Los 333.628 votos de Amaiur no son nada comparados con los diez millones largos obtenidos por el PP. Los independentistas vascos sólo han recibido cien mil votos más que EQUO, un partido recién nacido que se ha presentado a las elecciones deprisa y corriendo. Y sin embargo, los abertzales están recibiendo una atención enorme por parte de los medios. Han conseguido hacernos creer que la calidad de nuestra democracia depende de que ellos consigan grupo parlamentario propio. Pero mucho más importante para la democracia es corregir ese sistema de circunscripciones provinciales, que tanto les beneficia: 7 escaños es una representación desmesurada, si la comparamos con la tiene EQUO.
Dicho lo cual, hay que añadir que las 333.628 personas que han votado a Amaiur llenarían cuatro estadios como el Santiago Bernabeu, y que todavía quedaría gente sin sentar. Amaiur es, nos guste o no, la cuarta fuerza política del Estado y la primera en el País Vasco. No parece lógico que el PNV, con menos votos, tenga grupo parlamentario y que los independentistas pasen a formar parte del grupo mixto. Estoy seguro de que hay normas y reglamentos que sostienen la decisión tomada el jueves por el Parlamento. Pero aquí no estoy hablando de normas, sino de sentido común, que es mucho más importante.
Y sentido común es precisamente lo que parece faltar en el PP y en el PSOE. Y no digamos ya en UPyD, que ha pedido la ilegalización de Amaiur. Llevamos toda la transición pidiéndole a ETA que cambie las balas por los votos; y cuando lo hace, parece que nos incomoda. Parece que somos nosotros, y no ellos, quienes están a disgusto en un lugar donde puedan defenderse todas las opiniones.
Yo pensaba que la lucha generacional en el PSOE se había librado hacía ocho años, cuando aquel joven de León nacido en los 60 le arrebató a Bono la secretaría general del partido. En otra institución con menos vanidades aquel congreso hubiese marcado un punto de inflexión: la iluminada generación de Felipe González, que tanto daño ha hecho a la izquierda y a la democracia, cedía por fin el paso a los jóvenes. Aunque la verdad, eso de jóvenes es un sarcasmo si comparamos la edad de Zapatero con la que tenía González en el congreso de Suresnes.
Pero está visto que los políticos son como los entrenadores de fútbol, que vuelven a ser contratados una y otra vez, aunque su carrera esté plagada de fracasos y bajadas a segunda división. Es el caso de Rubalcaba, un milagroso superviviente del primer naufragio, que tras hacerse con el timón del partido y llevarlo a un desastre todavía mayor, no sólo se resiste a abandonar la política, sino que se plantea seriamente tomar de nuevo las riendas. Narradores españoles: en la prodigiosa biografía de Rubalcaba tenéis una excelente novela picaresca.
Salvo que los militantes más jóvenes tomen cartas en el asunto y planten cara a los activos abueletes del partido, el PSOE tardará en recuperarse. No es la izquierda la que ha sufrido un varapalo en las pasadas elecciones. Lo que ha fracasado es el PSOE de Felipe González, que Zapatero no supo o no quiso desmontar: un partido de centro-derecha que ha ocupado, con publicidad engañosa, un desmesurado espacio político; una bola de pelos, soberbia, palabrería y ambición que ha atascado durante treinta años las cañerías de la izquierda.
La reforma laboral es un plato muy nuestro y hay tantas maneras de cocinarla como presidentes de Gobierno ha tenido nuestra democracia: a la sevillana, a la aznareña, o servida al lecho de Rodríguez ZP. Hoy vamos a hacerla a la gallega, ya veréis qué rica. Ingredientes: 1 asalariado. 1 comentario apocalíptico. 2 primas de riesgo insostenibles. 1 presidente del Gobierno electo. 1 contexto económico preocupante. 1 CEOE. 2 sindicatos. Aceite, sal, ruedas de molino y cuatro patatas.
