Tags: alakrana De la Vega ETA RubalcabaTodo empezó con la doctrina del entorno de ETA: asesino no es solamente el que asesina, sino también el que no condena el asesinato. Se le dio otra vuelta de tuerca para que asesino no fuera solamente el que asesina y el que no condena el asesinato, sino también el que comparte las ideas del asesino. Los objetivos políticos no asesinan, pero están contaminados por el asesino que los defiende; pueden perseguirse porque han dejado de ser ideas para convertirse en instrumentos de la banda. Ejemplo: cuando el PNV se manifestó junto a los batasunos para criticar la última detención de Otegui y compañía, Rubalcaba no se molestó en rebatir argumentos; le bastó con señalar que el PNV coincidía con ETA para descalificar las protestas. Hasta ahora esta estrategia retórica no se sostenía fuera del ámbito para el que se había creado. Pero la crisis del Alakrana y la penúltima pelea a cuenta del sistema de escuchas Sitel nos han permitido descubrir el enorme potencial de esta estrategia aplicada a otros asuntos. El País titulaba el jueves: “Un mafioso ruso pide anular escuchas del Sitel con los argumentos del PP”, de donde se deducía que los argumentos del PP eran despreciables porque despreciable era el mafioso que los había utilizado. El día anterior, recién liberado el Alakrana, hubo una sesión de control al Gobierno, en la que se criticó la gestión de la crisis. En este caso fue la vicepresidente De la Vega quien prefirió recurrir al argumento de marras antes que molestarse en dar explicaciones. Acusó al PP de ponerse al lado de los piratas y se quedó tan ancha. Así que ya sabes: si se te ocurre criticar algún aspecto de este artículo eres un machista, un homófobo y un terrorista islámico.
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Tienen razón, seguimos siendo un país sociológicamente católico. Y no porque ilustres socialistas encabecen de vez en cuando procesiones de Semana Santa o porque el crucifijo siga presidiendo las juras de ministros o porque el juez Bermúdez haya expulsado de la sala a una abogada infiel. La salud del catolicismo no se examina en el ABC, sino en los medios de comunicación laicos, en la atención que estos prestan a las declaraciones del Papa y compañía. Sí, soy consciente de estar cometiendo el pecado que censuro. Pero el mío es un pecado venial. Nada comparado con el pecado mortal de los diputados católicos que voten a favor de la nueva ley del aborto. Ellos no podrán recibir la comunión por herejes. Lo ha dicho Camino, secretario general y portavoz de la Conferencia Episcopal, la sirena que nos alerta periódicamente contra el laicismo intolerante que se impone en el país. Qué tío más optimista este Camino. Si España fuera la mitad de laica de lo que él dice, sus palabras no habrían ocupado esta semana tantos minutos de publicidad gratuita en la radio. Y los periodistas habrían prestado a sus paridas la misma atención que merecían las bufonadas del Papa Clemente, el del Palmar de Troya. Ocurrencias como las de Camino u otras semejantes de Rouco o del propio Ratzinger reciben una atención desmesurada en medios que suponemos laicos. Esto solo puede deberse a tres razones. Una: al morbo de las noticias tipo “Elvis vive”, “Me violaron varios extraterrestres” o “Excomulgado por votar sí”. Dos: a la risa que provocan. O tres: a que el rancio catolicismo franquista sigue enraizado en nosotros, fundido con nuestra carne como un tumor, y nos da cosa no hacerle caso.
Es sabido: resulta descorazonador que en una crisis económica provocada por las políticas liberales la izquierda no haya sabido ofrecerse como alternativa. Todo lo contrario. Los partidos socialistas europeos fracasan allá donde van. Se desmoronan como en Alemania. Ni siquiera en España, donde la derecha está atenazada por serios problemas de corrupción, ha conseguido la izquierda levantar el vuelo. Como diría Juan José Millás, qué diablos querrá decir ser de izquierdas.
En este lamentable estado de desorientación ideológica a veces se enciende una luz: la izquierda se diferencia de la derecha por su resistencia sistemática al poder. No es decir mucho, pero es un buen comienzo. Ser de izquierdas más que un programa político es una actitud de desconfianza hacia el que manda: pensar contra el Gobierno, sea cual sea su color; analizar críticamente su discurso, hacer asomar sus contradicciones; obligar en último extremo a que el poderoso ejerza su poder contra nosotros y quede manchado por ello.
