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¿Quién fue Pepito, el de la ternera? El curioso origen de esos nombres no tan propios

29 ago 2014
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pepito-ternera

Los jubilados de la submeseta norte nunca salen de casa camino a su paseo vespertino sin coger su “marcelino”, esa chamarra de punto grueso y cremallera que puso de moda el venerable sindicalista Marcelino Camacho. La prenda podría haberse llamado “camacho”, si no fuera porque la jerga popular tenía reservado ese sustantivo para definir los lamparones que impregnan en la axila al sudar copiosamente cuando, por ejemplo, la selección que comandas está siendo vapuleada por Paraguay.

Pepito, Katiuska, Rebeca… A continuación, diez curiosas historias de cómo un nombre propio puede llegar a convertirse en sustantivo de uso común.

Hola, don Pepito (de ternera)

Así, de forma tan entrañable, es como el común de los mortales se refiere al bocadillo de filete de ternera. Según un artículo publicado por el cocinero e historiador culinario Teodoro Bardají en 1933 en la revista “Ellas”, el origen hay que buscarlo en el madrileño Café de Fornos. José, o Pepito, uno de los hijos del dueño, harto de fiambre, pidió un día un bocadillo caliente y le hicieron uno de filete. Al poco, clientes y amigos comenzaron a pedir uno “como el de Pepito” y hasta hoy.

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Una americana que en realidad es inglesa: la Príncipe de Gales

Eduardo, Duque de Windsor, Príncipe de Gales y breve Eduardo VIII de Inglaterra (abdicaría para casarse con una americana divorciada) fue un árbitro de estilo a principios del siglo XX. Entre sus muchos logros como trend setter está el haber popularizado su estampado favorito, en tonos grisáceos y con cuadros cruzados, que hoy se llama así en su honor.

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 Un piercing de sangre azul: el Príncipe Alberto

Sin salir de la aristocracia británica, el objeto que nos ocupa es menos refinado: un anillo que atraviesa el glande desde el conducto uretral hasta su base. Se cree que el nombre es invención del americano Doug Malloy, pionero del piercing, que sugirió que esta modalidad la inventó el Príncipe Alberto (marido de la Reina Victoria) para sujetar su considerable aparato cuando llevaba pantalones ajustados.

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Marcelino, la chamarra del sindicalista que se viste por los pies

Por si fuera poco el haber luchado durante el franquismo por los derechos de los trabajadores, al líder sindicalista Marcelino Camacho (1917-2010) le cabe el honor de haber prestado su nombre a un tipo de jersey, de lana basta, con cuello y cierre de cremallera, que en su caso le tejía su esposa Josefina para aliviar los rigores de los inviernos carcelarios. Hoy, una marca catalana ha creado en su honor una línea de “camachos” llamada Marcelinus.

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Los camachos del Míster

Y seguimos con Camacho, en este caso con el que fuera seleccionador del combinado nacional de fútbol, el murciano José Antonio Camacho, que no es precisamente un trend setter pero que gracias a su descuido en el aseo sobaquil acabó dando nombre a esas antiestéticas manchas de sudor que se instalan en la zona de la axila en camisas y camisetas. ¡Menudos camachos luces, pimpollo!

rebeca 

Una Rebeca de entretiempo

La culpa de que llamemos así a esta prenda de punto abotonada la tiene la película Rebeca(1940), de Alfred Hitchcock, en la que la protagonista, Joan Fontaine, las usa con profusión. Curiosamente, su otra denominación más popular también está inspirada en un nombre propio, en este caso masculino: el del militar y noble inglés James Thomas Brudenell, séptimo conde de Cardigan, aficionado a este tipo de indumentaria (y a las cargas suicidas de “su” brigada ligera).

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No diga “botas de agua”, diga Katiuskas

Las botas de agua se han llamado katiuskas de toda la vida; bueno, concretamente desde que en 1931 el maestro Sorózabal estrenara la zarzuela del mismo nombre. La joven del título, la pequeña Katia o Katiuska, usaba unas botas altas que el ingenio popular acabaría bautizando con su exótica denominación.

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¡Ay, Carmela, qué sartén!

Así se conoce en numerosos puntos de España a un modelo de sartén plana y con ondulaciones que lo mismo sirve para tostar pan que para asar pimientos. El nombre se debe al fabricante, Muebles Metálicos Carmen, que, en 1965, decidió llamar así a su flamante invención, creando de paso un nombre genérico para este tipo de utensilio de cocina.

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Los Quevedos (o antiparras)

Con el segundo y más popular de los apellidos del insigne Francisco Gómez de Quevedo y Villegas, luminaria literaria del Siglo de Oro español, han quedado bautizadas un tipo de lentes (de forma circular, con una armadura a propósito para que se sujeten en la nariz; no confundir con las de “concha”) que, según retratos de la época, eran indispensables para el punzante escritor madrileño.

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Un cestillo para salvar a Moisés

La culpa la tuvo el Faraón y el edicto que promulgó con orden del ultimar a todos los bebés del pueblo hebreo. Para salvar del mismo al futuro Profeta, su familia se vio empujada a depositar al recién nacido en un cestillo de mimbre (embadurnado con barro por fuera y brea por dentro a fin de impermeabilizarlo) y soltarlo en el Nilo. En honor del protagonista de aquella fuga llamamos así a la “cesta” con asas donde duermen los bebés en sus primeros meses de vida.

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¡Saquen del baño a María!

El nombre de tan popular método de cocción por inmersión en agua hirviendo se remonta al siglo III y debe su nombre a María La Judía, quien vivió en Alejandría y es considerada la primera alquimista de la historia. Entre los múltiples inventos de esta pionera está el baño que lleva su nombre, aunque suponemos que en vez de para, por ejemplo, sellar compotas de manzana lo utilizaría con ingredientes más siniestros para fines más elevados.

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