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El órgano gritón: probablemente el instrumento musical más loco de todos los tiempos

20 Ene 2015
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Oh, la música. En la música vale todo. Desde la épica obertura de Also sprach Zarathustra (la de 2001 Una odisea en el espacio) hasta El baile del pañuelo de Leonardo Dantés. Eso incluye el uso de cualquier instrumento que suene bien: desde el raca-raca de un cubierto acariciando una botella de vidrio hasta la hiperbólica, casi daliniana, guitarra Pikasso, creada por Pat Metheny y Linda Manzer en 1984, y que tiene múltiples cuellos, 42 cuerdas y dos bocas huecas. Podéis verla en acción aquí.

Pero si he de escoger el instrumento musical más loco, sin duda me quedo con el tunneo del órgano Hammond, en realidad un sintetizador que produce los sonidos a partir de un motor eléctrico sincrónico conectado a una serie de ruedas de tono, que se cascó Ernesto Hill Olvera, un organista de Guadalajara (México).

Nacido en 1939 y ciego desde la infancia, Hill Olvera manipuló los circuitos internos de un órgano Hammond para extraerle las vocales. A, e, i, o, u. Si tenéis uno y queréis hacerlo vosotros mismos, aquí tenéis las instrucciones.

Entonces, Hil Olvera se empezó a ganar la vida tocando en restaurantes, anunciando el nombre del cliente que se proponía entrar en el local. El Hammond vocalizaba tu nombre con una voz arenosa, fantasmagórica. Más tarde perfeccionó la técnica a fin de lograr articular frases completas. Así Granada… tierra soñada por ti parecía interpretada  por el espíritu recién invocado de un robot. O escuchad este Bésame mucho:

En la misma línea, Pitt Drake, en la década de los sesenta, tocaba una style guitar modificada por él mismo que podía articular una especie de voz solista, y con ella interpretaba temas como el de Unchain melody.

El theremin: se toca sin tocarlo

Pero el órgano humanizado de Hill Olvera no es el único instrumento musical que parece haber salido de otro planeta. Si hay un instrumento que parece extraterrestre, como venusiano, éste es el theremin: el único instrumento musical que se toca sin tocarlo.

En esencia, el theremin consiste en una caja de madera de la que salen dos antenas, como la imagen iconográfica de una televisión antigua, y una antena sirve para controlar el volumen y la otra, las notas. Estas antenas desprenden unas ondas electromagnéticas y un sonido constante que fluctúa según aproximes o alejes las manos de ellas.

El theremin emite un sonido de pájaro beodo, y se empleaba años ha para musicalizar largometrajes de ciencia ficción de serie B. Pero no importaba lo ridículo que podía sonar. Los seguidores de la música rara se congratulaban al escuchar versiones como la de It´s wonderful, interpretada por Samuel Hoffman, que introdujo el theremin en una orquesta de jazz, aunque en realidad la pieza pareciese tocada en el fondo del mar.

Y siguiendo con instrumentos que aparentemente chirrían en una orquesta de jazz, no podía faltar en nuestra colección los álbumes de jazz que contasen con un arpa en su orquesta; de hecho, sólo había dos ejemplos reseñables de esta extravagancia: Dorothy Ashby, de principios de los sesenta, y Harpo Marx (sin duda, la parte más aburrida de cualquier película de los Hermanos Marx era cuando Harpo rasgaba su arpa).

En el otro espectro acústico, grupos de blues liderados por una gaita, cuyo máximo exponente era Ruffus Harley, un negro que vestía traje escocés.

Instrumentos que son cosas cotidianas

Lo más raro, a veces, es lo más cotidiano, lo extrañamente habitual, si se permite el oxímoron. Es decir, usar instrumentos que no son musicales, objetos del día a día al que los más hábiles le extraen un arpegio. En los postulados de esta filosofía, Dean Elliott, un director de Big Band que estaba loco, estaba en su salsa.

Elliott grabó un único disco en los sesenta, preñado de efectos de percusión. Por ejemplo, construyó una canción a base de variopintas grabaciones de pelotas de ping pong. Registraba aquellos ruidos en primitivos magnetoscopios, los reproducía en directo, regrababa secuencias al igual que un artesano de lo acústico.

Los científicos sonoros de la Warner Bros (con los que colaboró sonorizando dibujos animados) le proporcionaban materia prima para tocar temas como uno en el que toda la estructura musical se mantiene sobre los efectos sonoros que se encuentran en el interior de un coche: frenazo, claxon, motor acelerando, conductor expectorando. Todo orquestado, siguiendo idéntico tempo, para prescindir de la mayoría de instrumentos tradicionales.

Voces mutantes

Dicen que el instrumento musical del mundo, el que suscita emociones más profundas, es la voz. Pero algunos intérpretes han perseguido la cacofonía deliberada, el sonido estridente, la falta de afinación como signo de la casa. En definitiva, voces que han sido plegadas a los principios de los instrumentos más extravagantes del panorama musical.

El estadounidense de origen ruso Tim Storm, en el primer minuto de su canción Amazing Grace, logra interpretar la nota musical más grave más escuchada, una nota por debajo de la nota más baja que puede producir un piano. Como si fuera un personaje maligno de opereta. Aunque no lo parezca, su disco está reproducido a las revoluciones correctas. Da miedo. Y risa.

En el otro extremo encontramos a Yma Sumac, una intérprete folclórica peruana con un espectro de voz que abarcaba entre cuatro o cinco octavas, como el teclado de un piano. Podría resquebrajar un tímpano si se lo propusiera. Un subido diapasón por antonomasia.

Pero el feísmo estético por antonomasia: Elva Miller. En los sesenta, un director de la Capitol Records contrató a una simple ama de casa sin ninguna experiencia en la música. De hecho, sus habilidades canoras no podrían ser más ridículas: desafinaba, hacía gorgoritos, perdía el tono y el ritmo.

Pero, con ella, pretendían que se identificara todo aquél que no cantara profesionalmente. Así que la rodearon de fabulosas orquestas de jazz, y, aunque Miller no atinara al entonar sus canciones y los músicos que la acompañaban no dieran crédito ante aquel esperpento, acabó vendiendo discos a cascoporro. Y nosotros que nos alegramos.

Con información de: Antena3, Singenio, Hammondx66.

Sergio Parra escribe en un huevo de sitios y es autor de ‘300 lugares de verdad que parecen de mentira‘.

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