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Las espías que tejían mensajes secretos con ganchillo y calceta

12 Jun 2017
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Inma Saranova

Cuando pensamos en el papel de las mujeres en la Historia del espionaje suelen venirnos a la cabeza nombres recurrentes como el de Mata Hari que en el imaginario colectivo encajan en el arquetipo de la ‘mujer fatal’, usando sus habilidades sexuales para obtener información, pero lo cierto es que la mayoría de mujeres espías que participaron en las dos Guerras Mundiales no encajan, ni de lejos, en dicha categoría.

Por eso, hoy en Strambotic vamos a hablar de las otras, las que escribían mensajes ocultos en los nudos del punto. Mujeres ancianas tejiendo en lugares de escucha y codificando los mensajes a través de sus puntadas. Mujeres que conocían y desarrollaban durante la guerra un lenguaje en código a través de las posiciones de sus agujas de tejer. Esta es la historia del idilio poco conocido entre el ganchillo y el espionaje.

Portada de la revista LIFE noviembre 1941.

El arte de recopilar información en el tejido no es algo nuevo. Ya los Incas desarrollaron los Quipus (conjuntos de nudos de colores) como instrumento nemotécnico utilizado para la comunicación y también como un registro de expedientes de los gobernantes. Los Quipus consistían en uniones de cordones en forma de cadenas de distintos colores y con adornos como plumas y huesos, donde cada nudo situado en determinado lugar tenía un significado o mensaje distinto. Desafortunadamente, la mayoría de los Quipus fueron destruidos por los conquistadores españoles en el siglo XVI y  aún no han sido totalmente descifrados por lo que no se conoce con exactitud la información que realmente contienen.  Los colonizadores españoles, al ver estos tejidos, no pensaron que en realidad se tratara de un tipo de escritura, y en la actualidad es prácticamente imposible descifrar sus códigos.

Un bonito Quipu cuya información desconocemos gracias a los conquistadores españoles.

Como vemos, la posibilidad de escribir con hilos abre un gran abanico de posibilidades a la hora de registrar información, sobre todo si no queremos que esta se conozca por quien no toca. Algo que se ha tenido en cuenta a lo largo de la historia. Ya el libro de 1942 A Guide to Codes and Signals aseguraba que “Los espías han sabido trabajar los mensajes del código en el punto, el bordado, las mantas, etc.” El libro hace referencia al periodo de la I Guerra Mundial en el que en aquellos espacios  donde había tejedoras, a menudo había también espías que usaban sus tejidos para codificar mensajes y ocultarlos físicamente.

Marthe Cnockaert, espía belga, en 1914.

Por lo general, las mujeres espías en territorios ocupados durante la I Guerra Mundial fueron contratadas para peligrosas tareas como conseguir información de los alemanes que ocupaban sus pueblos, cifrarlas y transmitirlas así como organizar redes clandestinas porque sus movimientos despertaban menos sospechas que los de sus colegas masculinos. Uno de los servicios de inteligencia más destacados fue ‘La Dame Blanche, principal organización de resistencia en Bélgica cuyo personal era en gran parte femenino, y era reclutado sin tener en cuenta la clase social o la edad (incluía a pensionistas y menores).

Debido a que a las mujeres se las animaba a tejer calcetines, sombreros y pasamontañas para los soldados durante conflictos bélicos como la Guerra Civil Americana y las Guerras Mundiales, el trabajo de tejedora era una tapadera fácilmente utilizable para las mujeres espías. En Writing Secret Codes and Sending Hidden Messages, Gyles Daubeney Brandreth y Peter Stevenson aseguran que después de que el código Morse fuera inventado, pronto se cayó en la cuenta de que la cuerda y el hilo se adaptaban bien a este código en el que un nudo de lazo ordinario equivaldría a un punto y un nudo en forma de ocho a un guión.

Cartel de la Cruz Roja animando a las mujeres a tejer.

Porque si los mensajes debían ser de baja tecnología, el tejido era un soporte ideal ya que cada prenda de punto está hecha de diferentes combinaciones de sólo dos puntos: una puntada lisa parecida a una “v”, y una puntada similar a una línea horizontal. Así, al hacer una combinación específica de tejidos de punto y púas en un patrón predeterminado, las espías podrían pasar un pedazo de tela personalizada y leer el mensaje secreto inserto en cualquier  bufanda o gorro.

