El Orgullo ya es festejo PPopular

shangaylily

A pesar de la imponente convocatoria en la que ha llegado a convertirse, cuando pienso en el Orgullo Gay la primera imagen que me viene a la cabeza es la de aquellas primeras marchas de los 80 en las que 50 o 60 personas avanzábamos hasta Sol con el entusiasmo, la rabia, la ilusión y la utopía por bandera mientras los transeúntes nos miraban con cara de “¿estos chiflados de dónde han salido?”. Entonces no era nada popular ir a ese “desfile de locazas y bolleras”, como lo definieron mis ex socios de la revista Shangay a principios de los 90.

Es curioso que esa misma persona que se negaba a ir porque “la panda de locazas” no le representaba, ahora sea el mayor gerifalte de ese monstruoso negocio del entretenimiento en que se ha convertido el Orgullo Gay de Madrid. Sí, me refiero a Alfonso Llopart. Aunque quien más se oponía era Roberto Sánchez, su marido entonces (aún no estaba legalmente aprobado el matrimonio, pero yo los casaría en una desafiante ceremonia celebrada en nuestro Shangay Tea Dance que El País cubrió a página completa anunciando la primera boda homosexual celebrada en la capital). Roberto temía  que su familia, a la que aún no había dicho que era homosexual, le viese por la tele y usó el habitual argumento de “las locazas” para evitar una improbable salida del armario (entonces los medios nos ignoraban). Alfonso tampoco veía la necesidad de contrariar a su marido y también aprovecho el manido argumento de las “locazas” para negarse a acompañarme.

Corría el año 93, pero el homófobo argumento de las “locazas gritonas”, tristemente, se ha mantenido intacto. Cuando alguien quiere atacar el Orgullo y su utilidad, en lugar de argumentar la manipulación, banalización o deterioro de su importancia reivindicativa, acude al término “locazas” para señalar su supuesta frivolidad, olvidando que fueron esas “locazas” las que se enfrentaron a la policía en Stonewall en 1969 hasta conseguir nuestros derechos (hecho que celebramos en el Orgullo). Es a las “saqueadoras”, que sólo se acuerdan de las maribollos y trans para sacarles dinero o hacer una carrera de ello, a las que habría que bajar de todas esas carrozas publicitarias para devolverle al orgullo su dignidad locaza. El Orgullo celebra la diferencia, la pluma y la valentía de vivir como sientes, no la premeditación, la asimiliación y la cobardía que te lleva a querer “parecer normal”. Porque esos “discretos” homosexuales fueron los que jamás se enfrentaron al sistema para decir basta. Así que intentar desacreditar el Orgullo por sus tangas, lentejuelas y carcajadas es como criticar la Semana Santa por la talla policromada, las velas y “la insoportable seriedad y victimismo de todo”.

Entonces ya era el argumento para despreciar nuestro más valioso mecanismo de visibilidad o el aspecto más incómodamente activista del movimiento, pero poco después se vería la utilidad de aliarse con las asociaciones LGTB (especialmente cuando Pedro Zerolo, entonces presidente de la FELGTB, compró mi parte en la revista tras una estratagema de mis ex socios que me dejó fuera y demonizado) y, por supuesto, con el Orgullo para iniciar un lucrativo negocio. Llegaron las fiestas en Xenon en las que yo cantaba disfrazada de sirena (“de ballena”, dijeron los maricas más acerados) y la organización conjunta con el COGAM de fiestas y eventos a los que empezaron a adelgazar de tonos reivindicativos y a inundar con sus estrategias empresariales que ya se habían demostrado enormemente lucrativas en la revista (ante mi empeño en usarla como arma reivindicativa o activista). En breve, se expulsaría a los agentes molestos como yo.

