Hace tiempo que el paro dejó de ser la consecuencia de unos intereses económicos para convertirse en una especie de fenómeno atmosférico del que nadie tiene la culpa. Y es que hay cosas que no se pueden remediar: si hace frío, el agua se hiela; si no se riega, la planta se muere. Y si no se abarata el despido, no crece el árbol del empleo. Lo mismo sucede ahora con el Recorte, presentado como una consecuencia natural de la situación económica. No hay intereses, no hay ideología en la mano que mueve las tijeras.
Aceptemos (sólo porque esta columna es muy corta) que para equilibrar las cuentas hay que frenar el gasto. Aceptemos que es imposible modificar nuestro sistema impositivo o luchar contra el fraude fiscal para conseguir más ingresos. Bien, pues ahora que no hay dinero para todo, es el momento más adecuado para hacer política.
Ahorrar en la enseñanza y en la sanidad o racanear con el dinero de los dependientes no es una consecuencia inevitable de la situación económica, sino una decisión ideológica al servicio de unos intereses. Porque igual que se bajan las pensiones y se reducen las prestaciones sociales del Estado, se pueden reducir los cargos públicos, establecer en 3.000 € al mes el sueldo máximo en la Administración, incluido el rey; ahorrar las pensiones de los expolíticos que tengan otros ingresos, recortar gastos corrientes, incluido el parque móvil; vender las televisiones autonómicas, interrumpir la financiación de la escuela concertada, suspender la financiación de la Iglesia, anular los fondos dedicados a la promoción de ciertas lenguas, eliminar instituciones y renunciar a la compra de armamento.
Zapatero, que esta semana se ha despedido en el Parlamento, será recordado por dos cambios sociales: los espacios sin humo y los matrimonios homosexuales, alguno de los cuales quizás se haya forjado fumando en la puerta de algún restaurante.
Por lo demás, no creo que la Historia lo trate especialmente mal. Su antecesor en el cargo puso tan alto el listón de los malos presidentes, que ni siquiera en esta legislatura, cuando todo se ha venido abajo, ha conseguido Zapatero superar el mal rollo que daba Aznar. Sale a empujones, como todos los presidentes de nuestra democracia, pero su presencia en televisión no me crispa tanto como la de Aznar o la de González al final de sus mandatos.
A mí lo que Zapatero me produce es decepción. Ya sé que hay personas muy listas a las que este presidente no ha decepcionado en absoluto, porque ellas siempre supieron que era un tipo inane y sin sustancia. Yo, que no soy tan perspicaz, reconozco haber depositado en él una cierta confianza. Era un chico de mi generación y me divertía la irritación que provocaba en los González, Cebrián y compañía, a quien puso en su sitio alguna vez.
“No os decepcionaré”, dijo. Pero sí lo ha hecho. Ha decepcionado a casi todos los que le votaron por la extrema docilidad con que ha aceptado los postulados del liberalismo más brutal. “Cualquier español puede ser presidente”, dijo también. Pero eso tampoco es cierto. Alguien que no ha sido capaz de plantarle cara a los curas no está capacitado para defender a la sociedad civil frente al poder de los mercados.
Cuando bajar los impuestos era de izquierdas, Zapatero, eliminó el de patrimonio porque afectaba a las clases medias. Lo dijo así, aunque en 2007 —el último año que este impuesto estuvo en vigor— lo pagó sólo el 5,2% de los contribuyentes españoles. Una clase media un poco corta, la verdad.
Como el impuesto de patrimonio estaba transferido a las comunidades autónomas, aquella peculiar liberación de la clase media equivalía a recortar la financiación autonómica en 2.121 millones de euros, que fue lo que se recaudó con ese impuesto en 2007. ¿Y qué hizo Zapatero para que las comunidades autónomas no protestaran por el recorte de ingresos que suponía su eliminación? Las compensó. Desde entonces todos los años el Estado central ha venido transfiriendo a los Estadillos autonómicos aquellos 2.000 millones de euros que habían dejado de recaudar.
