Opinion · Palabra de artivista

El Rey o el pudridero de la democracia

elrey_esp“La monarquía es la clave de bóveda de todo el sistema”, proclama el personaje llamado Juan Carlos I en El Rey. Ese mensaje es repetido en distintos momentos con creciente ansiedad. El protagonista blande su coartada contra todo el que se oponga a sus ambiciosos intereses: la monarquía es el esqueleto sobre el que se sostiene esta democracia, repite una y otra vez como mantra disuasorio. El intento de unir monarquía y democracia es machacón: ir contra la monarquía es ir contra la democracia, intentan imponer los numerosos interesados en esa farsa que fue la Transición y la propia pantomima de esa supuesta democracia garantizada por el rey. La creación de ese mito ha sido compleja, retorcida y larga. Hace falta analizar esa farsa recalando en sus distintos momentos y protagonistas. Y esa es la premisa principal de la ambiciosa obra de teatro político (ese género que su creador define como “una ficción contra la ignorancia”) que el Teatro del Barrio, de mano de su fundador Alberto San Juan, director de esta iniciativa además de intérprete, junto al impagable Guillermo Toledo y un esforzado Luis Bermejo (el balbuceante rey), ha estrenado estos días.

Actoralmente la obra es un reto dificultoso: desnuda de todo decorado, densa y rozando el esperpento, los actores hacen verdaderas filigranas para no caer en el caos que la narrativa tradicional ha ocultado con su acaramelada historiografía. Lo consiguen, aunque no tienen pocos tropiezos. Desde el bufonesco personaje en el que Bermejo embute al rey (un aire dantesco, de baboso agonizante, que hace no tomarse tan en serio su terrorífica y desalmada historia; algo que el propio rey ha alentado), hasta la retahíla de seres oportunistas y algo repulsivos que San Juan y Toledo van bordando a su alrededor, es difícil no dejarse llevar por lo imponente del alud memorístico. Cada intérprete sujeta con ostensible esfuerzo ese desfile de personalidades más que complejas (y falsas), pero es la entrada de Guillermo Toledo, un torbellino que es un verdadero recital de interpretación, lo que instantáneamente eleva el tono del espectáculo hasta lo asombroso. Su labor como actor es notable, su cambio de registros apabullante. Esto es lo que vemos cuando aparece su Felipe González, un histrión con autocomplaciente y muy estudiado gracejo que subraya lo asombroso de esta historia que nos hemos estado tragando (que nos seguimos tragando) como si fuese el único camino hacia esa tan cacareada “democracia”. Entre chistecistos y charangas, Felipe levanta su imperio de poder con la inestimable ayuda de ese rey que puede parecer tonto, pero que no da puntada sin hilo. Cuando Guillermo se tira por los suelos en un breakdance-rumba que sumió a San Juan en un verdadero ahogo de risa que le impedía seguir con el texto, ya nos ha sumergido en el tono de la obra: esta es una historia de excesos casi tanto como de traiciones. Sin esa parafernalia excesiva de que hicieron gala todos los protagonistas de esta mentira es difícil comprender cómo lo consiguieron: mantener una dictadura y a sus verdugos haciéndolos pasar por modélicos demócratas, luchadores por la libertad, ¡alehop!

Y es que la galería de personajes que desfila por este repaso a un complejo conjunto de negociaciones y concesiones que acabaron en la Transición es densa y ambiciosa, muy ambiciosa. Quizás este sea el peor enemigo de la obra, sin un detallado conocimiento de una historia oculta de España es fácil perderse, pero igualmente podría ser visto como su mejor as: el sentimiento de confusión, de exceso, de estupor, nos va embargando hasta ponernos en la situación de ser engañados, como lo fue el pueblo español que sufrió esta trapisonda. En el panorama teatral actual, de escenarios vacuos, simplones y repetitivos, enfrentarse a un desafío como este repaso a la historia reciente de España, la que nos ha llevado a esta encrucijada de la que nadie sabemos muy bien cómo salir (especialmente la izquierda), puede ser un aliciente, un entrenamiento, una desintoxicación. Que no se tome al espectador por tonto o súbdito de los Sálvame de este mundo, es un cumplido. La única salida es conocer nuestro pasado, proclama una y otra vez el Teatro del Barrio en estos ejercicios de memoria histórica que son muy de agradecer.

