La Santa Inquisición

13 Nov 2010
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Como voy a hablar de pederastia, conviene advertir cuatro cosas: que tengo hijas en edades peligrosas, que en términos sexuales siempre he preferido a las mujeres maduras, que no siento ninguna simpatía por el personaje Sánchez Dragó y que no conozco de nada al hombre cuya guía sobre la pederastia acaba de ser retirada en Amazon.

La combinación de sexo y extrema juventud no siempre ha estado mal vista. La Beatriz de Dante tenía 13 años, más o menos la misma edad que tenía Guiomar, el gran amor de Antonio Machado. Y todavía hoy el Dúo Dinámico canta en sus galas: “Quince, quince, años, años, tieeene mi amoooor”. Aunque, tal y como está el patio, igual han cambiado la letra.

En todo caso, fijar una edad para el sexo es un acuerdo social sin más base real que la queramos darle. Con la vida humana sucede lo mismo. Aunque en términos estrictamente biológicos no es superior a la del conejo o a la del guepardo, hemos decidido sacralizarla por la cuenta que nos trae: protegiéndola protegemos también la nuestra y hacemos del mundo un lugar más agradable (más agradable para los seres humanos, se entiende).

Estos acuerdos sociales no son verdades inmutables, sino reglas que van cambiando con los tiempos y con nuestra manera de pensar. Como opiniones, estas normas pueden ser criticadas y discutidas, pero no incumplidas. Sucede lo mismo con el parchís.

Es cierto que podemos promulgar otra regla que prohíba disentir en público de la opinión mayoritaria. Podemos exigir que las normas se respeten no sólo con los hechos, que al fin y al cabo es lo que importa, sino también con las palabras. Hay países que han llegado hasta ese punto. Se llaman dictaduras.


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