertad de expresión era un maestro, pues casi nunca decía nada), y mi profe sentimental Ramón Chao, cuyo libro de 1973 sobre Georges Brassens (Ediciones Júcar) está ahora a la izquierda de mi teclado destrozado por el uso, como yo a su derecha, pues muchos destrozos suele provocar la hermandad de tantos años.

Para los que no sepáis quién es y quién fue Georges Brassens: era un tipo con bigotes, una guitarra y cuatro acordes y medio al que la Academia Francesa otorgó en 1967 su Gran Premio de Poesía. Un gran premio de poesía de la academia francesa no es poca cosa. Y se lo dieron por cantar y contar canciones como Le Gorille, en las que cuestionaba la justicia francesa en estos términos: un gorila virgen, y por tanto muy salido, se fuga de su jaula. Todo el mundo huye aterrado menos una vieja y un juez. La vieja porque revuelve hormonas a los 90 años, y el juez porque sabe que nadie, ni siquiera un gorila, se puede enfrentar a él. Os voy a versificar el final en verso libérrimo:

Pero, por desgracia, si el gorila
vale su peso en el arte de amar
hay que decir que, en sabiduría,
deja mucho que desear.

Así que en vez de optar por la vieja,
como haría un hombre normal
sentó al juez por una oreja
y lo penetró bajó un matorral.

Al final de la canción, el juez grita mamá, y llora muchísimo, como el hombre al que ese día mismo había mandado decapitar.

En otra canción, este gran premio de poesía de la Academia Francesa en 1967 cuenta cómo se alegra de que unas verduleras forren a hostias a unos gendarmes. Y relata la decepción de las señoras cuando comprueban que no pueden arrancarle los testículos a los representantes de las fuerzas del orden, pues no tienen (par bonheur ils n´en avaient pas).

Georges Brassens, gran premio de poesía de la Academia Francesa en 1967, estaría hoy seguramente en la cárcel en España por sus canciones. Y, mañana, quizá en Francia.

Pero, en aquellos temps jadis, Brassens se podía dedicar a escribir o a decir cualquier cosa sin que se molestaran los jueces. Valtonyc no ha dicho nada que no dijera el gran premio de poesía de la Academia Francesa en 1967. Willy Toledo, de un tiempo a esta parte, se ha visto obligado a defender más El Arte que su arte, con lo cual hemos ganado a un activista (que hay muchos) y hemos perdido a un artista (que nos andan escasos). El artista jamás se debería ver obligado a defender la libertad de expresión, salvo que se arriesguen a meternos en política.

Hablaba Ramón Chao en aquel libro sobre Brassens del surgimiento (siglo XII) “allí, en Provenza, de una especie de artistas, músicos y poetas a la vez, también saltimbanquis; en sus ratos de ocio ladrones y borrachos; y, cuando se terciaba, asesinos […]. Verdaderos revolucionarios de la moral y de las costumbres, los trovadores reivindicaron el derecho al amor carnal, no solo para los hombres, sino también para las mujeres, consideradas hasta entonces criaturas del diablo, y esclavas condenadas a proporcionar un placer nunca compartido”.

Continúa el viejo Ramón Chao relatando el fin de aquel viejo cuento: “Roma y la Francia del Norte se aliaron para terminar con la herejía albigense. El poder central religioso no quería perder su influencia sobre una región en la que poseía tierras, recogía diezmos y repartía prebendas.

–Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos–, ordenó el legado del Papa, Arnaud-Amalric, a los cruzados”.

Ramón Chao, Brassens, Willy Toledo, Valtonyc, cualquiera, Oscar Wilde, más cualquieras, Baudelaire… La sociedad no debe obligarnos a los artistas a pelear por nuestra libertad de expresión. Eso es cosa vuestra. Los artistas tenemos cosas mucho menos importantes que hacer que luchar por nuestra libertad de expresión, y debéis de respetarlas.