Poner el contexto económico preocupante a fuego muy vivo. Añadir dos primas de riesgo muy altas y un comentario apocalíptico. Cuando el contexto rompa a hervir se echa el asalariado y se baja el fuego. Para la salsa: poner en una sartén aceite a calentar, echar la CEOE entera y darle vueltas hasta que se deshaga. Reservar. Poner en un cazo a los dos sindicatos mayoritarios y cocerlos a fuego lento. Pueden trocearse antes, pero no es necesario. Cuando las reformas laborales se cocinaban con sindicatos silvestres costaba mucho más deshacerlos, y luego era pácticamente imposible ligar el caldo sindical con la reducción de CEOE. Por eso se troceaban antes. Pero a estas alturas los sindicatos están ya muy tiernos, y se deshacen fácilmente con un poquito de calor. Cuando se hayan hecho papilla, se ponen en un vaso alto de batidora y se va vertiendo la CEOE muy lentamente y sin parar de dar vueltas para que no se corte.
Y aquí es donde viene la variante gallega de este plato. Mientras que otras recetas recomiendan extremar la paciencia para conseguir que los sindicatos emulsionen al contacto con la patronal y se produzca el acuerdo, en la reforma a la gallega se confía en lo contrario, en que la salsa se corte para poder tirar el guiso a basura y servir las ruedas de molino acompañadas de patatas.
Una de las ideas más repetidas durante las elecciones del domingo fue que votábamos por primera vez sin violencia. Lo mencionaron todos los periodistas y lo celebraron todos los políticos, sobre todo en el País Vasco. Nunca antes, en treinta y tantos años de democracia, se había celebrado un referéndum sin la latente amenaza de los sanguinarios botarates de ETA.
Y sin embargo, pocas veces he visto a la gente más aterrorizada. Aterrorizada no por los tiros, sino por las negras perspectivas económicas. Ha desaparecido la violencia sanguinaria, pero en su lugar ha aparecido otra, incruenta y legal, que no revienta la tapa de los sesos, pero que a unos los deja sin ahorros, a otros sin servicios sociales, a muchos sin casa, a bastantes sin una educación de calidad, y a la mayoría sin una serie de conquistas laborales que ha costado mucho esfuerzo conseguir, y cuya pérdida se acepta con sumisión ante la posibilidad de que las cosas se pongan peor.
Estas elecciones dejan al menos cuatro misterios sin resolver. El primero: cómo es posible que el PP haya sacado semejante mayoría con sólo un puñado de votos más que en las pasadas elecciones. El segundo: cómo es posible que Izquierda Unida, con más papeletas que CiU, haya obtenido menos escaños. El tercero: cómo es posible en pleno siglo XXI que el partido de Álvarez Cascos consiga un diputado. Y el cuarto: cómo es posible que un país empobrecido por el brazo armado de la derecha financiera no sólo no se rebele contra ella, sino que le entregue todo el poder a su brazo político… Aunque pensándolo bien, quizás este último enigma no tenga nada de misterioso.
El otro día se armó un pequeño revuelo en el mundillo socialdemócrata porque Vargas Llosa elogió en un artículo a cierto partido político. Muchos lectores protestaron porque les parecía que una columna de opinión no era el lugar más apropiado para pedir el voto. Estos lectores le preguntaron al director si permitiría a otros colaboradores inclinarse con tanta claridad por una opción política. Y para mi estupefacción, el director contestó que no.
Desconozco qué hubiera sucedido en esta casa si yo hubiera pedido aquí el voto para un partido determinado. Hoy no puedo hacer el experimento porque, como saben, celebramos esa majadería rimbombante llamada jornada de reflexión. Que en la jornada de reflexión esté prohibido hablar de política es el colmo de la idiotez. Cuando se callan los políticos es cuando más tendríamos que hablar nosotros. Pues no. El ciudadano debe tragarse en silencio esa bazofia mezclada con pienso que han arrojado sobre él a lo largo de toda la campaña electoral.
A lo que vamos: me cuesta entender que una columna de opinión no sea el lugar más apropiado para expresar una opinión. No estamos hablando de lanzar consignas, sino de razonar por qué las propuestas del partido A resultan más interesantes que las del partido B, que fue lo que hizo Vargas Llosa. El alboroto provocado confirma que la política ha dejado de considerarse una visión del mundo. Ahora es un bien de consumo más en este inmenso supermercado. Y si un columnista no puede cantar las alabanzas de un determinado yogur, tampoco puede inclinarse por un partido político. Salvo que en la cabecera de su columna se indique claramente “Publicidad”.
