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Don Carlos, el sádico heredero del trono español que arrojaba a sus sirvientes por la ventana

17 Oct 2016
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Jaime Noguera

“Las locuras del príncipe de España son, pues, si bien se miran tanto producto de su temperamento mórbido como del instinto tiránico de su padre” ( Clauzel, Philippe II )

Según el estudio de Álvarez G, Ceballos FC y Quinteiro C, El Papel de la Endogamia en la Extinción de una Dinastía Real Europea , la sangre de Don Carlos de Austria, nacido el 8 de julio de 1545  en Valladolid, tenía un coeficiente de consanguinidad de 0,211, prácticamente el mismo que se produce de una unión entre hermanos. Esto era algo muy común en la Casa de Habsburgo y tuvo mucho que ver en la decadencia de esta estirpe, especialmente en España, donde su exponente más tristemente conocido fue Carlos II “El Hechizado”.  Sin embargo, el desgraciado Carlos del que hablamos hoy tenía en su personalidad un desagradable componente sádico que le hizo maltratar animales y abusar de sus sirvientes, algo que acabó por llevarle la perdición.

Carlos de Austria, Príncipe de Asturias entre 1560 y 1568 era hijo de Felipe II y María Manuela de Avis, primos hermanos por parte de padre y madre. Esta última murió a los cuatro días del parto, lo que unido a que su progenitor pasaba la mayor parte de su tiempo ejerciendo tareas de gobierno, le hizo ser un tipo solitario. Durante su infancia, según el biógrafo de Felipe II Geoffrey Parker, fue un niño de los del montón, con una media de inteligencia media-baja. Al menos hasta que, con once años fue víctima de una epidemia de malaria, lo que afectó gravemente a su desarrollo físico, especialmente a su columna vertebral y a sus piernas. Marino Goméz Santos, en su obra La medicina en la pintura comenta que los coetáneos del príncipe “consideraban que tenía una cabeza enorme y que era jorobado. En Faculty Staff se describe al heredero al trono de la siguiente manera.

“Era algo jorobado, con un tórax prominente, hombros desiguales y la pierna derecha más corta que la izquierda.  El infante era también algo retrasado en su condición mental y física.  Por ejemplo, sólo empezó a hablar a la edad de 5 años y no podía pronunciar las letras /r/ y /l/

William Tomas Walsh , autor de Felipe II, lo describe por su parte como “un ser de cara amarillenta y fofa, de ojos irritables, mandíbula y labios inferiores recios, como los del Emperador, de espalda encorvada y cuerpo deforme sobre unas piernas delgadas”

La fealdad no tenía arreglo con la cosmética o la cirugía en aquella época, pero como explica la web del Museo del Prado, las clases pudientes podían paliarla al menos en los lienzos. Esto se puede comprobar con solo dar un vistazo a la obra del pintor Alonso Sánchez Coello El Príncipe Don Carlos, como explica el portal del museo madrileño.

“..se idealiza el rostro y cuerpo del Príncipe, quien en realidad nació con graves malformaciones físicas y trastornos psicológicos (…). Tanto la vestimenta del personaje, bohemio (capa forrada con piel de lince) y jubón amarillo, como su pose frontal ayudan a disimular estas características.

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“El heredero está mal de la chaveta”

Además de su aspecto físico y cierta dificultad para comunicarse, chocaba su sadismo. Según los cronistas, siendo solo un infante disfrutaba asando liebres vivas y al menos una vez cegó a los caballos del establo real. A los once años habría hecho azotar a una muchacha de la Corte por pura diversión, por lo que fue castigado y tuvo que pagar una compensación al padre de la niña.

Pese a todas estas taras, en 1560 sería reconocido como heredero al trono por las Cortes de Castilla. Asistió a clases en la Universidad de Alcalá de Henares junto al medio hermano de su padre, Don Juan de Austria, y Alejandro Farnesio, aunque mostró poco interés por el estudio y los profesores las pasaron canutas para enseñarle a leer y escribir.

Debido a sus fiebres persistentes, los médicos de la corte recomendaron en 1561 que  fijase su residencia en Alcalá de Henares para así alejarle de los aires insalubres de Madrid.

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Al borde de la muerte

En 1562, cuando contaba 18 años y mientras perseguía a una cortesana por unas escaleras, sufrió una grave caída que le llevó al borde de la muerte. Tan pocas posibilidades de sobrevivir le veían que el mismísimo rey se saltó las reglas de la santa madre iglesia para llamar a consulta al afamado curandero morisco valenciano Pinterete, que, leemos en La España Mágica, le trató la cabeza con sus ungüentos.