En este ejercicio, es nutrido el grupo de fantasmas que va apareciendo cual espectros amenazantes ante el decadente rey. Franco, por supuesto, es el arquitecto (igualmente balbuceante, igualmente perverso) de toda esa “clave de bóveda”. El hermano del monarca francoimpuesto, Alfonso (al que Juan Carlos mató en un “accidente” nunca aclarado), su padre Don Juan (al que traicionó como nos recuerda el personaje una y otra vez), Suárez (al que también desechó cuando ya no le era útil), Felipe González (con el que compartió negocios, GAL y lo que hiciese falta para seguir en el poder: “Yo conseguí que indultaran a Vera y a Barrionuevo”, le espeta el rey a González en un momento), Chicho Sánchez Ferlosio (cantando desde un lecho desencantado su Gallo rojo, gallo negro), Rodolfo Martín Villa (criminal franquista perseguido ahora por la justicia argentina, ministro de la UCD, presidente de Endesa, presidente de Sogecable), Carrero Blanco (previsto heredero del dictador), Kissinger (jugueteando con las implicaciones de la CIA en el asesinato del heredero de Franco), Tejero (un tonto útil casi al nivel del propio rey que se pregunta una y otra vez “¿pero quiere alguien explicarme qué coño pasó el 23-F?”), Salvador Puig Antich (el anarquista, último ejecutado por el garrote vil mientras el baboso rey balbucea las bondades de la venidera democracia y la monarquía)… la grimosa procesión de ánimas depredadoras renquea ante los desconcertados ojos del espectador y va perfilando la completa farsa que ha sido esta “democracia” que están desmontando sin siquiera haberla montado.

Jesús Hermida se suma desde el patio de butacas a la procesión con su amanerado circo limpiamierdas: hay que hacer entretenida la estafa. Fueron muchos los “periodistas” convertidos en relaciones públicas, desde Gabilondo hasta Victoria Prego hubo mucho donde elegir aliado.

Por supuesto, la corrupción es un personaje central. Y hace su entrada triunfal desde bien pronto. De la mano de Franco que le recuerda al monarca los regalos y aportes económicos que distintas potencias, banqueros y oligarcas le han ido insuflando para garantizar que la farsa siga su curso. “Atado y bien atado”, recuerda el espectador aunque no se diga. Los negocios con Arabia Saudí, o Kuwait, o EEUU, o Alemania, o las torres KIO, o banqueros, o ladrones varios se va sumando a este saqueo sin piedad.

Así va evolucionando esta agonía que desemboca en su hijo, monarca igualmente impuesto, Felipe. Otra traición al rey de traidores. Juan Luís Cebrián da testimonio de que los supuestamente “liberales” son incluso más cómplices, fieros y desalmados de todo este gran negocio, esta estafa. Aquí todos han jugado su parte para preservar el bipartidismo, el IBEX 35 y lo que haga falta para garantizar la posición geopolítica de España en el tablero mundial: que no pase el comunismo, que no pierdan sus privilegios los caciques, que sigan mandando los genocidas. Hasta Carrillo juega su parte para descafeinar el asunto hasta lo anecdótico. Y el espectador, aterrado en su butaca, intentando olvidar que en breve habrá unas elecciones que se parecen dolorosamente a todo este circo sin cambios. Nuevos personajes, nuevas escenas, nuevos pactos, pero el fin sigue siendo el mismo.

Y en esas estamos cuando nos sumimos en las verdaderas cloacas de este sistema, escuchando tres golpes acompañados del nombre del rey muerto para cerciorarse de que no puede responder: “Pum. Juan. Pum. Juan. Pum. Juan”. Silencio, como la respuesta a las mil súplicas del pueblo agonizante ante la panda de saqueadores que lo están destruyendo. Con una siniestra figura con guadaña de fondo, nos encontramos frente a ese anacrónico ritual previo al entierro de los reyes que es su paso por el pudridero real del Escorial. Un sótano sólo accesible para unos elegidos en el que se “momifican” los cadáveres reales entre 30 y 40 años. Un acierto, porque entonces caemos en la cuenta de que ese inerme ballet de golpes, preguntas, muros derruidos para acceder a estancias secretas y tapias levantadas cada vez que se abandonan esos secretos, ritos y ornamentos es casi tan absurdo como la institución que aquí se analiza. Es algo del pasado. Algo inútil, costoso y patético que no tiene beneficio. Como la monarquía. Y entonces descubrimos con un escalofrío que esa momia que se encierra en el pudridero no es sólo la de los monarcas, es la propia democracia la que se momifica desde hace 40 años en esos sótanos reales tapiados por albañiles (el trabajo siempre para el trabajador explotado, por muy secreto que sea el acceso) que acompañan a los monjes agustinos.

Porque la función final del pudridero, en cualquier caso, es reducir el tamaño de los cuerpos para que se adapten a los minúsculos cofres de plomo que, en el caso de los reyes, ocupan apenas un metro de largo y 40 centímetros de ancho. Y esa misma ha sido la función de la monarquía como pudridero de la democracia: reducir el tamaño de la misma para que se adapte al minúsculo nicho representacional que las oligarquías, los saqueadores y la geopolítica le han reservado como mera arma propagandística que exhibir cuando se cuestionan sus métodos o fines.

Entonces queda claro: a pesar de querer venderse una y otra vez como su salvadora, esta monarquía ha sido y sigue siendo el pudridero de la democracia.

El Rey. Teatro del Barrio (Zurita, 20. 28012 Madrid. Teléfono 91 084 36 92).
Texto y dirección: Alberto San Juan
Elenco: Luis Bermejo, Guillermo Toledo y Alberto San Juan
Funciones: Miércoles-sábado 20.00 h. Domingo 19.00 h. Noviembre-diciembre
Precio: Anticipada: 16.00€. Taquilla, día de la función: 18.00€