Luego vendrían los boicots, las amenazas a los dueños de locales que me contratasen y las campañas de descrédito que intentarían, como harían con todo aquel que supusiese una amenaza a la lucrativa marca “gay”, invisibilizarme, demonizarme y exiliarme de la comunidad LGTB. A partir de ese momento, activismo empezó a convertirse en sinónimo de negocio que se forra a costa de nuestra identidad. Finalmente se regaló esa identidad a multinacionales abiertamente homófobas que por una jugosa ganancia hacían una excepción y publicitaban su marca durante el Orgullo.

Sabiendo esto, se puede intuir que para mí el Orgullo Gay es un evento extremadamente conflictivo. Me disgusta y repele enormemente en lo que se ha convertido, pero es una parte de mí: yo he colaborado, luchado y apostado por esa importante herramienta de visibilidad. Creo firmemente que ahora, cuando la homofobia se ha vuelto sofisticada y sigilosa, es más necesario que nunca. Pensando en cómo podría explicar esta dolorosa esquizofrenia con la que, cada vez más, vivo el Orgullo, debería acudir a una metáfora que, aunque algo manida, lo describe a la perfección: el Orgullo para mí es como un hijo que te ha salido algo facha, clasista, pijo y aprovechado. Cuesta bastante aceptar que tiene su propio destino y que ese a lo mejor es el contrario al que tú soñabas. Pero a pesar de los desengaños, siempre verás mucho de ti en ese popular ser que un día dependió de ti.

Por eso, cuando hace unos días recibí una valiosísima nota de prensa del Área de Libertad de Expresión Afectivo Sexual de IU (ALEAS), o sea el área ocupada de los temas LGTB, en la que se denunciaba otra estratagema para mercantilizar, explotar y monopolizar la celebración del Orgullo Gay de Madrid como un sucio negocio del que se lucran unos cuantos, sentí un pellizco en el corazón. Quería pensar que había sido un malentendido con aquél hijo cabezaloca, pero la nota explicaba meridianamente la verdadera naturaleza de aquél impostor.

Tras leer tan meritorio desenmascaramiento de las tretas con las que un grupo, que por sus estratagemas se podría categorizar de verdadera mafia rosa, se está lucrando de una celebración que surgió desde abajo, me quedó más que claro que en este entramado empresarial están todos dispuestos a beneficiarse de nuestra lucha. Bueno, todos menos IU. Aclaro que aunque me enfadó que en lugar de votar en contra IU se abstuvo, sé que los diputados no tuvieron tiempo de informarse debidamente del endemoniado entramado que se oculta tras estos aparentemente inocentes pasos (entre otras cosas porque se ha mantenido muy oculto hasta el último momento), así que por temor a perjudicar a la comunidad LGTB prefirieron abstenerse hasta poder tener bien contrastada la compleja información que ALEAS-IU recabó. En realidad habría dado igual, aunque hubiesen votado en contra se habría aprobado, eso me cuentan. A pesar de que Ana Botella, en un intento de aparecer distanciada, anunció que sólo se aprobaría si había consenso.

Con esta aparentemente beneficiosa declaración de la celebración como festejo popular el Partido Popular prosigue con la apropiación de nuestros mecanismos de reivindicación para poder distorsionarlos que vengo denunciando últimamente.

Por eso, llama la atención todo ese paripé de buenos-malos que el PSOE y el PP ha puesto en escena estos últimos años para convertir en héroes a unos meros explotadores y en villanos a sus compinches. Pero lo que más llama la atención es el interés desmesurado del PP, de Ana Botella en particular, de que no se sepa que hay este apoyo a una institución que su partido ataca en cada argumento. De hecho, esta moción u ordenanza se ha presentado en la Junta de Distrito Centro del Ayuntamiento de Madrid en lugar de la Asamblea de Madrid para evitar a Ana “peras y manzanas” Botella el trance de tener que votar sí a lo que luego ataca por otro lado. Algo tendrá que ver su magnífica relación y cercanía con AEGAL (vía Villanueva, íntimo de todo el entramado de gaympresarios y demás oligayrquia). Por supuesto el PSOE siempre había tenido una prioridad absoluta en el Orgullo gracias a Zerolo, pero ahora parece que su preminencia se está acabando en favor de los nuevos aliados en el poder de los gaympresarios: el PP. Hace tiempo que se venía venir. Los valores que el Orgullo mercantilista está transmitiendo son los de la derecha: clasismo, elitismo, capitalismo, superficialidad, entretenimiento, ignorancia, insolaridad, machismo, racismo y heterocentrismo…

