5-0 y Casillas de portero
“Apostaré a que el Barça gana 5-0 al Real Madrid, para no perder la costumbre”. No es un forofo el que habla, sino el presidente del Barcelona, Sandro Rosell. Lo dijo en un acto benéfico y entre risas, probablemente en broma, pero lo dijo y sus palabras resonaron por toda la prensa, deportiva y no (aquí puedes ver el vídeo).
Que recuerde, se trata del primer ‘resbalón’ de Rosell durante su todavía corta presidencia (lo siento, no recuerdo otro así), pero dará que hablar. Como le ocurrió a Vicente Boluda, que en su cuarto de hora como presidente del Madrid pasó a la triste historia de las declaraciones por vaticinar un “chorreo” ante el Liverpool en Champions League.
Les suele pasar a los presidentes eso de irse de la lengua y es una desgracia con la que los entrenadores tienen que lidiar. Si yo fuera Guardiola, ahora tendría un mosqueo importante porque Rosell no solo ha trasladado toda la presión de la final a su equipo, sino que además les ha puesto un listón.
Y es que la presión es muy peligrosa. En el año 2000, el Real Madrid viajó a Brasil a disputar el Mundial de Clubes tras ganar la Intercontinental en el 98. Su capitán por aquel entonces, Fernando Hierro, dijo que estaban “obligados” a ser campeones. Nada más falso. Nadie tiene la obligación de ganar y el Madrid, con aquella presión, no solo no fue campeón, sino que quedó cuarto.
No dudo que el Barcelona pueda repetir la ‘manita’ al Madrid, aunque me cuesta pensar un partido similar.
La Federación ya tiene la final que quería
Llevaba años, concretamente 21, esperando la Federación poder ver una final de Copa entre Barcelona y Real Madrid. Pues aquí la tiene. El fútbol español podrá ver enfrentarse a sus dos mejores equipos por conquistar el torneo del KO. Ese que tanto ha despreciado durante años su propio organizador. Hace unas temporadas parecía condenado a morir en el ostracismo tanto por la incompetencia de las autoridades como por la desidia con la que lo afrontaban los grandes clubes.
Los cambios continuos de formato de la competición, los horarios intempestivos de los partidos y un calendario supeditado al poder de las televisiones provocaron que los técnicos consideraran la Copa un torneo menor. Solo un regalo, no una obligación. Hubo un tiempo que hasta los equipos modestos, cuando se jugaban las eliminatorias a un solo partido en casa del de menor categoría, daban sorpresas y alcanzaban finales.
Eso se acabó. Primero porque la Federación decidió dar ventaja a los grandes recuperando el injusto formato de eliminatorias a ida y vuelta. Y segundo por la llegada de Guardiola al Barça. El de Sampedor volvió a tomarse la Copa en serio, trató a todos los equipos por igual y se olvidó de las malditas rotaciones. Desde entonces las finales han sido Barcelona-Athletic, Sevilla-Atlético y Barcelona-Real Madrid.
Y si a todo esto le añadimos la diferencia que existe en la actualidad entre Barcelona, Real Madrid y el resto de equipos nos topamos con esta final. El Almería poco ha podido hacer ante el mejor equipo del mundo y el Sevilla ha estado más pendiente de quejarse de los fallos arbitrales que de elaborar un fútbol capaz de desarmar al Madrid. El Barça sigue a lo suyo, a jugar como los ángeles y a ganar, ganar y ganar. Los de Mourinho ya tienen un clavo al que agarrarse, por lo menos hasta el 20 de abril. El portugués ya está aprovechando la ocasión para recordar a sus predecesores eliminaciones pasadas.
Caprichos del calendario la finalísima se disputará el miércoles santo, solo cuatro días después del clásico liguero en el Bernabéu. Y eso sin contar que Madrid y Barça podrían encontrarse también en abril en la Champions. Este año, que resulta que no hay ni Mundial ni Eurocopa, la RFEF eclipsa el acontecimiento situándolo en un mes bastante cargado. Sería recomendable que se plantearan, al menos, si esa fecha es la más conveniente.