De todas las ocasiones en que Europa ha estado a punto de saltar por los aires esta ha sido la peor. La alarma no ha venido de una central nuclear, sino de la convocatoria de un referéndum. El primer ministro griego ha decidido esta semana preguntarle a su gente si está dispuesta a aceptar nuevos sacrificios. El anuncio de la votación ha hundido las bolsas y todo el mundo se ha puesto histérico: leyendo algunos editoriales no se sabía muy bien si Papandreu quería hacer una consulta popular o una matanza en la cumbre del G-20.
A raíz de este episodio me he acordado del embargo a Cuba, del golpe de estado en el Chile de Allende, de Nicaragua, y en general de la política exterior estadounidense, obsesionada hasta la caída del muro por todo lo que oliera a socialismo. Demostrar al mundo que un régimen anticapitalista era inviable o infernal fue durante mucho tiempo la política oficial. A ella se ciñeron todos sus presidentes desestabilizando gobiernos democráticos, apoyando dictadores y provocando guerras civiles en Latinoamérica.
En Europa la sangre no ha llegado al río. No ha sido necesario asesinar a Papandreu. Él solito ha dado marcha atrás a su insensata idea de consultar a los interesados. Imaginad que la gente dice que no, que no quiere más sacrificios, y que rechaza las recetas de Merkel & Sarkozy. Y lo que es peor: imaginad que no pasa nada, que la maldición que supuestamente iba a caer sobre Grecia si no aplicaba el catecismo liberal, no cae. Y no sólo eso: imaginad que Grecia se sale del euro, que pasa del FMI, y que poco a poco va saliendo adelante. Imaginadlo. Eso sí que sería una catástrofe.
ETA ha dejado de matar, pero el enfrentamiento entre los violentos y los demócratas no ha terminado. Que la banda haya cesado su actividad de modo unilateral y sin concesiones políticas no convierte automáticamente en vencedor al Estado de derecho. Ahora queda lo más importante: ahora hay que contarlo. El vencedor de este enfrentamiento se conocerá cuando sepamos cómo se cuenta definitivamente la historia de ETA a los niños vascos del año 2050. Quién nos iba a decir a estas alturas que la literatura iba a tener tanta importancia en la resolución del conflicto, como diría un escritor abertzale.
La batalla por el relato oficial de los hechos acaecidos en el País Vasco entre 1975 y 2011 acaba de empezar. Será un enfrentamiento menos cruento que el padecido durante estos años, más larvado, pero igualmente salvaje y definitivo. Y es en esta pugna por narrar lo que sucedió donde hay que colocar una de las frases más repetidas esta semana por los políticos nacionalistas vascos: que en esta historia de terror no puede haber vencedores ni vencidos.
La idea, como casi todas las que vienen del nacionalismo, tiene trampa. Bajo un manto de buen rollo ecuménico, en realidad se proclama la victoria de ETA, que en un teórico empate quedaría equiparada al Estado. Si esta es la narrativa que triunfa finalmente, da igual que ETA se haya hecho el harakiri: habrá vencido y su historia será la de una cuadrilla de muchachotes nobles, pero empecinados, que supieron reconocer su error a tiempo, y que como el hijo pródigo de la parábola decidieron finalmente volver a casa.
Han cesado las pistolas. Es el momento de los escritores.
Para nuestro razonamiento da igual que sea ETA o una secta satánica que liquida a sus víctimas siguiendo una delirante lectura del Apocalipsis. Si ese fuera el caso, todo el mundo se alegraría de que semejante hatajo de psicópatas abandonase sus sacrificios.
Por eso me cuesta tanto trabajo comprender que la primera reacción ante un comunicado como el de ETA no sea simplemente de alegría y alivio. Y no me estoy refiriendo a quienes preferirían desde la extrema derecha que el terrorismo no desapareciera jamás. A esos ni me molesto en glosarlos. Estoy pensando en gente que no es miserable, pero que ha escrito cosas que no entiendo. Respetables analistas políticos, intelectuales a quienes este comunicado de ETA les parece que ni fu ni fa.
