El 15M como marca

03 Ago 2011
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Lo que ocurrió ayer en Sol deja patente lo fácil que es poner en evidencia un estado: el despliegue de policías, helicópteros y medidas de seguridad, recordaban más a otros tiempos dictatoriales que a la democracia avanzada que somos. De cara al exterior esas fotos de una Puerta de Sol vacía y rodeada de policía que impedía el paso de los manifestantes al espacio público, puede dar muy mala imagen de la libertad en España. Y no es la primera vez que los grandes medios corporativos internacionales han magnificado lo que les ha venido bien (y ocultado lo que no) para justificar su “intervención” en algún estado “oprimido” (casualmente con petróleo y bastante menos oprimido que sus vecinos, como el caso Libio, o una ficha importante en el tablero internacional de sus manejos).

Es lo malo de estos movimientos de protesta sin signo, color o concreción alguna, simplemente reunidos bajo un indeterminado “malestar general”, son perfectos para ser utilizados, “interpretados” a su antojo, por las oligarquías locales, siempre dispuestas a distorsionar las demandas para colar las suyas. Porque sólo esas oligarquías suelen tener los medios de comunicación capaces de convertir una rareza en tendencia.

El problema con los movimientos como el de ayer, es que no fueron claramente contra el Papa (como deberían haberlo sido), sino simplemente para reforzar esa nueva marca tan de moda que es el “15M”.

Esos despliegues de convocatoria se han convertido en meros ejercicios de fuerza para reivindicar la “popularidad” del 15M o Sol. Pero, ¿para qué sirve esa popularidad o fuerza? Porque hasta ahora sólo ha sido clara, nítida e indiscutiblemente utilizada para derrumbar, dividir y bloquear a la izquierda y permitir que la derecha, con apenas 100.000 votos más monopolice el Estado Español.

Desde el primer momento me ha preocupado la abstracción e inconcreción, por no llamarlo amalgama contradictoria, de las reivindicaciones del 15M. No se me olvida que en las peticiones iniciales se “cayó” el exigir un estado laico por complacer a los integrantes católicos del movimiento (que los hay). Pero, sobre todo, me preocupa lo abierto a manipulación que este movimiento está por parte de los poderes que debería cuestionar. Al igual que las cada vez más estudiadas “revoluciones de colores”, estos movimientos  ambiguos y poco concretos, muy pesados en su gestión, pues requieren sistemas caducos de operación como las asambleas (que llevan días para adoptar una simple medida y pueden ser bloqueadas por cualquier agente infiltrado de la derecha que se cuele, como ha sido denunciado en varias ocasiones, y se asegure de detener las demandas más conflictivas), han venido siendo utilizando por las oligarquías dominantes, la banca y las corporaciones para justificar cambios constitucionales o legales que siempre acaban justificando su mercado neoliberal bajo una aparente “mayor libertad” en los mercados.

Nunca se me olvidará cuando Parvane, emigrante iraní que tuvo que venir a España huyendo de su país por ser mujer y “adúltera”, punible con pena de muerte, me contó horrorizada cómo ella había formado parte de las revueltas que derrocaron al Sha y trajeron al Ayatolá y a un estado infierno ultra-religioso y dictatorial que perseguía a los mismos que habían luchado por él. “No sé cómo pudo pasar. Éramos estudiantes comunistas luchando por la libertad y contra el imperialismo y la opresión de clases del Sha… de pronto, cuando habíamos echado a la marioneta del imperialismo, apareció el Ayatolá de la nada y declaró que él había hecho la revolución para imponer un estado islámico”, me confesaba con suma tristeza, intentando entender cómo ella había entronado a su futuro verdugo.

Pero esto es lo que ocurre en movimientos sin un fuerte liderazgo o una indiscutible tendencia. Los movimientos estudiantiles en Irán fueron el laboratorio de las venideras “revoluciones de colores” que, casualmente, siempre estaban allí donde el monstruo corporativo capitalista necesitaba un estado débil, asustado, que no presentase oposición a sus oscuras operaciones especulativas. O en estados demasiado fuertes que se han visto divididos en pequeños estados independientes, fragmentados, que han necesitado la “ayuda” económica de esas corporaciones y bancos a cambio de ponerles su economía y producción a su servicio. Por no hablar del petróleo.

Yo no puedo estar en contra de un movimiento de protesta de izquierdas que devuelva a la gente a la calle a denunciar este golpe de estado que la banca ha ejecutado. Pero sí que estoy en contra, y mucho, de convertir esas movilizaciones en una simple marca. Un abstracto “indignados” que dé protagonismo a la marca y distraiga de las reivindicaciones. Me entristece ver que los medios sólo hablen de si los indignados son más o menos esto o lo otro en lugar de hablar de la razón que está moviendo a la gente ahí. En el caso de ayer se supone que era la escandalosa visita-golpe de estado del Papa, pagada con nuestros impuestos en plena crisis, pero nadie habló de ello más que de pasada.

Y lo cierto es que no se sabe por qué se convocó una manifestación en Sol. Salvo para reclamar el puesto de información de la marca “Indignado”. Pues a mí, tener un tenderete para que me cuenten lo divinos que son y la de medios que han acaparado no me interesa, la verdad. Ahora, si van a denunciar cada día las maneras fascistas de Espe Aguirre o la imposición de la Iglesia robando nuestro dinero o los EREs  concedidos a Telefónica, pues seré el primero en estar ahí.

Hoy estaré en Sol a las 20.00 horas. Para  apoyar a cualquier movimiento que cuestione este asalto a nuestras libertades de la derecha, la banca y la Iglesia. Pero no para que me usen para reforzar una marca y que unos señores se saquen conferencias, portadas y libros a mi costa.  Por eso es tan importante que el movimiento deje de tener tanto protagonismo y se lo den a las causas de la denuncia.


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