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Cuando la elegancia era delito y los pobres acababan en la horca por vestir como señores

23 Oct 2015
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Rajoy ya lo ha explicado y debería quedar bien clarito: “Un vaso es un vaso y un plato es un plato”. Siguiendo la misma lógica que nos enseña el insigne filósofo y presidente, ricachones y pobres son lo que son.

Por si la clasificación no queda absolutamente clara, y ante la ausencia de una mente preclara como la de Rajoy, en la Edad Media tenían que recurrir a la legislación para que el asunto de la diferencia de clases no diera lugar a duda alguna.

Las llamadas leyes suntuarias fueron utilizadas para poner a cada uno en su sitio y que las distinciones quedaran claramente delimitadas. Así, la ropa, la comida y, en definitiva, los hábitos de vida de cada individuo estaban restringidas por ley en función de la clase social a la que perteneciese.

En pleno siglo XXI, esta legislación suena cruel e injusta, pero en realidad tenía un objetivo: evitar que la población gastase más de lo que tenía. En definitiva, se trataba de una forma más de control del pueblo.

burguesia

Así, para impedir que la gente se endeudase con tal de aparentar, las normas eran claras y el castigo, duro: el incumplimiento de las leyes suntuarias podía pagarse con una dura multa, con la pérdida de propiedades o títulos nobiliarios o incluso con la muerte.

Las indicaciones de esta peculiar normativa solían ser extremadamente precisas. Para empezar, los contrastes llegaban al ridículo: solo los reyes podían vestir con piel de armiño (así ningún noble pedía dinero prestado para parecerse a los monarcas) y los sirvientes llegaron a tener prohibido calzarse zapatos puntiagudos.

El origen de estas leyes se hunde en la antigua Grecia y llegaron a la Inglaterra medieval a finales del siglo XIII. Fue en las islas británicas, bajo el reinado de Isabel I, cuando las leyes suntuarias alcanzaron su punto álgido.

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Para evitar que los jóvenes gastaran sus herencias en aparentar pertenecer a una clase social superior, la monarca británica estableció, entre otras cosas, que solo las esposas de los barones, los caballeros de alguna orden o las doncellas de la corte pudieran llevar terciopelo, satén o bordados en oro y plata en sus vestimentas.

También había que cuidar la alimentación y no por motivos de salud sino, nuevamente, por no pasarse de la esperpéntica raya de la distinción social: otra ley inglesa estipulaba que los cardenales podían comer hasta nueve platos durante una comida, mientras que la nobleza solo podía disfrutar de siete. Obviamente, la norma había sido redactada por uno de los príncipes de la Iglesia, que fue poco sutil a la hora de ponerse por encima de duques y condes.

Las leyes suntuarias no solo se prolongaron en el tiempo, sino que dieron el salto a las colonias americanas. Una norma de mediados del siglo XVII en Massachusetts limitaba el uso de encajes de oro y plata a las personas cuyos bienes superaran las 200 libras.

Los siglos fueron pasando y, teóricamente, la separación de clases a golpe de ley fue diluyéndose. No obstante, sin ir más lejos, los tribunales estadounidenses defienden que las empresas tengan un código de vestimenta para sus empleados. No vaya a ser que a los de la clase trabajadora se les olvide que un vaso es un vaso y un plato es un plato.

Con información de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, Mental Floss,  Constitution Society, English History y El diario de Ana Bolena.

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