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De Pocholo a don Jaime de Mora: los aristócratas más bizarros

18 Mar 2017
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Luis Landeira

Señoras y señoritos, esto no puede seguir así. La aristocracia ibérica está en vías de extinción. Por un lado, como todos sabrán, una plebeya ha invadido el hasta ahora intachable trono español, que es lo peor que nos ha pasado desde la Duquesa Roja aquella. Y por otro, cualquier mindundi al que le toque la lotería ya se compra un título o un palacete. ¡La cosa está muy mal, amigos próceres, pero que muy mal!

Por eso mismo, debemos tener presente lo que es un verdadero aristócrata: con sus títulos, su apostura, su hidalguía, sus tropecientos apellidos de orden y, sobre todo, su ex-cen-tri-ci-dad. Porque lo que no puede ser es que un aristócrata sea una persona normal y vista como una persona normal. Debe ser ruaro ruaro ruaaro. Por lo menos, como estos que vamos a ver ahora. Pasen y aprendan, lacayos.

Don Jaime de Mora y Aragón

Perilla medieval, gomina, clavel en la solapa, joyería de oro, monóculo, bastón… ¡Qué hombre, señores, qué hombre! Ya no se hacen aristócratas como estos. Hijo de los Marqueses de Casa Riera, hermano de la reina Fabiola de Bélgica, estudió en colegios suizos, y fue uno de los miembros más golfos de la jet set marbellí. Apenas dio palo al agua en su vida, salvo para hacer de sí mismo en anuncios o películas de Ozores, Alfonso Paso o Vittorio de Sica. Por supuesto, murió en Marbella, de vacaciones, y allí le pusieron una calle y dos estatuas. No se merecía menos.

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Pocholo Martínez-Bordiú

Vale, viste mal. Vale, es jipi. Vale, es familiar de Franco, que no era más que un vulgar militroncho. Pero, por otro lado, estamos hablando del XVIII Barón de Gotor, que mantiene una elegancia y una clase ex-tra-or-di-na-rias aunque se encuentre pinchando en una de esas infernales discotecas, haciendo bulto en la serie Corrupción en Miami o juntándose con chusma en un reality show de esos. Menos mal que últimamente jura y perjura que “ya no bebo alcohol y he dejado la fiesta”. Lo último es que el Ayuntamiento de Barcelona le ha precintado un piso en Ramblas de Barcelona donde se ejercía, según La Vanguardia, la “actividad de alquiler de habitaciones a tiempo parcial (meublé) para la prestación de servicios sexuales”.Le falta cortarse el pelo y vestir como sus antepasados, y será uno de los nuestros.

La duquesa de Alba

Esto sí que son palabras mayores. María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y Silva. ¡La aristócrata con más títulos del mundo! Lástima que haya pasado a mejor vida, porque tenía todo lo que debe tener una Grande de España: clasista, juerguista, multimillonaria y adicta a la cirugía plástica. En cuanto a su aspecto, era aristocráticamente inenarrable: su cara de mandril y su pelo afro blanco casaban con todo, desde la túnica ibicenca hasta la mantilla española, pasando por los carísimos trapos de Victorio & Lucchino. Por si les parece poco, cabe añadir que doña Cayetana revolucionó el pensamiento filosófico español con frases como esta: “¡Me visto como me da la gana!” Faltaría más, señora duquesa, faltaría más.

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Don Jaime de Marichalar

Caballero Divisero Hijodalgo del Ilustre Solar de Tejada, Caballero de la Real Maestranza de la Caballería de Sevilla… Me podría quedar solo recitando el ilustre currículum de este caballerete español pamplonica con aires de gentleman inglés. Un dandy de padre y muy señor mío, tan elegante a lomos de un purasangre jerezano como de un patinete, que no tiembla a la hora de calzarse unos pantalones de paramecios, una bufanda de visón o una capa española estilo Drácula. Por eso, todos los aristócratas estuvimos con el alma en vilo cuando le dio un telele por ir al gimnasio después de una juerga. Desde entonces, todos nos acordamos de él en esos bretes: “Bautista, hoy no jugaré al golf, que ayer me puse hasta el culo de todo y no quiero que me dé un Marichalar”.

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Ágatha Ruiz de la Prada

Sí, aparentemente estamos ante una espantosa mezcla entre el payaso de Micolor y Paco Clavel. Pero, amigos, incluso entre los adefesios hay clases. Y doña Ágatha, ahí donde la ven, es XII marquesa de Castelldosríus y XXIX baronesa de Santa Pau. Así que lo de menos son sus trapos de colorines, su matrimonio con el plebeyo Pedro Jota o sus escarceos en la Movida madrileña. Cuando llega la hora de dormir y se desnuda en su alcoba, es una Grande de España de la punta de los pies a la coronilla.

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Gunilla von Bismarck

Aunque nació en Alemania (en el Castillo de Friedrichsruh, para más señas), esta condesa vivió casi toda su vida en España, donde se casó con Luis Ortiz, un simple pijazo. Ambos fueron el matrimonio más despendolado de la jet set. Ella ponía el punto nórdico y exótico en las fiestas de Marbella, con su melena platino, sus ojos azules, sus tocados de plumas y sus túnicas plateadas. Gunilla y Luis han vivido y viven en una perpetua juerga marbellí, siempre más ciegos que Melendi en nochevieja.

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Leandro de Borbón

Ay, don Leandro. Qué duro es arrastrar toda una vida el sambenito de “bastardo” (era hijo extramatrimonial de Alfonso XIII) y, encima, no conseguir jamás el título de Infante. Y miren que lo merecía mucho más que su sobrino, el rey emérito don Juan Carlos de Borbón. Don Leandro lo tenía todo: perilla decimonónica, facciones de cuadro de Velázquez, imperturbable rictus simiesco y, por supuesto, una pinta impecable, capa y bastón incluidos. Pero murió sin conseguir el tratamiento de Alteza Real, no sin antes dedicar unas palabras a Felipe VI: “Tiene mi teléfono, sabe que estoy en una residencia de ancianos y el día que quiera algo de mi espero que me llame, aunque cada vez me queda menos tiempo”. Campana y se acabó.

Don Leandro de Borbón

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