El otro interrogante es el escenario. Parece que Mestalla parte con ventaja, tanto por su situación geográfica como por su capacidad. Pero seguro que el asunto se atasca, como siempre. ¿No sería mejor optar por una sede fija como en Inglaterra? A bote pronto se me ocurren La Cartuja o La Peineta. Pero bueno, ese debate lo dejaremos para otro día.
Un clásico vale más de tres puntos
Se acerca el Barcelona-Real Madrid, el clásico, el partido que paraliza un país y parte del extranjero. El choque de todos los siglos, la quintaesencia de las rivalidades, el eterno tema de conversación en cualquier bar o rincón de España. Esos y otros muchos epítetos grandilocuentes recibe un partido que vale como otro cualquiera de Liga. Tres puntos, ni uno más. ¿O me equivoco?
La cuestión es que a pesar de que las reglas son las que son y las matemáticas no fallan una serie de circunstancias están convirtiendo al clásico en eso, en un partido especial, único y en el que ambos equipos se juegan más de tres puntos.
Para empezar porque al ser un enfrentamiento directo -y perdonad la obviedad- el que gana no sólo se lleva los tres puntos a la buchaca sino que le priva de ellos al contrario. Para continuar, el que salga victorioso del Camp Nou el lunes saldrá como líder de Primera. Y por último, porque la historia reciente constata que la igualdad entre Real Madrid y Barcelona y su creciente alejamiento del resto de equipos de Primera División convierten al clásico en un partido decisivo para el devenir del título liguero. Echando la vista atrás dos o tres años, la estadística corrobora lo que estoy diciendo.
En la temporada 2007/08 se dieron dos circunstancias que favorecieron al Real Madrid -que entrenaba Bern Schuster- en este tipo de partidos. En la jornada 17 los blancos lograron vencer en el Camp Nou gracias a un solitario gol de Julio Baptista. En la vuelta en el Santiago Bernabéu el equipo azulgrana tuvo que hacer el pasillo de campeón al eterno rival, que había ganado matemáticamente la Liga en el Reyno de Navarra la jornada anterior. Tras el pasillo, los blancos dieron un baño a los culés por 4-1. Esa goleada, por cierto, fue la última victoria del Real Madrid al Barcelona hasta la fecha.
En la temporada 2008/09 la ida del Camp Nou se saldó con victoria del Barça con goles de Eto’o y Messi. La vuelta tuvo lugar en Madrid en la jornada 34. A cuatro jornadas para el final, el Barça mantenía una ventaja de siete puntos sobre los blancos, que llevaban un sprint de victorias con Juande Ramos para intentar alcanzar a los de Guardiola. Sin embargo, aquel equipo -que acabó proclamándose campeón de todo- ridiculizó al Madrid en su propio estadio con aquel memorable 2-6. La distancia que cogió de 10 puntos y el golpe anímico al Madrid dejaron la Liga sentenciada.
En la temporada pasada, Barcelona y Real Madrid mantuvieron un pulso a golpe de récord. Hasta que llegó el clásico en la jornada 31. El Barça llegaba líder al Bernabéu con 80 puntos mientras que el Real Madrid solo tenía tres menos, 77. Si ganaba el Real Madrid empataba a puntos con el Barça, pero ganaron 0-2 los azulgranas y cogieron una ventaja de seis puntos. Algo casi insalvable pese a que faltaban siete jornadas. Dos jornadas después, en la 33, el Barça empataba en Cornellá ante el Espanyol (0-0) y el Real Madrid ganaba en casa 2-0 contra el Valencia. La diferencia se reducía a un solo punto. En la penúltima jornada el Barça visitaba el Sánchez Pizjuán pero no falló, lo que desvaneció todas las esperanzas del Real Madrid. La goleada al Valladolid en el Camp Nou en la última jornada ponía el broche a un título que se había fraguado en el Bernabéu.
