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Del Tulicrem al Frigurón: Diez productos que deberían volver

04 Oct 2014
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Iñaki Berazaluce

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Tulicrem, Frigurón, Petit Suisse, los chicles Boomer o el palulú son algunos de los alimentos de nuestra infancia que deberían volver, como reivindicamos varios matusas a las órdenes del Comidista: el inconmensurable Ángel Sanchidrián de Sinopsis de Cine; los perpetradores de Yo fui a EGB y yo mismo con mi organismo. Sin más dilación,  Diez productos que deberían volver (defecando productos lácteos):

“¡Que vuelva la Pepsi Crystal!” es un grito que difícilmente desatará una revolución. Como tantos productos fallidos que las marcas han lanzado a través de los tiempos, la Pepsi con pinta de gaseosa pasó sin pena ni gloria por un mercado español no demasiado receptivo a esta clase de marranadas dulzonas que ni siquiera parecían lo que eran. Por el contrario, unos pocos productos borrados de la faz de nuestros supermercados siguen causando suspiros de nostalgia entre sus fanses, y quizá haya llegado la hora de exigir su retorno.

Algunas de estas maravillas perdidas las fabricaban empresas que se hundieron. Otras no terminaron de ser rentables por no gustar a un público masivo, y otras superaban en calidad a sus competidores pero no aguantaron el combate comercial. Todas tienen su culto, sobre todo entre los que eran niños o adolescentes cuando existían y ahora, de adultos, sienten un doloroso mono por su ausencia.

Para seleccionar las desapariciones más injustas, el equipo de investigaciones profundas de El Comidista, formado por Mònica Escudero et moi, ha reclutado a cuatro expertos en la búsqueda y el análisis de joyas de la cultura popular: Iñaki Berazaluce, de mi favoritísimo blog Strambotic; Javier Ikaz y Jorge Díaz, autores del blog y el libro-exitazo Yo también fui a EGB, y Ángel Sanchidrián, héroe de las inconmensurables Sinopsis de Cine en Facebook y también en libro. Ellos son los que le dan la calidad a la película, y nosotros completamos con nuestras particulares obsesiones en forma de magdalena perdida o refresco extinto.
TULICREM

Hija marrón y dulzona del Tulipán y prima tercermundista de la Nocilla y la Nutella, Tulicrem arrasó entre los niños del pasado por su alto contenido en grasa y por usar reclamos como los personajes de Mortadelo y Filemón. “Leche, cacao, avellanas y azúcar… Nocilla. Semejante combinación no era del agrado de las madres conscientes, esa generación educada con los Consejos Nutrexpa, que necesitaban de una coartada para que sus retoños se hincharan de pan con chocolate”, explica Iñaki Berazaluce. “Tulipán vino a satisfacer esta demanda latente con Tulicrem, una suerte de margarina impregnada en Cola Cao y con textura de sobrasada. Cuando mi madre se enteró de que Tulipán, la nave nodriza, discontinuaba la fabricación de la pócima, compró un palé en el Pryca para garantizarnos a los cinco hermanos el suministro hasta la mayoría de edad”.

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Esto era packaging. / TODOCOLECCIÓN

“Cuando todos nos habíamos enganchado al sabor de esta crema de chocolate aceitosa que nuestras madres compraban por ser la más barata, va y desaparece del supermercado de un día para otro y sin avisar” recuerda Jorge Díaz. “Hay quien todavía lo sigue buscando desesperadamente: a mí me trajeron uno de Portugal (dónde se sigue vendiendo) pero no sabe igual. ¡Que vuelva el Tulicrem original ya!”.

DUPIS

El Dupis era “el hermano grasiento y deforme del donut”, como bien lo define Ángel Sanchidrián. Sin embargo, este invento de Bimbo no tuvo fortuna a la hora de competir con el superbollo frito de Panrico, a pesar de su bajo precio. “No tenía azúcar por encima y era tan blandito que no tenía ni forma redonda, te venían en la caja aplastados. Pero aun así no había placer mayor que coger un dupis y mojarlo en el nesquik (o colacao, según el bando al que pertenecieras) metiendo todos los dedos hasta los nudillos. Y qué bien absorbía la leche el dupis, qué festival del chorreo”.

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Imagina lo que hacía el hombre mono con los Dupis. / TODO COLECCIÓN / LA GULATECA

MAGADALENAS ORTIZ

Cuando desaparecieron las magdalenas Ortiz -mis favoritas en la infancia- y se mantuvieron las de La Bella Easo -las que más odiaba- aprendí que el mundo era un lugar intrínsecamente injusto, y puede que incluso dejara de creer en Dios en ese momento. Todavía hoy me pregunto el por qué de semejante cataclismo, que nos privó de la mejor magdalena industrial de todos los tiempos: jugosa, con un índice de consistencia al mojarla en leche perfecto y el retrogusto químico más delicioso que este zampabollos haya conocido jamás. Como es lógico, también me fascinaban los Gitanitos Ortiz, pastelito a medio camino entre el Phoskito y el Bony cuyo nombre pelín racista sería inviable en la actualidad que al parecer se sigue vendiendo en algunos rincones del planeta.

