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El vasco que se comió 236 croquetas sin darse cuenta y luego cenó

24 Dic 2016
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Daniel Civantos

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Es por todos sabido que hay personas sobre la faz de la Tierra a las que comprarles un traje siempre será, por delante de invitarles a comer, la forma más económica de expresar nuestra gratitud. Y no precisamente porque la cantidad de tela que necesitemos para confeccionar la prenda sea poca, sino porque las porciones de comida que puede llegar a ingerir un individuo así pueden llevarnos a la tesitura de pedir un crédito para poder cumplir cuando el camarero acuda con la dolorosa.

Este bien podría ser el caso del vasco Pachi Bollos. Su hazaña no aparece recogida en ningún libro Guinness, pues cuando dio a conocer su terrible y devastador súperpoder aún no existía esa biblia en la que quedan registradas las heroicidades de los hombres de carne y hueso. La leyenda de Pachi se forjó en 1936, en San Sebastián.

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Nuestro protagonista formaba parte de Istingorra, uno de los muchos clubes donde los donostiarras se reúnen en torno a la mesa para exaltar el valor de la amistad y los buenos alimentos. Aquel día, los socios de esta magna institución decidieron celebrar un banquete fuera del restaurante en el que habitualmente se reunían.

Tal y como contaban en las páginas impresas del diario la Estampa de Madrid en 1936, Pachi trabajaba como carrero en una fábrica de cerveza, por lo que era el único de sus amigos que tenía el medio de transporte adecuado para trasladar con garantías de seguridad la comida de un lugar a otro. Ni corto ni perezoso, se puso a los mandos de su coche de caballos para trasladar al lugar de la reunión culinaria todas las viandas que ya habían preparado en la cocina del establecimiento donde habitualmente se solían reunir.

En principio, la estrategia de traslado de la comida no parecía tener ningún punto débil. Aunque la distancia que separaba un lugar y otro era bastante amplia, lo solventarían rápidamente gracias al coche de Pachi Bollos. No obstante, los encargados de pergeñar este infalible plan no tuvieron en cuenta un factor importante: el apetito del conductor. Todo fue bien hasta que las croquetas que viajaban junto a él comenzaron a desprender un olor que incitaba a hincarles el diente.

El protagonista de la historia no pudo resistir la tentación y cogió una croqueta, sin ser consciente del fatal resultado que tendría dicha acción. Después de la primera, llegó la segunda, y a continuación de la segunda hubo una tercera. Y así hasta 236 croquetas que se zampó el bueno de Pachi Bollos mientras trasladaba la comida de un lugar a otro. Casi sin quererlo. Como contaban los cronistas de tan magno hito, “entre ‘¡arre!’ al caballo y elogios mentales a la cocinera, cuando Pachi llegó se había comido doscientas treinta y seis croquetas. Todas las del banquete”.

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Por suerte para todos, no hubo que lamentar heridos. Sus compañeros de aventuras se lo tomaron con buen humor. Además, como el propio Pachi reconocía, no lo hizo con mala intención. Simplemente una croqueta llevó a la otra, la otra a la una, y así sucesivamente. El reportero José R. Ramos, encargado de relatar lo ocurrido, le preguntó si es que las había confundido con aceitunas. Nuestro protagonista se mostró tajante al respecto y aseguró que sabía perfectamente de qué se trataba porque él no era de picotear en la mesa algo así, insustancial. “Yo aceitunas nunca como. En la mesa, el tiempo no tengo para perder”, decía este campechano cerrero.

Luego llegó la hora de la cena y, por supuesto, Pachi Bollos cenó con el resto de sus compañeros. No sabemos si, como Homer Simpson, en lugar de vino pidió albóndigas para beber. Tampoco sabemos si, después de todo, también pudo con el postre. Aunque, sin lugar a dudas, lo que más intriga despierta es conocer cuál era su secreto para mitigar el intenso dolor de estómago que, casi con total seguridad, le provocaron aquellas 236 croquetas.

De lo que sí estamos seguros es de que sobrevivió para contarlo y establecer un récord de leyenda.

Con información del diario Estampa.

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