En el Estado del Bienestar los jóvenes crecen lustrosos pero adocenados. Hace sólo unos años resultaba impensable que los estudiantes se movilizaran a favor o en contra de algo que no fuera el botellón, así que tenemos que agradecerle a la delegada del Gobierno en Valencia su orden de cargar moderadamente. Sí, moderadamente. Hace 30 años, cuando eran los padres de estos estudiantes quienes protestaban, habría habido muertos. A finales de los 70 los estudiantes voladores eran abatidos por los disparos al aire de la policía. Una actuación más prudente habría sofocado la protesta de manera natural y ahora mismo no estaríamos tan ilusionados con el renacimiento del movimiento estudiantil.
Los responsables del fomento de la lectura deberían tomar nota. Ha bastado un poquito de represión policial para que los estudiantes se hayan reconciliado con los libros y los hayan alzado, algunos quizás sin leerlos, frente a las porras. Aunque sólo sea por esto ha merecido la pena que ganara el PP. Con Rubalcaba hubiéramos padecido los mismos recortes, pero los estudiantes no se habrían puesto en pie de guerra. Rubalcaba es más listo y tiene la experiencia de las huelgas estudiantiles del 87.
Pero no nos pasemos. Una cosa es que los estudiantes se hayan colocado por fin en la vanguardia de las protestas, y otra es que en Twitter se haya creado el hashtag #PrimaveraValenciana para referirse a los sucesos del otro día. No sé qué pensaría de esta frivolidad Mohamed Bouazizi, el tunecino que se quemó a lo bonzo. O los egipcios que murieron en la Plaza Tahrir. O los sirios, que están siendo masacrados impunemente.
Al ministro de Educación, José Ignacio Wert, lo conocía de oírlo en las tertulias de la Cadena SER. Me parecía un tipo de corte conservador, moderado, razonable y dialogante. Pero no ha pasado un mes desde que fue nombrado, y ya he descubierto que en realidad no posee ninguna de esas cuatro cualidades. Wert no es dialogante, ni es razonable, ni es moderado. Y tampoco es conservador. Wert es muy conservador, más pusilánime que los socialistas a la hora de plantarse ante la Iglesia católica, y sobre todo peligroso, otro pirómano de la enseñanza pública disfrazado de bombero.
En menos de treinta días y sin necesidad de consultar con nadie, Wert ha examinado la enseñanza pública, ha diagnosticado la enfermedad que padece y ha prescrito la medicina: todos los males del sistema desaparecerán —esto ha venido a decir con la reforma emprendida— si le quitamos un curso a la ESO y se lo ponemos al Bachillerato. ¡La de tonterías que se hacen con tal de no reconocer que la mejora del sistema educativo es una cuestión de dinero!
Reformar la enseñanza pública es reformar la enseñanza primaria. Ahí es donde comienzan los problemas que se arrastran hasta la universidad. Sumar, restar, multiplicar y dividir; hacer dictados, redacciones y exposiciones orales. A eso, y no a aprender contenidos inútiles, es a lo que deberían dedicarse los niños durante los primeros años escolares. Pero, claro, no hay maestro que resista la corrección diaria de cuarenta redacciones y de otros tantos dictados. Si tuviera diez alumnos sí lo haría. Pero eso cuesta dinero. Y no parece que los Wert, Aguirre y compañía estén dispuestos a soltarlo para estas cosas.
Terminamos esta semana con el orgullo nacional por los suelos. Primero han sido los franceses con esos vídeos de los guiñoles mofándose de Contador y de Nadal. Y luego ha sido el ministro De Guindos inclinándose ante el comisario de asuntos económicos, Olli Rehm, que ni siquiera se digna a mirarlo, como El Padrino.
Os confieso que a mí los vídeos de los guiñoles me han hecho gracia. Me gusta mucho el humor ácido de esos muñecos, y lo único que lamento es que hayan desaparecido de la programación española. Y me da la impresión de que la mayoría de los indignados se habría reído a carcajadas si en vez de Contador el objeto de las bromas hubiera sido Lance Armstrong. Pero bueno, cada uno tiene sus cosas: aquí nosotros nos hemos reído siempre de todo, pero nos molesta que se reían de nosotros. O más bien de nuestros deportistas, que es lo más sagrado que tenemos ahora mismo. Y nos escuece mucho más si las burlas vienen de los franceses, que no soportan la racha de éxitos que está viviendo El Deporte Español.
A mí esto del “deporte español” me hace gracia. A ver: me alegro cuando gana Nadal, Contador o Alonso. Pero que los tres sean españoles y se dediquen al deporte no los convierte en representantes del “deporte español”. El deporte español es el ping-pong, el atletismo o la natación, el que se financia con dinero público. Y en esos deportes, como en la investigación científica, rara vez nos comemos una rosca. Nadal, Contador y Alonso han llegado lejos gracias a su talento y a su dinero. No gracias a su españolidad. Y mucho menos al apoyo estatal.
La absolución de Camps y la condena de Garzón. Eso sí que ha herido mi orgullo español.
Padecemos una crisis provocada por la avaricia de los financieros y la irresponsabilidad de los políticos. Tras ayudar a los bancos nos quedamos sin dinero, y tuvimos que pedir prestado a los mismos que socorrimos. Los prestamistas elevaron sus intereses porque no se fiaban. Y para infundirles confianza, prometimos dedicar todos nuestros recursos a pagar lo que debíamos: bajamos sueldos y pensiones, y renunciamos a construir escuelas y hospitales. Dejamos de contratar y aumentó el paro. Las pequeñas empresas que habían florecido alrededor de las obras públicas quebraron mientras las grandes fortunas defraudaban a Hacienda con la aquiescencia de los políticos, muchos de ellos corruptos y pillados casi in fraganti, pero exculpados por la Justicia, por la misma Justicia que ha conseguido sentar en el banquillo al juez que los investigó.
Aterrorizados por una situación que empeora todos los días, estupefactos ante el sueldo de los banqueros a los que ayudamos y alucinados por los privilegios de los políticos, hemos olvidado que ha ganado el PP. Los de Rajoy han aprovechado el despiste general para poner en marcha cuanto antes una contrarreforma dictada por la extrema derecha y la Iglesia católica: limitación del aborto, restricción de la píldora del día después, eliminación de Educación para la Ciudadanía y privatización de la enseñanza, la sanidad y la justicia.
Pero a los niñatos fascistoides del Anonymous sólo les interesa la brutal injusticia de la ley Sinde y ahora se dedican a publicar datos privados y a amenazar como aquellos macarrillas de Jarrai a quienes no comulgan con sus majaderías.