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El gitanito y su simpática hermana paya. / FOTOLOG

FRIGURÓN

¿Por qué el Frigurón era azul y sabía a piña? Iñaki Berazaluce descifra el misterio: “El amarillo está pillado por el limón y el naranja por la naranja, así que al sabor a piña le tocó el color azul en la ruleta cromática de los sabores. Los sugus de piña tenían envoltura azul, de modo que el Frigurón estaba condenado a saber a piña (el color precede al sabor en el diseño del polo)”. Este producto nacido en los ochenta no tuvo la suerte que merecía, quizá eclipsado por otras superstars de la misma marca. “¿Qué hacía semejante paquete en la alineación de Frigo del 82, el dream team de la marca? Flanqueado por los legendarios Drácula y Frigopié, el Frigurón era el Prosinecki del equipo, un loser, un wannabe”.

“Cuando nos daban la paga corríamos a la tienda a que no se agotara nuestro helado favorito”, añade Javier Ikaz. “Yo siempre cogía el Frigurón. Era como un flash enorme de piña. ¿Hay algo más refrescante? Siempre he sido más de hielo que de crema”. Cual plato de El Bulli, el Frigurón había que comerlo siguiendo un ritual específico. “Su gracia”, asegura Berazaluce, “consistía en absorber de una chupada todo el colorante azul del helado y comerte luego el hielo transparente, que era lo mejor del combo”.

PETIT SUISSE

El Petit Suisse es en realidad un tipo de queso fresco de Normandía, pero Danone se apropió de la denominación y, para deleite de todos los niños de los ochenta, comenzó a fabricarlo de manera industrial. Este memorable producto fue la merienda favorita de la infancia de Mònica Escudero: “Me gustaban con trocitos de plátanos y fresa por encima, untados en una galleta María o poniendo dos en un vaso con dos cucharadas de azúcar moreno –en los ochenta, sí, mi abuelo era vegetariano y en casa tomábamos cosas que mis amigos de la época consideraban ‘muy raras’–, removiendo lo mínimo para seguir notando la textura crunchi-crunchi del azúcar”.

“El tío que inventó el Petit Suisse era un puto genio”, confirma Iñaki Berazaluce. “Vender minitarrinas a precio de yogur mediano supone multiplicar por cuatro el precio del producto, una estrategia de packaging que más tarde emularon Mini Babibel y Actimel. Los Petit Suisse de sabores eran contingentes, con la apurada excepción del de fresa, pero el natural SIN AZÚCAR era necesario”. Esta maravilla desapareció al transformarse el Petit Suisse en Danonino, una de esas bombas de azúcar con las que madres y padres contemporáneos engordan a sus crías. “Supongo que le cambiaron el nombre porque de queso le queda más bien poco. Ahora mismo lo usaría como base para salsas, como cobertura para pasteles y me lo seguiría comiendo con fruta, que estaba buenísimo”.

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Caducan en 2009. / FOTOLOG

FANTA DE MANZANA

“Hubo una época, muy añorada por Iban Yarza, en la que en las fiestas infantiles se tomaban ganchitos, medias noches con Nocilla, bocatas de pan Bimbo con paté la Piara y aceitunas rellenas de anchoa”, cuenta Mònica. “No existía Pinterest, los cupcakes, Zombies VS Plants ni la Fanta light, y si mal no recuerdo las vida tampoco nos iba tan mal (a pesar de la colonia Chispas, que apestaba rollo radiactivo). En una de estas celebraciones descubrí la Fanta manzana sin gas, y las dos o tres veces que la probé en mi vida se han quedado grabadas a fuego en mi memoria. Como el anuncio de la misma, que no he sido capaz de encontrar en YouTube pero que aún puedo cantar de memoria (procedo): ‘Sin gaaaas, sin gaaaas, ¡ya puedes beber, Fanta sin gaaaas! Fanta naranjaaaaa, Fanta limoooón, y ahora ademaaaás, Fanta Manzaaaana, ¡también sin gas!¡Sin, sin, siiiin! Los tres sabooores, en dos tamaaaños, y en teeetra brick, sin gaaaas, sin gaaaas, ¡ya puedes beber, Fanta sin gaaaas!’.

“Poco después”, prosigue embalada, “Trina sacó una versión gasificada de sus bebidas, que si mal no recuerdo tampoco se comió un torrado, mientras que las versiones originales de ambas gozan de buena salud comercial en la actualidad. Moraleja: Si no está estropeado, no lo arregles”. De forma muy poco usual en ella, Mònica combinaría este extinguido refresco con un poquitín de alcohol. “Si ahora cayera una en mis manos me la tomaría con un chorrito de vodka, mucho hielo y el zumo de media lima”.