Un artículo que apareció en UK Pearson’s Magazine en octubre de 1918, ya informaba de que mujeres alemanas estaban tejiendo suéteres para enviar mensajes. Según dicho artículo, cuando las autoridades alemanas deshicieron el  primer suéter encontrado, se dieron cuenta de que el hilo de lana estaba repleto de nudos que podían descifrarse como palabras. La revista describía este código como “más seguro, y no apto para ser detectado”.

Pero el arte del punto y el espionaje no es algo único de la I Guerra Mundial. En muchos casos, el hecho de ser una tejedora -incluso si no hacía telas codificadas- era suficiente para reunir información, y esta tradición continuó décadas después durante la Segunda Guerra Mundial. En Bélgica, la resistencia contrató a mujeres mayores cerca de los andenes de los trenes para agregar código a su tejido en el que registraran el recorrido de las fuerzas enemigas.

Miembros del Spinsters Club tejiendo calcetines para los soldados de la I GM. fotografía de Joseph Zachariah. 

Esto condujo a la prohibición de la Oficina de Censura de patrones de tricotado en la Segunda Guerra Mundial. El tejido usado por la Resistencia belga durante este conflicto bélico  incluyó el lanzamiento de una puntada con forma de agujero para cada tren que pasaba y una puntada que forma un bache que ayudó a la resistencia a seguir la logística de sus enemigos.

Por este motivo, durante la misma época en que el Reino Unido prohibió los patrones de tricotado por temor a mensajes ocultos, los agentes de la Inteligencia Secreta británica contrataron al mismo tiempo a mujeres espías que se presentaban como ciudadanas comunes haciendo cosas ordinarias, que a veces incluían tricotar. Una de ellas fue Madame Levengle, una mujer que “se sentaba frente a su ventana tejiendo, mientras que con sus talones iba golpeando el suelo para mandar señales a los niños que se encontraban en la habitación de abajo”, según  escribe Kathryn Atwood en Women Heroes of World War I. Sus hijos, fingiendo hacer los deberes, anotaban los códigos que les trasmitía su madre mientras que un mariscal alemán se quedaba en su casa.

Mujeres en Berlín tejiendo para los soldados en 1914. Imagen: Library of Congress.

En un tiempo y un lugar en el que cualquier vecino o amigo podía delatarte, las mujeres emplearon su astucia e inteligencia para simular que continuaban con sus vidas cotidianas al mismo tiempo que comunicaban mensajes secretos con la esperanza de poner fin a la guerra.  Una de ellas fue Phyllis Latour Doyle, agente secreta de Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial, que pasó los años de la contienda recopilando información en sus prendas de punto. Doyle se lanzó en paracaídas sobre la Normandía ocupada por los nazis en 1944 y se hizo pasar por una vendedora de jabón francesa, ofreciendo su mercancía a los soldados alemanes. Así sus madejas fueron poco a poco llenándose de secretos anudados que después se descifrarían con Morse.

Doyle secretamente transmitió 135 mensajes codificados a los militares británicos antes de la liberación de Francia en agosto. Se trataba de valiosa información sobre las posiciones de las tropas nazis que se utilizó para ayudar a las fuerzas aliadas a prepararse para el desembarco de Normandía el día D y durante la campaña militar posterior.  Durante setenta años, sus contribuciones al esfuerzo bélico habían sido prácticamente ignoradas, pero recientemente, a la edad de 93 años, fue galardonada con el más alto honor de Francia, el Chevalier de la Legión de Honor.

Phyllis Latour Doyle de jovenzuela y tras recibir el máximo honor de Francia.

Para las personas no versadas en el arte del punto, los patrones de los tejidos pueden parecer indescifrables lo que para muchos de los responsables encargados de averiguar si un tejido contenía un mensaje o no, esta misión llegaba a desatar la paranoia alrededor de lo que los patrones podría significar.