¿Es posible ser al mismo tiempo poderoso y crítico con el poder? ¿Es posible ser banquero y rojo? ¿Es posible ser presidente del Gobierno y progresista? ¿Se puede ser dueño de un periódico de ámbito nacional y al mismo tiempo ser de izquierdas? Yo no sería capaz. Si fuera banquero o presidente, sería conservador. Y si tuviera un periódico, querría tenerlo todo bajo control. Nada de columnistas impredecibles y tocahuevos, o demasiado libres, capaces de quedarse en la calle antes que aceptar traslados que consideran improcedentes. Nunca contrataría, por ejemplo, a Rafael Reig.
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En el comunicado sobre la suspensión de Ricardo Costa, el Comité Nacional de Derechos y Garantías del PP “recuerda a todos los militantes su obligación de abstenerse y de hacer manifestaciones o declaraciones que puedan perjudicar la imagen o disciplina interna del Partido”. El PSOE hubiera sacado una nota similar. Casi todos los partidos tienen estatutos que penalizan la disidencia, combaten la libertad de expresión y marginan a las personas por razón de sus ideas. Estas organizaciones de estatutos tan inconstitucionales encarnan según la Constitución “el pluralismo político” y constituyen “el instrumento fundamental para la participación política”. Por no hablar de la Ley Electoral que los sostiene o de su financiación, que facilita, si es que no provoca, la corrupción. Para atajarla se necesitan reformas de tal calado, que en la práctica supondrían el fin de los partidos políticos tal y como los entendemos hoy: organizaciones monolíticas, jerarquizadas y autoritarias al servicio del líder y encadenadas a unos intereses económicos incompatibles con la honradez. El descrédito de la política es un fenómeno sin solución, dado que ningún político va a hacerse el harakiri justo cuando llega al poder. Mi única esperanza es que alguien con sensibilidad narrativa derogue esos estatutos predemocráticos no por melindres constitucionales, sino por sentido del espectáculo. Si la política se ha convertido en un producto más de la industria del entretenimiento, no podemos penalizar a personajes como Manuel Cobo o Ricardo Costa, que revitalizan de este modo el guión. Son imprescindibles, sobre todo para los medios. ¡No compraba yo el periódico con esta ilusión desde los tiempos de Roldán!
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Y no lo digo por el Aleti. Lo digo porque la izquierda se ha quedado sin grandes discursos y la derecha se está quedando sin grandes hombres. El presunto zombi de Valencia, el presunto caradura de Mallorca, el presunto chorizo de Barcelona y ahora el presunto ladrón El Ejido, Almería. Seguro que se acuerdan: hace diez años un marroquí apuñaló por allí a una chica y un centenar de vecinos salió a tomarse la justicia por su mano. Hubo persecuciones, saqueos, incendios, conatos de linchamiento, y algunos enloquecidos agredieron al subdelegado del gobierno, que trataba de apaciguar los ánimos. El alcalde no abrió la boca. Y es mejor que esté calladito. Enciso, que así se llama, presume de no tener pelos en la lengua y de eructar en público lo que mucha gente piensa en privado. Como Gil o el presunto Berlusconi. Resumen de su pensamiento político: la inmigración es delincuencia y la integración social, una mariconada. Cuando aquellos incidentes, el tío se resistió con dos cojones a levantar en terrenos municipales campamentos de acogida para los que lo habían perdido todo. El lugar natural de los marroquíes es el cuartelillo. Pero resulta que el que lleva durmiendo varios días en un calabozo es él, dicen que la policía lo ha pillado mangando. Si es verdad, es un fracaso: toda tu vida política protegiendo al mundo de los delincuentes extranjeros, y resulta que el delincuente eras tú. Me río, pero la cosa es seria: “No hay mayor ni más sotil ladrón que el doméstico —escribe Cervantes por boca del perro Cipión—; y así, mueren muchos más de los confiados que de los recatados; pero el daño está en que es imposible que puedan pasar bien las gentes del mundo, si no se fía y se confía”. Sálvese quien pueda.