Esa temporada la rotundidad de los datos de Madrid y Barça quebró el campeonato. El Valencia, tercero, acabó a ¡28 puntos! del campeón, el Barça. Algo que nunca había sucedido en la Liga. Este curso, el primer clásico llega en la jornada 13 y el Real Madrid va líder con 32 puntos, uno más que el Barça y ¡8 más! que el Villarreal.
Los dos grandes del fútbol español se han convertido en máquinas de fabricar victorias. Los de Mourinho sólo han dejado escapar en doce jornadas cuatro puntos. El mejor arranque de la historia de la Liga. El Barça sólo ha cedido un empate y una derrota en casa mientras que lejos del Camp Nou cuenta sus visitas por victorias. Sin entrar a valorar goles marcados, encajados, posesión de balón o asistencias está claro que los números de ambos no pueden ser alcanzados por el resto de equipos. Si las diferencias entre ellos y los demás cada vez son más agudas, si una derrota en cualquier otra jornada se convierte en una quimera y si la igualdad entre ambos se va estrechando, los clásicos se convierten -por méritos propios- en los partidos más trascendentales de la temporada.
Si a los fríos datos se le une la presencia en el campo de los dos mejores jugadores del mundo, la vuelta de Mourinho al Camp Nou y como técnico del Real Madrid, la incógnita de la solvencia blanca ante un rival de enjundia, el estreno en un clásico de los nuevos fichajes y la adrenalina que se descarga al vencer al eterno rival hacen que el encuentro del lunes se convierta en uno de los tres mejores eventos futbolísticos del mundo entero.
El invento de los lunes
Faltan dos semanas para el Barcelona-Real Madrid y hasta hace bien poco nadie discutía sobre quién ganará ni sobre quién juega mejor. Todos hablaban de la fecha del partido del siglo (con permiso de los partidos del año pasado, del partido de vuelta y de los que vendrán), previsto para el mismo día que se celebran las elecciones catalanas, el 28 de noviembre. Un mal asunto para la política, dado que el fútbol concentra muchas más miradas hacia sí mismo.
Por esa razón, la discusión era si aplazarlo al lunes para no hacerlo coincidir con los comicios. Esta disyuntiva provocó diversas reacciones, como la de Guardiola, quien dijo que le parecía bien y que jugar en lunes no restaría “glamour ni audiencia al clásico”. Jorge Valdano, sin embargo, consideró el lunes como “indigno para un Barça-Madrid”.
No sólo para ese partido, sino para el fútbol entero. Es evidente que no pasa nada por jugar un lunes, ya que los futbolistas seguirán teniendo dos brazos y dos piernas, e incluso alguno hasta la misma calidad, como dice Guardiola. El problema es que el invento de los lunes es ajeno al propio fútbol.
Forma parte de la tiranía de las televisiones, que imponen sus horarios indiscriminadamente a los de la Liga, que permite partidos en dos días de diario: lunes (de Primera) y viernes (de Segunda). Si lo del lunes es grave, lo del viernes ya no tiene nombre. Al ser días laborables, muchos de los aficionados que tuvieran pensado desplazarse para ver a su equipo no podrán hacerlo.
Por esa misma dictadura de las audiencias televisivas, se produjo aquel conflicto con los Premios Príncipe de Asturias, que hacían imposible mover el partido del Barça de las 18.00 horas a las 20.00 horas, o al domingo.
Pero no importa con tal de hacer dinero de este gran negocio del balompié. Tan enorme en sus beneficios, que hemos llegado a permitir que haya fútbol cada día de la semana, ya que los martes y los miércoles hay Champions League y los jueves Europa League. Ahora se suma el invento de los lunes y los viernes, más el fin de semana.
De esta forma se corre el riesgo de cansar a la gente con un exceso de oferta que resulta agobiante. ¿Es este el modelo que los dirigentes quieren para el fútbol? De momento, esta noche se juega un Sevilla-Valencia. Muy digno, pero muy tarde.