Corrían buenos tiempos, Zapatero era entonces el primer presidente del Gobierno sobre la faz de la tierra, hacía y deshacía a su antojo (sea fulminado aquí el impuesto de patrimonio, hágase allí el cheque bebé, repártanse acullá 400 euros) y nadie se preguntó de dónde salía aquel dinero. Pero aquel dinero salía de los impuestos que pagamos todos, tengamos patrimonio o no.
Así que si no he entendido mal las explicaciones que he leído estos días, a efectos prácticos el impuesto de patrimonio nunca llegó a eliminarse en España. Lo que hizo Zapatero fue socializarlo, repartir la carga entre todos, evitar que lo pagaran sólo quienes más patrimonio tenían. Es la nueva solidaridad. Proteger los grandes patrimonios. Dar confianza a los mercados. Ayudar a los bancos. Es el socialismo del siglo XXI. Es como ser Robin Hood, pero a la inversa.
No sé. Se me ocurre que para generar 3.500.000 puestos de trabajo habría que aplicar a todo el sector servicios la filosofía de la enseñanza concertada, ese invento que los de Felipe González consagraron en la LODE de hace 25 años y que tan buenos resultados ha dado a la Iglesia católica y a los compañeros.
Se trata, a grandes riesgos (como diría Aguirre), de ceder terreno para que el compañero o nuestra congregación religiosa favorita abra un centro educativo. Estos chiringuitos son financiados con dinero público, pero sus beneficios son privados. La justificación es que los colegios proporcionan a la comunidad un servicio que debería dar el Estado. Pues claro que debería darlo el Estado. En una democracia la enseñaza debería ser monopolio del Estado, como la carrera militar o la policía. Un colegio es algo que no debería poder privatizarse, como no puede privatizarse la Guardia Civil.
Pero hasta hoy lo concertado sólo se ha venido aplicando en el sector de la enseñanza. Y digo yo: ¿por qué no ofrecemos este modelo de negocio a los emprendedores de otros ramos? Seguro que crean empleo. Una fórmula como esta es inmune a la crisis. Lo digo porque los únicos que no están protestando por los recortes en Educación son los centros concertados, que tanto protestaron cuando hace unos años se les obligó a matricular algún negrito del África tropical a cambio de las subvenciones que recibían.
Una de dos: o sufren en silencio o callan como bellacos porque saben que se recorte lo que se recorte, los compañeros y las congregaciones religiosas favoritas siempre recibirán un buen pellizco de los escasos recursos destinados a la Instrucción pública.
Acabo de llegar de vacaciones y ya me duele la cabeza. Qué lío tengo, madre mía. De Cospedal recorta el 20% del presupuesto de Castilla-La Mancha. Y lo hace —dice— sin tocar los gastos sociales. ¿Qué toca entonces? ¿Los gastos individuales? Pues sí, eso parece, porque serán 15.000 los individuos que, según el PSOE, perderán su empleo si se ahorra esa cantidad de dinero.
Unos 15.000 parados más para estimular la creación de empleo, esta es la delirante política de De Cospedal. Y lo malo es que tiene razón. Veréis: a estos 15.000 individuos se les deja sin trabajo para que luego, cuando los servicios públicos agonizantes por falta de financiación pasen a manos privadas, sean de nuevo contratados. Sus ansias de trabajar serán tales que no les importará currar mucho más ganando mucho menos. Y así se sale de la crisis. Por la cosa legal no hay que preocuparse: el Gobierno socialista ya se ha encargado de redactar los contratos. Porque como ha dicho nuestro ministro de Trabajo, Valeriano Gómez, en un reciente congreso sobre la figura de Kunta-Kinte: en época de crisis lo importante es tener un trabajo, no la calidad del mismo.
La prensa afín a Rubalcaba utiliza los recortes de De Cospedal para meter miedo a los abstencionistas: ¡Uhhh, uhhh, esto es lo que hará Mariano Rajoy si llega a La Moncloa, uhhh, uhhh! Pero resulta que De Cospedal no hace sino cumplir una regla que pronto será —por iniciativa de la tropa Rubalcaba— mandato constitucional. Y lo más absurdo de todo es precisamente lo más lógico: que haya sido Elena Salgado, la ministra socialista, quien ha defendido los draconianos recortes en Castilla-La Mancha.