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No sé si son 80, pero el caso es que pasados unos años tras la muerte de un autor, sus propiedades (las intelectuales sólo) son expropiadas. Yo, que soy parte interesada, digo desde esta columna que sí, que estoy de acuerdo con este mundo feliz, en donde todo es de todos. Una cuestión de orden: ¿no sería más provechoso para la sociedad empezar esta socialización de propiedades no por las intelectuales, sino por las otras, por las propiedades de verdad? Que en 2016 la obra de García Lorca pertenezca a todo el mundo es… bonito, por usar una expresión de Francisco Camps. Pero que a los 80 años de la muerte de la duquesa de Alba o del patriarca Botín todas sus propiedades engrosaran las arcas públicas sería precioso. Quien gobierne podría repartir no 400, sino 400.000 euros a cada uno, financiar leyes de dependencia y proteger a los atuneros vascos con dinero español, como pide el PNV. Pero, bueno, esto es otro asunto. Yo de lo que quiero hablar es de la Feria del Libro de Franckfort, que se celebra estos días y que ha declarado abierta oficialmente la era del libro electrónico. Esto significa que los problemas de piratería que se ceban ahora con la industria cinematográfica y musical están llamando a la puerta de la industria editorial. No sé si los defensores de las descargas gratuitas de canciones por internet se aplicarán con la misma convicción a defender el expolio de los escritores, argumentando… argumentando ¿qué? Los escritores por fortuna no cantamos en público y las editoriales no son las discográficas. La coartada empleada con la música aquí no sirve, amiguitos del alma. Espero ansioso los argumentos que intentarán legitimar el robo. Mira tú, al final acabo hablando de la Gürtel.
Tags: ciencia Garmendia I+D presupuestos recortes ZapateroEs curioso. Todos los políticos coinciden en el análisis: en época de crisis económica hay que invertir en educación y en investigación científica, hay que formar y luego inventar para ofrecer al mundo otra cosa además de chiringuitos, sangría y adosados. Esta es la teoría, pero cuando llega la práctica pocos políticos españoles se atreven a multiplicar por diez el gasto educativo o la inversión en ciencia. En las actuales circunstancias el caso es más sangrante. Por un lado tenemos a Zapatero anunciando pomposamente un cambio de modelo productivo y creando el nuevo tótem de la socialdemocracia: la sostenibilidad. Y por otro lado tenemos unos presupuestos que, diga lo que diga la ministra Garmendia, reducen la partida dedicada a investigación científica, que había crecido notablemente en años anteriores. Puede que se trate de una simple estrategia negociadora: quedarse corto a propósito para poder luego ceder, aumentar la partida y ganar apoyos. Ojalá sea así, aunque me parece una frivolidad que la educación y la ciencia, convertidas en cuestión de Estado por el propio Zapatero, se utilicen como moneda de cambio. Tiendo a pensar más bien que nuestros políticos no invierten en educación y ciencia porque no están dispuestos a que los frutos de su esfuerzo presupuestario los recoja el adversario. Así de mezquino. Para que la inversión en educación y ciencia dé resultados visibles es necesario que transcurra al menos una generación, lo cual va en contra de la más elemental lógica política. ¿Conoces a alguno capaz de gastarse el dinero en una actividad cuyos resultados no se rentabilicen en cuatro años? Nada, hay que llamar al Bigotes; seguro que él sabe cómo cambiar nuestro modelo productivo.
Tags: BBVA desempleo Goirigolzarri Zapatero
En 1982, cuando los índices de paro eran semejantes a los de ahora, Felipe González ganó sus primeras elecciones prometiendo entre otras cosas 800.000 puestos de trabajo que nunca logró crear. La prensa y los comentaristas políticos le restregaron aquella promesa incumplida con la misma fruición con que le recuerdan hoy a Zapatero el error de esos 400 euros para todos o sus nefastas medidas para crear empleo. Hace poco le volvieron a preguntar a González por el asunto. Fue un error prometer aquello, vino a decir; los políticos no son quienes contratan a la gente, son los empresarios los que crean o destruyen puestos de trabajo. Obvio, pero a veces se olvida. Da un poco de cosa recordar que si hay paro es porque las empresas no están dispuestas a ganar menos dinero del previsto y por tanto no contratan trabajadores o despiden a los que tienen en plantilla. Las PYMES son otra cosa. En cualquier máster de administración de empresas te enseñan que la primera partida de ahorro cuando los márgenes de beneficio no son los esperados es la dedicada a gastos laborales. Esta es una opción, desde luego, pero no la única. Iberia, por ejemplo, en vez de comprar maquinitas de autochecking, podría contratar auxiliares de tierra. O el BBVA. El banco diseñó este verano un plan de recortes de plantilla y puso su granito de arena en el montón de parados. Como otros muchos empresarios, los directivos del BBVA, que son personas con nombres y apellidos, prefirieron ahorrar en la partida laboral antes que recortar los 3 millones de euros anuales que cobrará el dimitido Goirigolzarri o sus 52 millones de pensión. Ahora ya sí podemos insultar al inepto de Zapatero.