Lo curioso es que ninguno de ellos hubiera mostrado esta indiferencia el 11 de diciembre de 1995, cuando ETA reventó una furgoneta de la Armada a su paso por Vallecas. Si ese día los etarras hubieran publicado esta misma resolución, los que ahora ponen peros al cese definitivo habrían saltado entonces de alegría.
Si es precaución, me parece comprensible, pero excesiva. Con Batasuna pidiendo el fin de ETA, hemos llegado a un punto de no retorno. Que ETA no se disuelva tampoco me parece una amenaza, dado su lamentable estado; me parece más bien un coñazo, porque hay que seguir persiguiéndola y buscando zulos. Y tampoco hay que amargarse si los asesinos no piden perdón. Si no piden perdón, no se les perdona: un Estado de derecho no debe ser generoso con quien no lo necesita. Francamente, lo que importa de esta historia es que ETA ha dejado de matar. Y que lo ha hecho a cambio de nada.
Salvo que sea la exdirectora general de la CAM, haya conseguido una suculenta pensión de Caixa Galicia o pertenezca a la enriquecida casta de Wall Street, no concibo que un asalariado se quede en casa esta tarde.
Es cierto que la derecha puede ser tan troglodita como para oponerse al deseo de decencia democrática que inspira las manifestaciones esta tarde sólo porque la convocatoria le huela a izquierdismo perroflautesco. Pero aún así, dado que la crisis económica está azotando por igual a los votantes de uno y otro signo, estoy seguro de que a las manifestaciones acudirá gente de izquierda y de derecha. La indignación del 15-O supera esta vieja distinción decimonónica. No sé en otros países más civilizados, pero aquí sólo ha conseguido una transversalidad semejante la victoria de la Selección española de fútbol en el último campeonato mundial.
Hoy por la tarde nos manifestamos contra el sometimiento del poder político, más o menos elegido por los ciudadanos, a los intereses del poder económico. ¿Quién puede estar en contra de una cosa así? No se trata de reivindicar la felicidad universal ni la paz entre los hombres, ni siquiera de acabar con la economía de mercado, sino de pedir un poquito más de control y reglas que impidan situaciones como la de Grecia.
Y es precisamente este carácter pragmático y pacífico del movimiento 15-O lo que arroja dudas sobre su utilidad. ¿Servirán para algo las manifestaciones de hoy? Pues depende de cómo definas servir y lo que entiendas tú por algo, pero lo que no sirve de nada es quedarse en casa, soportando con encabronada resignación tanta tropelía. Hombre, vamos a sacar un poco de músculo, por lo menos.
Uso muchos electrodomésticos de la Casa Apple. Pero una cosa es reconocer su utilidad, y otra dedicar páginas y páginas al empresario fundador. El Edison de nuestro tiempo, el Einstein del siglo XXI. Un nuevo Leonardo da Vinci. Por favor, Steven Jobs era un empresario, un telepredicador muy listo que supo despertar más fervor que rechazo, pese a estar podrido de dinero.
Jobs no era un intelectual ni un Mesías. Tampoco un existencialista, aunque vistiese de negro y aunque debió de sentir una enorme náusea cuando le diagnosticaran un cáncer a los cincuenta. Steven Jobs era un empresario capitalista. Posiblemente el más astuto de los últimos tiempos. Pero un empresario al fin y al cabo, cuyo afán no fue mejorar el mundo, sino hacer rentables sus productos.
Los avances alcanzados en el campo de la informática y de la telefonía móvil por la Casa Apple, siendo como son enormes, resultan insignificantes al lado de sus logros en el campo de la publicidad y la mercadotecnia. El gran acierto de Steven Jobs fue la canalización con fines comerciales de ese impulso religioso, latente pero huérfano, que flota en el imaginario las sociedades laicas desarrolladas.
Steven Jobs convirtió su empresa en una secta religiosa, y la compra de sus productos —no siempre tan perfectos— en una especie de comunión colectiva. Apple no tiene clientes porque los clientes siempre tienen razón. Apple tiene adeptos, que nunca cuestionan las verdades reveladas por su líder en aquellas milagrosas apariciones que recogían fielmente los medios y demás evangelistas. Medios y evangelistas que estos días lloran la muerte del Maestro.