Se veía venir. La solidaridad de la familia Botín con los indignados del 15-M estaba cantada. En su lógico y comprensible afán por no resultar agresivo, el movimiento del 15-M ha acabado despertando simpatías hasta en los sectores contra los que nació.
Primero fueron los políticos —los de más o menos izquierda—, quienes se apresuraron a hacer suyas las reivindicaciones del colectivo. No importaba, como en el caso de Rubalcaba, que el político en cuestión hubiera estado en el Gobierno y hubiera tenido poder para plantear un debate sobre la ley electoral o sobre el tributo de los bancos o sobre el asunto de las hipotecas, y no hubiera movido un dedo. Lo importante era que la gente pensara que el político estaba indignado, pero que no podía quitarse la corbata por responsabilidad y sentido de Estado. La derecha en cambio no ha tenido tantos reflejos. Hay que ver: con lo astuta que es Aguirre, y lo torpe que ha estado con los acampados de la Puerta del Sol. ¿Qué le hubiera costado a ella, que ya confesó en su momento tener dificultades para llegar a fin de mes, compartir una indignación que va más allá de los colores?
Los Botín, más listos, se han mostrado sensibles a la indignación —al fin y al cabo ellos han tenido que decir adiós a los 8.000 millones de beneficios previstos para este ejercicio— y han ofrecido una demora de tres años a quien tenga problemas para pagar la hipoteca. Y no me hubiera extrañado nada que Don Emilio se hubiera bajado del coche oficial para departir con los indignados. Eso hubiera sido un puntazo. Porque inquietarle, lo que se dice inquietarle, las acampadas no han debido de inquietarle mucho.
No creo que el PP esté haciendo con el desenlace del caso Camps una exhibición de hipocresía. En un partido cuyos miembros son tan reacios a dimitir es normal que Francisco Camps sea considerado un héroe. Los militantes deben de estar impresionados. Con muchos menos méritos un sujeto tan siniestro como Federico Trillo es toda una estrella en la calle Génova.
Si después de la tragedia del Yak-42 —aquella incompetencia del ministerio dirigido entonces por Federico Trillo que se llevó por delante la vida de 62 militares—, si tras aquella demoledora sentencia que condenó a un subordinado de Trillo nadie en el PP pensó en voz alta que el exministro debía abandonar por lo menos el primer plano de la política, cómo no van a considerar a Francisco Camps un modelo de conducta.
Purificados por el chivo expiatorio de Valencia, los dirigentes del PP abrazan ahora con el fervor del converso la causa de la decencia democrática: Rubalcaba, Chaves, Griñán, Zapatero, la familia Bardem, los de la ceja, todo el mundo tiene que seguir ahora el camino cristiano trazado por Camps y dimitir de sus cargos esté o no imputado en causas penales.
Como lo hizo en el pasado el socialista Demetrio Madrid, expresidente de Castilla-León, que dejó su cargo aunque el juez lo declaró inocente. Como lo hizo el excandidato socialista Borrell sin haber cometido delito alguno. Como lo hizo Bermejo, exministro socialista de Justicia, por algo que todavía nadie sabe qué fue. Y como no acaba de hacer el propio Camps, que ha preferido no exagerar su gesto de santidad y conservar por lo menos el sueldecito de diputado.
Para evitar que la gente tome las armas en una crisis como esta hay que mantener el miedo de las clases medias a perder sus modestas propiedades, y no llamar nunca a las cosas por su nombre. Como ya advirtió Orwell en su 1984, la neolengua es esencial para el control de la población.
Nacho Escolar denunciaba aquí el otro día esta manipulación del lenguaje, que ahora llama copago a lo que en realidad es repago. Una manipulación que empezó hace mucho tiempo, cuando los ciudadanos fuimos reducidos a consumidores, los trabajadores convertidos en recursos humanos y el despido dulcificado con las siglas ERE. El paro dejó de ser consecuencia de ese despido, para convertirse en un fenómeno atmosférico que se produce cuando no hay suficiente flexibilidad laboral, un caramelo sugus que evita la palabra esclavismo.
