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¿Cuántas hostias tendrías que comerte para engullir un Jesucristo entero?

08 Jul 2016
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Ilustración: Daniel Rojo Jr.

“Cuando iba a ser entregado a su Pasión, voluntariamente aceptada, tomó pan, dándote gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad y comed, este es mi cuerpo, que será entregado por vosotros. Del mismo modo, tomó el cáliz y se lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y bebed todos de él, porque esta es mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía”.

A menos que no hayáis pisado nunca una iglesia (católica), seguro que habéis escuchado alguna vez esta letanía en boca de un sacerdote. Os acordaréis porque está cerca del “podéis ir en paz” y es, de hecho, para los que más se aburren, señal de que la misa está acabando.

Estas palabras proceden de los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) y son, supuestamente, las que pronunció Jesucristo, hijo de Dios, durante la Última Cena. El cura las repite cuando va a dar la comunión – esto es, la hostia consagrada – a los fieles.

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Metafóricamente, la persona que hace cola ante el presbítero está esperando para degustar un pedazo del cuerpo de Jesús y un sorbo de su mesiánica sangre, ambos consagrados. Pero nosotros somos muy de llevar las cosas a sus últimas consecuencias y por eso nos hacemos una pregunta más extrema: ¿cuántas hostias te tienes que comer – y cuánto vino tienes que beber – para haber engullido la totalidad del Cordero de Dios?

Las matemáticas, y un poquito de investigación, se bastan para contestar a esta pregunta. Los arqueólogos han establecido que el peso medio de un varón judío en tiempos de Jesús estaba en torno a los 50 kilogramos, para una estatura media aproximada de 1,55 metros. Aunque probablemente estaba por encima de la media, podemos afirmar que el retoño del Creador era un retaco. Pero eran otros tiempos…

Teniendo en cuenta que una hostia viene a pesar 0,22 gramos, se podrían sacar 227.272,73 hostias de nuestro Jesucristo hipotético. Sin olvidar que, antes, tenemos que restarle la sangre, que va aparte.

Un hombre de unos 50 kilogramos, de nuevo según la ciencia, tiene aproximadamente 3,3 litros de sangre en su organismo, esto es, 4,4 botellas de vino de 750 mililitros o 3,3 tetra bricks de Don Simón para los más tacaños. Restando esta cantidad a los 50 kilogramos, las cuentas cambian: ahora tenemos 212.272,73 hostias consagradas.

Ya sabemos, por tanto, los ingredientes necesarios para preparar la receta del Verbo hecho carne. Ahora la gran pregunta es: ¿cuánto tiempo nos llevaría engullir al Rey de reyes sin pegarnos un insano atracón? También tenemos la respuesta.

Una hostia consagrada, ideal para la operación bikini, tan solo tiene 1 caloría. En el marco de una dieta saludable, es aconsejable ingerir en cada comida unas 450 – 500 calorías si eres mujer y unas 600 – 650 si eres hombre. Teniendo en cuenta estos datos, los varones van sobrados para comerse al Mesías en un año, a razón de una comida diaria a base de hostias, y las mujeres necesitan algo más de tiempo: aproximadamente un año y tres meses.

Ir a misa cada domingo, sin embargo, es una pésima idea si tu objetivo es engullir hostias por valor de un Jesucristo entero. Aun suponiendo que acudas puntualmente a tu cita dominical con el catolicismo, todos y cada uno de los fines de semana, desde los 8 años hasta cumplir los 80, las cuentas no saldrían ni de lejos.

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La primera comunión como rito de paso al canibalismo.

Un año tiene 52 semanas y, por lo tanto, aproximadamente 52 domingos (depende del día de la semana en que caigan Nochevieja y Año Nuevo). En 72 años, hubiéramos asistido a unas 3.744 misas, y nos hubieran repartido idéntico número de hostias. No llega ni a un kilo de Cordero de Dios. Aproximadamente 824 gramos, menos de un 1,8% de su cuerpo. Para zampártelo entero, tendrías que tomar parte en una eucaristía semanal durante más de 4.000 años.

Las cifras están sobre la mesa. Salvo que hayamos cometido algún error (en cuyo caso, pondremos la otra mejilla para recibir nuestra particular hostia), esta es la magnitud del reto al que se enfrenta un católico que quiera tomarse al pie de la letra – demasiado – el Evangelio. ¿Alguien se apunta?

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