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Esta semana ha habido dos votaciones en el Congreso. Una para condenar los espectáculos donde se maltrata a los animales y otra para condenar al Papa por decir que los condones agravan el sida. Las dos han sido rechazadas con los votos de PSOE y PP. Zapatero ha sido capaz de plantarle cara a Prisa, al gobernador del banco de España y a la CEOE, pero no le pidas que prohíba el toro de Tordesillas o que frene los privilegios de la Iglesia católica, porque ahí ya le entra el canguelo. Los socialistas tienen sus estudios de mercado, y saben que unas elecciones generales se pueden ganar incluso con esta crisis económica. Hay que darse, eso sí, un barniz izquierdista, atacar a los poderosos —sin tocar las grandes fortunas—, llevarse bien con el lobby sindical, y al final la gente pica. Sobre todo si al otro lado hay una trama Gürtel, cuyos datos se van conociendo a un adecuado ritmo de telefilm. Ahora bien, si tú prohíbes las vaquillas estás acabado. En España hay cosas que no se tocan. La vaquillas son una de ellas. El error de los socialistas es creer que la Iglesia es otra. La idea de que enfrentarse a la jerarquía católica significa perder las elecciones está muy arraigada entre nuestros socialdemócratas. Y yo no estoy tan seguro de que sea así. Si entre las medidas anticrisis a Zapatero le diera mañana por denunciar los onerosos acuerdos con el Vaticano, es posible que la vieja guardia felipista saliera en defensa de los obispos y quizás hasta gritara con los del Opus en la Plaza de Colón cuatro consignas contra Zapatero y en favor de la familia. Pero la cosa no iría a más. Es el miedo atávico a las sotanas lo que aumenta de tamaño la amenaza.
Tags: Ángel Gabilondo escuela pública Ministerio de EducaciónUna mampara, eso es lo que necesita la escuela pública, una mampara como la de los taxis entre los alumnos y el profesor. Y que los docentes estén adscritos a Interior, no a Educación. Que se reconozca la función social que les hemos encomendado de tapadillo: reducir la delincuencia juvenil, impedir que los zánganos de 16 años sin interés por la escuela se dediquen a dar hostias por la calle. Habrá que implantar la medida (y la mampara) en la universidad en cuanto agredan a un catedrático. Aunque en el caso de la universidad es más probable que la paliza venga antes de un colega que de un alumno. Fuera de bromas: no tengo muchas esperanzas puestas en ese pacto por la Educación con el que se juega su futuro político el ministro Gabilondo, un lobo con piel de dialogante corderito, como saben bien quienes sufrieron su mandato de rector en la Autónoma de Madrid. Estupendo que PSOE y PP acuerden no modificar cada dos por tres la ley de educación, pero ¿a cambio de qué? ¿A cambio por ejemplo de no cuestionar nunca más la catequesis católica? Además el problema no está en la escuela. Es cierto que se necesitan más medios y mejor preparación del profesorado. Pero el problema de la instrucción, con ser acuciante, no es el problema. El problema es la mala educación general del país. Y eso no es competencia de un ministerio que debería llamarse de Instrucción para no confundir. La buena educación hay que llevarla de casa. Basta con ver la tele a ciertas horas, ciertos debates, ciertas sesiones parlamentarias, leer los comentarios de la gente en ciertos blogs, para comprender de dónde sale el niño que pega al maestro y el animal de su padre.