Si un niño tuviera que dibujar los famosos mercados financieros, seguro que dibujaba a Darth Vader y su rostro de hierro. De eso se trata, de dar mucho miedo, de que el ataque de los mercados provoque en quien lee la noticia terror, llanto y rechinar de dientes. Que nadie nunca quiera estar en el centro de una tormenta financiera, con sus huracanes, sus olas de 20 metros y la sensación de ser insignificantes, de que moriremos ahogados.
Por eso, cuando llega el ministro de turno y dice que bajará los sueldos, que congelará las pensiones, y que privatizará los servicios públicos para protegernos de la tormenta y evitar el temible ataque de los mercados, la gente no sólo no se rebela, sino que da las gracias a la siempre vigilante agencia Moody’s y a nuestros bancos, atléticos y saludables, que han superado como buenos campeones las pruebas de resistencia.
Quién nos iba a decir que Teddy Bautista acabaría siendo el mejor argumento contra los derechos de autor. La bestia negra de “los internautas” es ahora la principal razón para combatir el copyright. Los talibanes de las causas terminan sirviendo siempre a la causa talibán contraria.
Pero Teddy Bautista no es la SGAE. Su presunto delito no demuestra automáticamente la maldad de la SGAE ni la obsolescencia del derecho de autor; demuestra si acaso lo chorizos que son algunos y la necesidad de controlar mejor. Además -y esto es otra cosa que hay que precisar antes de que los autores nos convirtamos junto a los políticos en el primer problema del país- la SGAE no es la única entidad de gestión. En el ámbito audiovisual existe también la transparente DAMA, que durante mucho tiempo ha sufrido como nadie la posición dominante de la SGAE, a la que ha llevado a los tribunales. No sólo “los internautas” han sido perjudicados por el afán recaudatorio de la SGAE; también hay autores que han tenido que actuar contra Don Teddy.
Y por último, lo que más me interesa destacar. La mayoría de los escritores, el gremio al que pertenezco, no está afiliada a la SGAE. Nuestro dinero no lo recauda ninguna entidad de gestión. Bueno, sí, está CEDRO para el asunto de las fotocopias, pero los ingresos de un escritor de novelas no provienen de la calderilla que recibimos de esta entidad. Si desapareciera, yo no lo iba a notar. A mí y a mis colegas novelistas nos pagan los lectores casi directamente, a través de nuestras editoriales, al comprar los libros que escribimos. El día que dejen de comprarlos por la razón que sea dejaremos de cobrar. Y probablemente de escribirlos.
¿Cómo conseguir que el vicepresidente de un Gobierno que combate la crisis conteniendo el gasto, no aumentando los ingresos, diga que es de izquierdas sin ponerse colorado? Conscientes de la dificultad, en Moncloa han diseñado una batería de pipas, caramelos, chicles, a ver si cuela de cara a las próximas elecciones.
La primera chuchería es subir la cantidad mínima intocable en los embargos de nómina por impago de hipoteca de 600 a 900 euros. Una medida necesaria aunque insuficiente. Pero, claro, se trata de parecer súper rojo sin incomodar a los bancos. La paradoja es que, según Mis Estudios Sociológicos de Andar Por Casa, buena parte de los beneficiarios de esta nueva ley, es decir, la gente que lo está pasando realmente mal, es la que votará en contra del PSOE, al que consideran culpable de todas sus desgracias.
No voy a frivolizar con la velocidad y el vino después del accidente de Ortega Cano, pero las profundas discusiones que según la prensa tuvieron lugar en el Consejo de Ministros sobre si era conveniente o no aumentar en 10 km/h la velocidad permitida me sumieron en el estupor, donde sigo instalado. Ya sé que lo que se discutía en realidad era el poder de Rubalcaba, pero aún así, con la que está cayendo, ¿no convendría tener un poquito de por favor?
La última gominola ha consistido en matar al padre y dejar bien claro que aunque la carrera política de Rubalcaba se gestó a la sombra de Felipe González, el flamante candidato no tiene nada que ver con ese Abuelo Cebolleta que va por las emisoras impartiendo insidiosos consejos sobre lo que un buen socialista tiene que hacer.