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Nueve leyendas urbanas que te contaron en el cole (y te creíste)

01 Sep 2014
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A los propagadores de hoax no se les ajunta.

El patio del colegio es un ecosistema idóneo para la propagación de bulos, piojos y leyendas urbanas: la combinación de curiosidad insaciable, información limitada y tentación por lo prohibido generan un caldo de cultivo en el que la patraña crece y se multiplica como hormigas en un sándwich de Nocilla.

Hablamos de tiempos pretéritos, ancestrales, casi. Hoy, cualquier mocoso tardaría menos de lo que se tarda en decir “Altavista” en comprobar que fumar hebras de plátano no coloca (y es más rápido y eficaz llamar al dealer), que mezclar Baileys con tónica no es letal (a menos que bebas cinco litros del brebaje) o que BIC jamás ha recurrido a esclavos de EGB para sufragar el viaje de fin de curso a cambio de montar sus bolígrafos.

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Una silla de ruedas a cambio de un Kg. de “chivatos”

Ahora que está de moda recopilar tapones para ayudar a niños con enfermedades raras, resulta aún más chocante la extraña promoción de Tabacalera durante los ochenta: donar una silla de ruedas a cambio de un kilo de celofanes de los paquetes de tabaco. En otras palabras, cientos de muertos por cáncer de pulmón para ayudar a desplazarse a un rotito, porque un kilo de chivatos equivale a 2.000 cartones de Ducados.

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Un collar de alcanfor contra el síndrome de colza

Durante los primeros coletazos de la terrible intoxicación por aceite de colza en 1981, la enfermedad se bautizó como “neumonía atípica” y se creía que se contagiaba por el aire. Las madres de la época ingeniaron un remedio para que sus vástagos no contrajeran el síndrome tóxico: colgarles del cuello una bolita de alcanfor. Y así, apestando a armario ropero, miles de chavales del barrio del Pilar lograron salvar sus vidas, según el testimonio de Quique Mantecón, uno de los supervivientes.

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Pinchazo o pellizco

Un clásico del cuento de terror urbano del tardofranquismo, cuando el Vaquilla, el Torete y el Ruso campaban por sus respetos en las lumpenbarriadas de las ciudades españolas. Haciéndose eco del miedo a salir de casa por la noche que se respiraba en sus casas, los chavales hablaban con temor reverencial de una banda de malandros cuyo único objetivo era hacer pupa al personal: “Pinchazo o pellizco”, te espetaban presuntamente los felones. La dolorosa dualidad se resolvía con sendas herramientas: un estilete o unas tenazas, aunque nunca conocimos a una víctima del atropello.

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Tripis en las calcomonías

Esta leyenda urbana se resiste a morir, así que es hora de que lo digamos bien alto: los camellos no regalan drogas a los niños para que se enganchen a la sustancia de mayores. Es una putada, sí, pero no tenemos constancia de narcotraficantes con semejante visión a largo plazo. Impregnar las calcomonías con LSD para que los niños flipen es una idea brillante, aunque más como broma que como plan de negocio.

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Un colocón de hebras de plátanos

Por aparte, no hace falta regalar nada a los párvulos, porque en cuanto junten dos pagas serán ellos mismos los que acudan al camello de guardia a comprar sus psicotrópicos. Entre tanto, inventarán todo tipo de colocones alternativos y gratuitos, ya sea hiperventilación, enloquecidos giros sufíes o, por qué no, secar las hebras del plátano y fumarlas como si fueran doble cero recién traído del moro. El globo no es mucho mayor que fumarse un porro de Avecrem, pero al menos te has comido un puñado de plátanos, que son muy ricos en potasio.

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La marcha del millón de bolis BIC

Para sufragarse el viaje de fin de curso, los de 8º tenían tres opciones básicas: montar una fiesta benéfica, vender papeletas o, la más lucrativa, montar un millón de bolis BIC a cambio de un millón de pesetas. Imagina por un momento la escena: cuatro camiones de BIC llegando al patio del colegio, cada uno de ellos cargado de un millón de minas, caperuzas, canutos y tapas de BIC naranja y BIC cristal; decenas de niños acarreando bolsas a los respectivos coches de sus padres, aparcados en la puerta; cientos de familiares montando bolígrafos durante meses en un régimen de semiesclavitud; la pesadilla logística de BIC para recuperar los bolis montados… Sólo podía ser una leyenda urbana de trazo fino, como nos confirmó una amable portavoz del fabricante francés.

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El “código secreto” de los ladrones

Hagamos zoom ahora sobre uno de esos padres que esperan con el Seat Ritmo para llevar a casa una saca de bolígrafos deconstruidos. Si te fijas en la guantera podrás ver un papel fotocopiado con un extraño código, una escritura arcana, cuneiforme, tal vez egipcia o mesopotámica. La única inscripción legible –en alfabeto latino- reza “Si ves esta marcas en la entrada de tu casa es que los ladrones te están vigilando: mujer sola, pareja con niños, ¡hay perro!, piso vacío los fines de semana…” La fotocopia circuló inusitadamente, como viral preinternáutico, hasta que alguien descubrió que las sospechosas señales que se hacían los cacos –inusualmente solidarios entre sí- eran, en realidad, las pegatinas que dejan los repartidores de publicidad (“cartero comercial, ¿me abre?”) para marcar los portales ya infestados de panfletos del Día.

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Un Baileys con tónica en las rocas

Todo el mundo sabe que cuando mezclas Baileys con tónica el resultado galvaniza en tu estómago, formando un grumo indigerible que bloquea el sistema digestivo, provocando el colapso de todo el organismo en cuestión de minutos. Para desmentir esta leyenda urbana no hemos tenido más remedio que hacer la prueba: tres cubatas de Baileys con tónica por cabeza. Repugnante, mas no letal.

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Bañarte con la tomatina

En ocasiones, las leyendas urbanas circunscriben su caldo de cultivo a un solo área, en este caso el baño de las chicas o los colegios femeninos: “Si te bañabas con la regla te desangrabas”, me cuenta G. Mutxi, víctima crédula de la patraña durante su prepubertad. Por suerte, sobrevivió lo suficiente para recibir la buena nueva de Támpax: “No pasa nada, NADA”.

Con la información de Old Strambotic, BIC Cristal y supervivientes de la década.

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