Otro de los remedios estrambóticos empleados en la sanación del joven Carlos, según Meridianos, fue meter en su cama la momia de fray Diego de Alcalá un franciscano que había muerto 100 años antes y al que se tenía por santo.

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No se apreció ninguna mejoría, por lo se optó por un tratamiento más agresivo: una trepanación, llevada a cabo por el médico imperial Andrés Vesalio que no pudo estimar los daños cerebrales producidos.

A partir de su recuperación, el temperamento de Carlos se volvió más impulsivo y violento, perdiendo los estribos en más de una ocasión. El embajador Lucca Andrea de Nobili , designado en 1564 dejaría anotado respecto al heredero al trono “Tiene un temperamento impulsivo y violento. A menudo pierde los estribos y dice lo primero que se le pasa por la cabeza”.  Dejaría además reflejado en sus notas que el príncipe cojo frecuentaba “con poca dignidad y mucha arrogancia” los lupanares de la capital española (aunque, según aparece en el libro “Don Carlos, el príncipe de la leyenda negra”, también habría buscado la compañía sexual de ayudantes masculinos de cámara) y que maltrataba al servicio.

En una ocasión, Don Carlos llegó a arrojar por una ventana a un paje cuya conducta le molestó, e intentó, en otra ocasión, lanzar por otra a su guarda de joyas y ropa. Corrían incluso rumores de que había arrancado de un bocado la cabeza de una tortuga o una serpiente que le había mordido. Según Casa Real de España, en 1567 el mozalbete mandó incendiar una casa desde la que le habían tirado aguas sucias que le mancharon.

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Juego de tronos

Felipe II, quizás pensando que este mal comportamiento era producto del aburrimiento, le nombró miembro del Consejo de Estado en 1564 y se planteó el casarlo con María Estuardo o con Ana de Austria, pero sin el beneplácito del heredero, obsesionado en conjurar contra su padre mediante el establecimiento de contactos con líderes rebeldes de los Países Bajos como el Conde de Egmont o el Barón de Montigny. Su idea era viajar a Bruselas y proclamarse allí soberano. Y es que su padre, Felipe II, era joven y gozaba de buena salud, algo que irritaba sobremanera al quasimodesco heredero.

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Carlos, como los villanos de las pelis de James Bond, le comento su plan maestro a su tío Juan de Austria, pidiéndole además ayuda para escapar a Italia.  El militar advirtió rápidamente a su hermanastro el monarca, que acudió a apresar al hijo traidor. Este último, avisado de que se le iba a detener, había escondido una pistola cargada debajo de la almohada, con la que encañonó en actitud triunfal al futuro héroe de Lepanto. apretando el gatillo. Pero ¡oh, providencia! el arma no disparó y le fue arrebatada en un pispás, aunque el chico tuvo el temple de sacar de alguna parte una daga y volver a la carga con más moral que el Alcoyano, con el mismo éxito.

Algunos sostienen que uno de los sirvientes había descargado la pistola, algo por otro lado comprensible visto el injustificado afán de Carlos de Austria por andar tirándolos por las ventanas. Las versiones de los sucedido aquella noche son distintas, pero el resultado final es que, el malogrado príncipe fue detenido.

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El fin de Carlos de Austria

Felipe II hizo encerrar a su hijo en sus aposentos el 18 de enero de 1568, para luego trasladarlo a la torre del Alcázar de Madrid. La lectura de la correspondencia privada de Carlos elevó la gravedad de su traición, por lo que el Monarca decretó su prisión por tiempo indefinido en el Castillo de Arévalo. Allí pasó seis meses, durante los que empeoró, padeciendo ataques en los que bebía con ansia grandes cantidades de agua helada o se cubría parcialmente de nieve. Se declaró en huelga de hambre y murió a los 23 años de edad el 28 de julio de 1568. Las malas lenguas aseguraron que su padre se había ocupado (ehem) de que sus sufrimientos acabasen cuanto antes.

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Con información de Don Carlos, el Príncipe de la Leyenda Negra, The Role of Inbreeing in the Extinction of a European Royal DynastyLa medicina en la pintura, web del Museo del Prado, La España Mágica , Meridianos, y Casa Real de España

Jaime Noguera es autor de la novela de terror carpetovetónico  ‘España: Guerra Zombi‘.

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