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‘Sayonara, baby’: El 90% de los ‘kamikazes’ fracasaba en su objetivo

07 Jun 2016
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Jaime Noguera

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Cuando pensamos en los kamikaze japoneses solemos imaginarnos a un montón de fanáticos con la cara del Fary después de haberse comido un limón deseando empotrarse alegremente en sus aviones contra el primer barco americano que pillen al grito de ¡Banzai! Nada más alejado de la realidad. La publicación nipona Mainichi Shinbu reveló recientemente una nueva serie de sorprendentes datos  sobre este triste episodio bélico en un profundo estudio titulado “Los números cuentan una historia. Una visión de la Guerra en el Pacífico a través de los datos“. En este se rompen algunas ideas preconcebidas sobre los tokkōtai al tiempo que se deja a los líderes militares japoneses de la época a la altura del betún.

Los kamikaze no eran tan fieros como los pintan, fueron usados vilmente por la propaganda americana, no iban a inmolarse dando palmas de alegría y encima fallaban más que una escopeta de feria.

El término “kamikaze” se aplica sin mucho tino en todo el planeta a cualquier ataque suicida sin importar el métido utilizado (avión, Hyundai Coupé con vodka, cinturón de explosivos, etc), la procedencia del atacante ni las motivaciones del mismo. Pocos saben que es una palabra (“viento divino”) utilizada originalmente por los traductores estadounidenses para referirse a las acciones realizadas por una unidad concreta de la Armada Imperial Japonesa en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial contra buques aliados. De hecho, en el país del sol naciente se prefiere el término Shinpū tokubetsu kōgeki tai (神風特別攻撃隊 , Unidad Especial de Ataque Shinpū) o su abreviación tokkōtai (特攻隊). Los samurais del aire han creado toda una mitología a su alrededor que ha servido para idealizarlos, aunque esta visión marmorea se resquebraja a partir de la publicación del estudio de Mainichi Shinbu en 2014.

Voluntarios (pero a la fuerza)

Según reveló en 2014 el informe que analiza en inglés The Fair Jilt, la mayor parte de los inmolados en ataques tokkōtai no quería participar en ellos.

Saburo Sakai, piloto responsable del derribo de 64 aviones aliados recordaba antes de su muerte en el año 2000 que la adopción de este tipo de estrategia de hecho hundió la moral de los aviadores nipones.

“Incluso si tienes solo un 10 por ciento de posibilidades de volver (de una misión), cualquiera hará todo lo posible por conseguirlo. Los chicos de arriba (altos mandos) aseguran que subió la moral. Eso es simplemente falso.”

En su libro Blossoms in the Wind, M.G Sheftal describe parte de la presión a la que estaban sometidos los pilotos para presentarse voluntarios a los ataques suicida, simplemente dibujando un círculo sobre su nombre en una lista.

“Los periódicos decían que si los americanos desembarcaban, todos iban a ser esclavos, sus mujeres iban a ser violadas y todos los hombres asesinados. El pueblo japonés era alimentado con todo tipo de escenarios de pesadilla que dejaban muy claro lo necesario de parar a los aliados a toda costa”

Así que de suicidas fanáticos, nada,  chavales con una media de edad de 22 años (el kamikaze más joven tenía 17) a los que se les lavaba el cerebro con propaganda y concentrado de miedo. Prueba de ello es un abracadabrante epígrafe del artículo de Mainichu Shinbu. Un testigo de los ataques declaró que se mantenía el  contacto con los aviones durante toda la misión, gracias a lo que desde las estaciones de control se podían recibir las conversaciones de los pilotos, incluyendo sus últimas palabras:Malditos gilipollas de la Marina, mamá o el nombre de sus novias o  inminentes viudas. Muy pocos de ellos se empotraban contra el acero americano al grito de ¡tenno heika banzai! ( 天皇陛下万歳 : “¡Larga vida al Emperador!”).

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La manipulación de la propaganda japonesa

Además del uso del miedo, el enaltecimiento de los ataques tokkōtai  en los medios de propaganda del Imperio del Japón sirvió para animar a los pilotos a entregar sus vidas por el país. Como es habitual en estos casos, se manipulaba a los lectores empleando una retórica ampulosa con alguna pincelada poética. Un ejemplo palmario es el del teniente Yukio Seki, muerto al chocar contra el portaaviones USS St. Lo en la primera misión “kamikaze” de la historia el 25 de octubre de 1944. El semanario propagandístico imperial Shashin Shuuhou (1938-1945) informó entonces que, inmediatamente antes de dirigirse a la batalla, el teniente Seki animó a sus pilotos a voz en grito.

“Hombres, no somos miembros de un escuadrón de bombardeo. Nosotros somos las bombas. ¡Ahora seguidme!!”

En cambio, como revela Kindred Winecoff en su artículo de The Fair Jilt las palabras de Seki habían sido en realidad algo más íntimas y bastante distintas.

” Estoy totalmente seguro de poder plantar una bomba en cualquier portaviones durante un ataque normal. Japón la caga mete la pata cuando ordena a un piloto como yo que estampe este avión contra un buque enemigo”

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Sin posibilidad de escape

Una de las preguntas que uno puede encontrarse en cualquier foro de internet sobre los kamikazes suele ser “¿No hubo ninguno que escapase con su avión y amerizase o aterrizase en alguna isla desierta para rendirse o esconderse hasta que acabase la guerra?