PAPADELTA NARANJA

Los Papadelta son un aperitivo de patata nacido allá por 1988 y elaborado por la marca española Grefusa, también responsable de las pipas El Piponazo o los maíces MisterCorn. Siguen existiendo, pero la versión que más le gustaba a Ángel Sanchidrián, la naranja, se han dejado de fabricar. “Hace ya más de 20 años que en el recreo del instituto compraba a media mañana un bocata y por 15 pesetas una bolsa de Papadelta naranja. Eran como el primer morreo de COU, una delicia de ponerte los ojos blancos. Si alguien me pedía un trozo de bocadillo le daba un bocao, pero los papadelta eran solo míos, to pa mí”.

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De los naranja no hay foto. / GREFUSA

 

DRAKIS DENTADURA

Un caso claro de producto que deriva en otro por oscuros motivos comerciales y acaba perdiendo su identidad. Los Drakis fascinaron a los niños por su condición de comida-juguete y su inconfundible sabor a chuchería industrial bien parida, pero cuando se transformaron primero en Pandilla Drakis y, luego, en Cheetos Pandilla, la magia se esfumó. “Con su sabor a queso y beicon (solo te faltaban un par de huevos para ir cenado), los primeros Drakis tenían forma de dentadura y era inevitable ponértelos de dientes antes de comértelos”, dice Jorge Díaz. “¡Qué ganas de volver a pegarles un bocado!”.

Dientes, dientes. / YOUTUBE

YOP

Yoplait fue la marca que apostó con más decisión por el yogur líquido en los ochenta, cuando esta clase de extravagancias no era muy común y la mayoría de los consumidores no se salían del natural, el de fresa y el de limón. Sin embargo, no contó con el favor del público, si exceptuamos a un reducido sector de heroinómanos que lo abrazaron con entusiasmo por ser barato y digerible incluso bajo el efecto de los opiáceos. Yop desapareció, y sin estar en la droga ni nada de eso, algunos lo echamos de menos por haber sido el producto perfecto para pegarle un lingotazo cuando llegabas a casa un tanto borrashio, no te daba la cabeza para cocinar nada y necesitabas algo que estabilizara tu estómago maltratado por el alcohol.

Let’s get physical con Yop. / YOUTUBE

TAB

Sólo personas que han vivido muy al límite se atreven a reivindicar una bebida como el Tab, e Iñaki Berazaluce es una de ellas. “En las fresqueras de los bares ochenteros, junto a la tónica Kas y las mirindas de naranja y de limón, habitaba el único refresco del mundo que no sólo no engordaba… ¡sino que adelgazaba! Estamos hablando de Tab, por supuesto, una coca-cola un tanto flojeras creada por y para las mujeres, como insistían sus anuncios”. El producto fue lanzado por la propia Coca-Cola en los sesenta en Estados Unidos, llegó a España dos décadas más tarde, y desapareció en la noche de los tiempos [salvo en algunos lugares del sur del país, donde se sigue vendiendo]. “El día que apareció la Coca-Cola Light”, explica Berazaluce, “Tab duró lo que dura un ultramarinos cuando abren un Día en el barrio”.

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Sin azúcar, sin cafeína, sin fuste. / ME CUIDO MUCHO

PALULÚ

“Palulú” es una de las muchas denominaciones que recibe el regaliz de palo, un ¿alimento? que, naturalmente, sigue existiendo, pero que ya no encontramos en las tiendas de chucherías como en el pasado. La explicación de su éxito -y quizá también de caída en desgracia- nos la da Ángel Sanchidrián: “El palulú era un asco, un cacho de árbol, una rama amarga que chupábamos como monos en la sobremesa. Pero algo tenía que enganchaba. No sé si sería la pose de vaquero del oeste cuando lo sostenías entre tus labios, o que nos comíamos cualquier porquería que nos vendiera la señora de la tienda de chuches, pero aquella ramita tenía un sabor único que no se parecía a ningún otro”.

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Lo peor eran las fibras babeadas. / GSM SPAIN

CHICLES BOOMER

“Era impensable el bolsillo de un niño sin chicles y, quitando los de las series televisivas de moda, estaban los Boomer con sabores a cada cual más delirante. ¡Hasta de natillas! Las posibilidades se multiplicaban por mil en la tienda”, recuerda Javier Ikaz. En efecto, empeñada en causar caries a todos los niños de España, esta marca no sólo facturaba chicles gigantescos, sino que los impregnaba de sabores loquísimos como la clementina, la sandía, el coco o el melocotón. A pesar de su éxito se esfumaron del mercado hace unos años, sin que a día de hoy se conozca el paradero del superhombre elástico que los anunciaba.

Publicado originalmente en El Comidista.

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