Elizabeth Bentley (1908-1963)

Otra de las mujeres que usó el tricotado para el espionaje fue Elizabeth Bently, una estadounidense que espió a la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial y más tarde se convirtió en informante mediante sus tejidos de punto en los que transcribió información sobre los incipientes planes para las bombas B-29 e información sobre la creación de aviones.

Sin embargo, al finalizar tanto la I Guerra Mundial como la Segunda, los gobiernos deseaban que las mujeres recuperaran sus tradicionales roles de abnegadas madres y esposas.  A cambio,  en los años que siguieron a la I Guerra Mundial, las mujeres obtuvieron el derecho al voto en la mayoría de los países desarrollados. Claro que los gobiernos las obligaron a abandonar sus empleos y volver a sus hogares con el objeto de que hubiese trabajo para  los soldados que volvían a reintegrarse a la vida civil, algo que no sentó bien y por lo que las mujeres protestaron activamente hasta el punto de que la prensa de la época las describía como  malas mujeres que no querían devolver sus empleos a los héroes de guerra.

Dos operarias trabajando en una fábrica durante la II Guerra Mundial.

Su libertad política suponía una amenaza para la restitución de la normalidad así que los distintos gobiernos tomaron medidas para devolverlas al hogar, entre ellas promocionar el trágico final de muchas mujeres espías cuyos violentos finales se convirtieron en una especie de culto macabro que pretendía disuadir a las mujeres de espíritu libre de seguir jugando a ser libres e independientes.

Edith Cavell en su época de niñera.

Para ello, uno de los casos que se mitificaron fue el de la espía Edith Cavell, cuya fama se debe menos a sus acciones reales que a las circunstancias de su muerte y a cómo fueron aprovechadas por la propaganda de los Aliados. Cavell, inglesa residente en Bélgica permaneció en la Bruselas ocupada por los alemanes proveyendo de escondite a los soldados aliados y ayudando a más de 200 de ellos a escapar hacia la neutral Holanda. Los alemanes descubrieron sus acciones en 1915 y la acusaron de espionaje y colaboración con el enemigo. Tras su arresto, ella confesó los delitos que se le imputaban, fue sentenciada a muerte y fusilada.

Los Aliados rescataron su historia y la convirtieron rápidamente en material de propaganda; una muestra de las atrocidades cometidas por los bárbaros alemanes. Y funcionó; la indignación estalló no sólo en el Reino Unido, sino también en Francia y al otro lado del Atlántico. Se erigieron monumentos en su honor y hasta se bautizó una montaña en Canadá con su nombre. Sin embargo, cabe recordar que por esos mismos días los franceses fusilaron a una enfermera alemana por ayudar a sus compatriotas a escapar de Francia y que el MI5 (la agencia de inteligencia británica) reveló que en efecto Cavell estaba espiando para los ingleses, por lo que las acusaciones de los alemanes resultaron ser ciertas. Algo, que tras la Guerra también se aprovechó para disuadir a las mujeres de jugar a la Guerra y a tomar decisiones propias en el futuro.

Mata Hari exhibiendo sus encantos.

Así es como en el imaginario colectivo se olvidó la figura de las espías tejedoras y se redujo el papel de las mujeres espías a mártires como Cavell o  seductoras como Mata Hari a la que se le han atribuido calificativos como el de fría, egoísta, vengativa o capaz de provocar una atracción a los hombres prácticamente demoníaca. Es decir, seres erotizados y sin escrúpulos que por lo general no han estado muy bien vistos pues se han vinculado tradicionalmente al estereotipo de mujeres como seres de los que no te puedes fiar y que usan el sexo para conseguir cualquier propósito.

Pero, tal y como hemos visto,  los distintos mitos de las mujeres espías no atienden a la realidad de tantas mujeres que pusieron en peligro su vida, y a veces la perdieron, sino que no deja de ser la expresión de un miedo social extendido que ayudaba a dar una explicación a la naturaleza, en principio inexplicable, de los horrores de las dos Guerras Mundiales y, ya de paso, nos dejaban de nuevo a las mujeres bien guardaditas en casa tejiendo nuestras bufandas sin nudos extraños.


Con información de MCXVNuevaMujer, Historylink.org,  Rejectedprincesses,  ThoughtCo, BelgiumThePaceTo.be, y AtlasObscura.

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