La Copa y la España plural
El Athletic de Bilbao, el Barcelona y la Federación Española no logran convencer al Real Madrid para que les deje jugar la final de Copa en el Santiago Bernabéu. Ni siquiera apelando a argumentos tan sensibles como el señorío, la grandeza o la generosidad de un club histórico han logrado vascos y catalanes ablandar a los directivos del club blanco.
Es hasta cierto punto comprensible que el madridismo rechace la posibilidad de ver a su eterno rival —si es que gana al Athletic— levantando un trofeo en su casa. Pero en modo alguno es aceptable: el Barça ya ha ganado Copas en el Bernabéu y, sobre todo, se trata de la final de todo el fútbol español, de los equipos grandes y pequeños. Es, en definitiva, la final de todo un país.
Más allá de que esa negativa deja en mal lugar al club blanco y muestra todos sus miedos y debilidades con respecto al Barça, el Madrid debería mirar por encima del fútbol y ver la final como una oportunidad. Florentino Pérez no es un hincha más, está por encima de ellos y debería sacrificarse por el bien del país.
Porque la final de Copa se presenta como la perfecta metáfora de la España plural. ¿Qué mejor forma de representar lo que España pretende ser, en términos de igualdad e integración, que dejar a vascos y catalanes disputarse la Copa del Rey de España en la capital del Estado, en el campo del club que más y mejor ha defendido el sentimiento de ser español?
Ya sé que política y deporte son como el agua y el aceite, pero es que la ocasión la pitan calva. Además, esta final estará politizada, ya lo verán. Es muy posible que las dos aficiones piten mientras suene el himno nacional. La caverna mediática saldrá del sopor en que parece haberse sumido desde que Rajoy ocupa La Moncloa y pondrá el grito en el cielo: “Si no les gusta España que no jueguen nuestra Copa” será la idea más socorrida esos días.
Y ahí radica la oportunidad para el Madrid: en medio de la tormenta, el Madrid ganaría en imagen —algo de lo que en los últimos tiempos no anda sobrado— al prestar un servicio al país y ayudar en el fortalecimiento de la cohesión nacional. Este país que tanto le dolía a Unamuno aprendería a aceptarse —y a convivir— un poco mejor si fuera el Bernabéu donde pitaran el himno nacional. Sería todo un símbolo.
Pero el Madrid sigue preso de su complejo y no va a dar su brazo a torcer. Ahora que se pide a los que más tienen que contribuyan más en la lucha contra la crisis, el Gobierno tiene la oportunidad perfecta para mostrar a los ciudadanos de una forma concreta y visible que a los ricos también se les puede hacer pasar por el aro: si yo fuera Rajoy decretaría el estado de emergencia y expropiaría por un día el Bernabéu declarándolo Estadio Nacional. ¿Una idea absurda? Pues sí, pero lo que nos íbamos a divertir.
Eso sí que sería la culminación de la España plural: el Athletic y el Barça disputándose la Copa de España en un estadio llamado “Nacional”.
Del Nido y las viejas maneras
CARLOS LIMÓN
En septiembre de 2010, la revista Don Balón coloca a José María del Nido entre las 50 personas más influyentes del fútbol español. Tras ocho años de mandato, el presidente del Sevilla, había conseguido situar al club hispalense en la cúspide del fútbol europeo con sus éxitos nacionales e internacionales. Nadie duda del Sevilla dentro de los terrenos de juego.
Por aquel entonces Del Nido se siente en la cúspide: dos UEFAS, dos Copas del Rey, una Supercopa de Europa y otra de España son más que suficiente para que el presidente del Sevilla cargue contra Real Madrid o Barcelona cuando le apetece fuera de los terrenos de juego. A finales de la década, lleva la voz cantante en la guerra de las televisiones. José María Del Nido quiere más para su Sevilla.
Un año y cuatro meses después la historia es muy distinta. En silencio y sin hacer demasiado ruido, el presidente intenta solucionar los problemas deportivos de su equipo mientras sale de un proceso legal que puede llevarle a la cárcel. A Del Nido le tiembla la mano muy rápido con los técnicos que elige (Marcelino era su hombre de confianza y no ha cumplido un año) y el Sevilla sólo está a seis puntos del descenso.
Después de tanto criticar y aparecer en los medios de comunicación, el presidente del club hispalense parece sufrir los males que durante décadas acompañaron a Real Madrid y Barcelona. Jesús Gil, Joan Gaspar o Lorenzo Sanz han estado demasiado presentes en las formas de Del Nido, que nunca se supo adaptar a los nuevos tiempos donde la elegancia culé es el modelo a imitar.
Primero fueron la fanfarronería y las críticas y ahora son los jugadores ahora los que crean problemas en el vestuario. Míchel llega al banquillo a expensas de otra generación de futbolistas que cumpla la transición deportiva necesaria que esté a la altura de su afición.