La respuesta es no. Los aviones iban casi siempre únicamente cargados con combustible para el viaje de ida, no el de vuelta. Los compañeros derribarían al piloto si descubrían su traición, que podría conllevar un grave castigo para la familia de este. Además, para evitar que ningún aviador tuviese la tentación de amerizar, las cabinas iban soldadas. En el caso del Nakajima Ki-115 Tsurugi, un avión diseñado exclusivamente para ataques suicidas, el tren de aterrizaje se desprendía momentos después del despegue para poder ser reutilizado. ¡Total, nadie esperaba que aterrizase!. Con todo esto, a los pobres indecisos les quedaba prácticamente una única cosa que hacer…

Solo un 11% alcanzaba su objetivo

Los gráficos de Mainichi Shinbu  no dejan lugar a dudas. La tasa de éxito de los ataques tokkōtai era de un 11%. Es decir, el 89%. fallaba miserablemente. Tan solo 1 de cada 9 aviones alcanzaba su objetivo. Hubo algún éxito puntual, como en la Segunda Batalla de Leyte (25 de octubre de 1944), en la que cinco aviones impactaron y hundieron al ya mencionado USS St. Lo. Un 27 % de éxitos.

Era la primera vez que los americanos se enfrentaban a este tipo de ataques, pero a medida que pasaron los meses, estos mejoraron sus defensas, al mismo tiempo que los japoneses se veían obligados a recurrir a aviones más viejos y a pilotos más jovenes y peor entrenados. Eso afectaba también a la paupérrima moral nipona. Y es que muchos pueden pensar que lo de los kamikazes era algo habitual, tan típico en el ejército japonés como nuestra cabra de la Legión. Incluso que existía ya cuando Pearl Harbour (1941), Pues no, para nada.

Some were stopped at the last second

La chapuza del Alto Mando nipón

Tras la muerte en 1943 del genio militar japonés, el Almirante Yamamoto (eliminado a lo Bin Laden pero con aviones), parece que la lógica y la sensatez abandonaron a los grados superiores de las fuerzas armadas. En lugar de proteger sus aviones y hombres para usarlos de la mejor manera, los mandaron al matadero.

La Marina del Japón empezó la guerra en 1941 con 7000 pilotos bien adiestrados. En 1944, 3900 de ellos estaban muertos. Se creó un círculo vicioso en el que, para compensar las pérdidas humanas se acortaban los entrenamientos, por lo que los pilotos que llegaban al frente tenían una tasa de supervivencia más corta y poco podían hacer para inclinar la balanza a favor del Japón. Aumentaban las pérdidas y se acortaban las listas de pilotos disponibles.

El escritor Kazutoshi Hando, de la Asociación para la Investigación de la Guerra del Pacífico hizo este devastador juicio sobre el liderazgo militar en cuanto al tokkōtai se refiere

“La irresponsabilidad y la estupidez de los líderes militares de la nación mandaron a los soldados a la muerte. Lo mismo puede decirse de la estrategia del kamikaze. Se aprovecharon de los sentimientos no adulterados de los pilotos. La gente dice que es una forma de ” la estética japonesa”, pero eso es pura tontería. La Dirección General de Personal  la construyó como una gran estrategia cuando en realidad se pasaban el tiempo sentados en sus escritorios simplemente jugando con sus lápices y preguntándose “¿cuántos aviones podemos enviar hoy? ‘ Este hecho no puede ser perdonado”

Usados por la propaganda americana

Los ataques suicidas de la aviones de la Marina Imperial Japonesa hudieron entre 34 y 57 barcos (aunque la cifra más aceptada es la de 49,  calculada por el historiador estadounidense Bill Gordon) y causaron gran parte de las bajas de la Marina Estadounidense. Además el kamikaze tuvo éxito como herramienta de guerra psicológica afectando negativamente al rendimiento de las tripulaciones de los buques norteamericanos en el frente del Pacífico, pero también fue empleado por EEUU para justificar sus devastadoras campañas de bombardeo sobre el Japón, así como el empleo de la bomba atómica.

Como comenta el Profesor Kindred Winecoff  en su artículo de The Fair Jilt, los ataques suicidas servían para presentar ante la sociedad estadounidense al enemigo como una fuerza inhumana y fanática, deseosa de morir y cobrarse en sangre cada metro cuadrado ocupado por los norteamericanos en su avance hacia Tokyo.

A ojos de los americanos, cualquier japonés era capaz de tirarse alegremente debajo de un tanque con una mochila llena de explosivos o contra un soldado de los suyos armado con una simple caña de bambú afilada y mojada en excrementos. Solo en la toma de Okinawa, EEUU había perdido 50.000 soldados (20.000 de ellos retirados por crisis nerviosa), por lo que la invasión de las islas principales del japón se preveían como un auténtico baño de sangre.  Esto sirvió y sirve actualmente como argumento para justificar las 246.000 muertes de civiles japoneses causadas en los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki.

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BONUS TRACK: El kamikaze más torpe

Yoshiomi Yanai despegó con la misión de llevarse algún buque americano por delante, pero no pudo estrellarse al no ser capaz de localizar su objetivo en el mapa. Por suerte contaba con combustible suficiente, así que tras invertirlo en dar vueltas entre las nubes buscando a los escurridizos barcos americanos mientras sus amigos entregaban su vida por el emperador, volvió a su base. La guerra acabó antes de volver a poder realizar otro intento. Así lo contaba ABC el pasado año con el titular “El kamikaze japonés más torpe de la segunda guerra mundial” . El señor Yanai, a sus 93 años, aseguraba en una entrevista  Me siento fatal por mis compañeros, todos los que murieron aquel día.”

Usted en realidad, de torpe poco. ¿No, señor Yanai?

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Con información de Mainichi Shinbu ABCThe Fair Jilt . Gracias papá, por tu biblioteca.

Jaime Noguera es escritor kamikaze y autor de la novela ‘España: Guerra Zombi‘.

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