La pluralidad ha brillado por su ausencia en la gestión del Orgullo (COGAM y FEGTB oficialmente, aunque los que deciden están fuera de esas asociaciones) y va a faltar aún más. Al fin y al cabo, con esta nueva normativa están más cerca del monopolio absoluto e indiscutible. Gracias a este nuevo estatus podrán pedir más fácilmente permisos y gestionarlos de modo gubernamental. Una ironía que el PP, que tanto habla de lo privado, cuando le viene bien acuda a lo estatal para impedir competencia o pluralidad e imposibilitar el acceso a la gestión de una celebración del pueblo. Pero el Orgullo hace mucho que no es ninguna reivindicación, sino un negocio, un parque temático cuyo único fin es esquilmar a la mayor cantidad de personas con indiferencia a su orientación, creencias o sexo, el factor determinante es tu cartera (eso es la diversidad según ellos).

Personajes como mi exsocio Alfonso Llopart (creador de Chueca por el Monopolio, er…  la Diversidad, y antes de AEGAL) o sus aliados Kike Sarasola o Pedro Serrano, no tienen otros ideales que el dinero, el negocio y la exclusividad. Justo lo contrario de lo que el Orgullo celebra: la rebelión de las de abajo, las pisoteadas, las desahuciadas, las del pueblo, las solidarias… maricas, bolleras, trans, Stonewall. Nadie estaba pensando en montar un negocio por el que cobrar a los homosexuales esas noches enfrentadas a la policía, golpeadas, encerradas en celdas de castigo.

Por desgracia esto no es más que un nuevo peldaño en ese ascenso hacia la comercialización desactivada. Habrá que estar atentas a lo que ocurre ahora. Parece ser que esta consideración como festejo no es más que el primer paso hacia una gestión institucionalizada a la que nadie que no sea del grupo de gaympresarios tendrá acceso…. por ley.

Si queréis informaros más podéis leer este magnífico e imprescindible artículo de investigación en Diagonal que se titula PSOE y PP apuestan por un Orgullo empresarial.

Por no mencionar que el objetivo final, el negocio de negocios, es el World Pride 2017 (curioso que la única noticia que he encontrado la dé el conservador ABC). Ya hoy anunciaban en televisión que se esperan beneficios de 110 millones de euros para este año. ¿Quién se los queda? ¿Las familias de homosexuales desahuciados, centros de acogida creados con ese dinero, hospitales para tratamiento de drogadicción o endohomofobia? No, gaympresarios que ya han derivado a la derecha más clasista, elitista, racista, endohomófoba y machista posible. Troyanos que están contaminando nuestra comunidad desde dentro.

Por supuesto, los que hemos sido boicoteados, demonizados, injuriados y expulsados del Orgullo por nuestras críticas de la deriva empresarial, heterocentrada y mercantilista, no recibiremos ni un céntimo. Mucho menos cuando haya publicado mi venidero libro “Adiós, Chueca”, una suerte de memorias del olvido o un ensayo sobre el gaypitalismo que profundizará sobre todo este proceso con dolorosa minuciosidad. Ya pueden empezar una nueva campaña de descrédito los oligayrcas, cada vez somos más los que sabemos que no queremos ser un show para el amo heteropatriarcal capitalista. Queremos nuestro Orgullo intacto, con todo el polvo de la lucha de nuestras hermanas transmaribollos, las plumas ¡y las locazas!, por favor que nos devuelvan a nuestras locazas que son los faros de esta negra noche que está trayendo el gaypitalismo.