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Diez muertes indignas que te convertirán en el hazmerreír del cementerio (incluida la muerte por kiki)

18 Nov 2014
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En cien años, todos calvos, decía la compañera de piso de Sarah Connor en Terminator. Y es cierto: por muchos problemas, embarazos o miedos que tengamos, en el sepulcro encontraremos el merecido descanso. Sin embargo, en algunos pocos casos la muerte resulta tan indigna y ridícula que acompañará al interfecto para siempre.

A continuación, diez casos en los que las víctimas tuvieron un final digno de una comedia bufa.

1. Muerte por kiki

Una de las escenas cumbre de Futurama es la amenaza que sufre Fry de morir por kiki en un planeta de Amazonas cachondas. Fry se horroriza, pero luego se pone contento, y luego se vuelve a horrorizar, y se pone contento… porque lo único malo de morir por kiki es que te mueres.

Como el caso de Sergey Tuganov (1981-2009), que apostó 4.300 dólares con dos mujeres a que podía tener sexo con ellas durante doce horas ininterrumpidamente. Ganó, pero su victoria fue pírrica porque murió de resultas de la ingesta de un bote de Viagra. Una de las mujeres, Alina, comentó: “Llamamos a los servicios de emergencia, pero era demasiado tarde, no pudieron hacer nada”.

2. Videojuego cardíaco

La adicción a los videojuegos puede alcanzar niveles patológicos. Videojuegos como World of Warcraft están provocando, incluso, que mafias chinas condenen a jugar día y noche a niños para que obtengan monedas de oro virtuales que más tarde se venderán por dinero real a jugadores con posibles. Tampoco podemos olvidar el tour de force de los protagonistas de South Park para vencer al campeón de WOW.

Pero eso no es nada frente al caso de Lee Seung Seop (1977-2005), un surcoreano adicto a Starcraft. Tanto es así que sufrió un paro cardíaco de resultas de pasar casi cincuenta horas jugando ininterrumpidamente en un cibercafé.

3. A lo James Bond

Franz Reichelt (1879-1912) era un sastre austríaco con ínfulas de James Bond. Solo así se explica que inventara un abrigo paracaídas siguiendo los diseños de Leonardo da Vinci.

El problema es que probó su invento con él mismo. Saltó desde el primer piso de la Torre Eiffel, por entonces la estructura más alta del mundo, y se espachurró como un personaje de dibujos animados. Para su vergüenza y escarnio, además, su salto triunfal del 4 de febrero de 1912 quedó registrado en vídeo.

4. Gatorade mortal

George Allen (1918-1990) murió a causa del Gatorade. Ni siquiera murió por tomárselo. La palmó porque le tiraron varios litros de Gatorade helado por encima, lo que, horas más tarde, le propició una fibrilación ventricular en su casa en Palos Verdes, California. Como es ya tradición, los jugadores del equipo de Long Beach State le habían vaciado encima un balde lleno de Gatorade al final de la victoria de final de temporada sobre el equipo de Nevada en Las Vegas, el 17 de noviembre de 1990.

5. Ácida crítica política

El actor Dick Shawn (1923-1987) era muy crítico contra los políticos, pero sus espectadores llegaron a pensar que se estaba pasando de la raya. Lo que ocurrió es que, el 17 de abril de 1987, mientras interpretaba a un político en su obra, declaró: “si salgo electo, no dejaré el trabajo”.

Acto seguido, cayó cuan largo era sobre el escenario. El público creyó que todo formaba parte del espectáculo. Sin embargo, después de varios minutos, un espectador se subió al escenario, tomó el pulso a Shawn y solicitó si había algún doctor en la sala. El público todavía creyó que todo era parte del espectáculo.

6. El tonto traspiés

Resbalarse y caer frente a un auditorio debe de ser uno de los momentos más embarazosos de la vida. De hecho, ha acabado siendo uno de los recursos más populares de la comedia slapstick. El pionero probablemente fue Humayun (1508-1546), segundo emperador de los mogoles, que se le enredó el pie en la túnica, y se precipitó por las escaleras de su biblioteca, golpeándose mortalmente contra una roca.

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Al menos, su tumba, situada en Delhi, está considerada desde 1993 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

7. Morderse la lengua

Dicen que hay personas tan viperinas que si se muerden la lengua, morirían. Ignoramos si es el caso de Allan Pinkerton. El caso es que este detective, fundador en 1850 de la agencia Pinkerton Detective Agency, estaba tan tranquilo cabalgando un día de 1884 que, entre el traqueteo del galope, se mordió la lengua. Contrajo gangrena y murió. El logotipo de su agencia, un ojo abierto con el logo We Never Sleep (nosotros nunca dormimos) se convirtió en el origen de la conocida expresión inglesa private eye, detective privado.

8. Autodecapitación

Todos huiríamos despavoridos del típico serial killer enarbolando una sierra mecánica. Es justo lo que debería haber hecho un campesino polaco, Krystof Azninski, pero de él mismo. Tras ponerse tibio con los amigos, fueron cometiendo actos cada vez más atrevidos para demostrar su hombría.

Lo típico: que si nos golpeamos con carámbanos en la cabeza, que si nos cortamos un dedo del pie… hasta que Azninski quiso impresionar a sus amigos, que siempre habían dudado de su masculinidad, de una forma perfectamente elocuente: tomó su sierra mecánica y se cortó su propia cabeza. “Es gracioso”, dijo un compañero, “cuando era joven se puso la ropa interior de su hermana. Pero murió como un hombre.”

9. Haciendo el amor con una gallina

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No podemos dejarnos en el tintero uno de los personajes paradigmáticos de la zoofilia internacional. El de un español de 39 años que, mientras estaba zumbándose alegremente a una gallina, murió aplastado (él y la gallina) por una enorme roca.

10. Pégame hasta que te canses

Este último casi no terminó en muerte, pero podría haberlo hecho… al menos la escena debió de ser graciosa ¿Os acordáis de esa escena de Aterriza como puedas en la que un mujer pierde los nervios y una serie de pasajeros armados con toda clase de objetos hacen cola para “calmarla”? Algo similar ocurrió con un científico que quería probar la eficacia de la anestesia espinal.

A finales del siglo XIX, el doctor Hildebrandt le solicitó a su colega que le pegara con todo lo que tuviera a mano, y así lo hizo, tal y como explica Ian Crafton en Historia de la ciencia sin los trozos aburridos:

“Permitiendo que lo quemara, le acuchillara el muslo, le oprimiera los testículos y le golpeara las espinillas con un martillo; de este modo demostró sin lugar a dudas que no podía sentir nada de cintura para abajo.”

 

Sergio Parra escribe en un huevo de sitios y es autor de ‘300 lugares de verdad que parecen de mentira‘.

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