Una modesta contribución

15 Ene 2011
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Vamos a ver si podemos hablar de los derechos de autor en el mundo digital sin encabronarnos. Pongo mi granito de arena con una reflexión imperfecta y limitada de espacio, pero honrada.

Autores y público andamos enzarzados en una pelea estéril mientras los verdaderos actores de esta comedia guardan silencio y ganan dinero. En realidad los intereses de unos y otros son complementarios. Los autores quieren que sus obras sean leídas (sí, sólo hablo de libros), y el público quiere leerlas. ¿Dónde está el conflicto? ¿En el dinero? Sí, pero eso no es nuevo: los autores —como todo el mundo— quieren ganar más, y el público —como todo el mundo— quiere pagar menos.

Dejando aparte a quienes cuestionan el derecho de los autores a cobrar por su trabajo, la mayoría está de acuerdo en que el autor de un libro debería cobrar algo de alguien en algún sitio. Hoy los 20 euros de un libro de papel se reparten más o menos así: 2 para el autor, 8 para el editor (que descontados los gastos de producción se queda 2), y 10 para el distribuidor, que da una cantidad al librero, un eslabón que no querría yo que desapareciera.

La revolución digital reduce los gastos de producción y convierte al distribuidor en una figura residual. De acuerdo. Eliminado el distribuidor y reducidos los gastos de producción, un libro de 20 euros se queda en 5. De acuerdo. Pero ¿quién pagaría 5 (o 3 ó 2 ó 1) por un libro que se puede leer gratis? La solución no es abaratar el producto, sino que el Estado cuente el número bajadas para que se lleve más dinero (otro día discutimos cuánto) aquello que más veces haya sido descargado. Los autores cobrarían de la empresa proveedora de internet. Pero esta —y aquí viene la mala noticia— cambiaría su política de precios.


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