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¿Cuántos cojones tenía Franco?

28 Ago 2017
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Iñaki Berazaluce

El urólogo Antonio Puigvert afirma que Francisco Franco sólo tenía un testículo en el libro “Franco, el Republicano“, de José María Zavala. El otro lo perdió en la guerra de África, en 1916, durante un “aguerrido ataque” en el que recibió un disparo en el bajo vientre. Sin embargo, Francis Franco, el nietísimo desmiente al periodista Jesús Mariñas este rumor en la revista Tiempo: “Tonterías: mi madre me asegura que nunca visitó la consulta del urólogo que certifica tal cosa. Además, y de ser así, faltaría al código hipocrático”.

Queremos salir de dudas. ¿Era Franco monórquido (que no monárquico)? Es decir, ¿tenía un solo cojón o los tenía ambos y bien puestos, como parece demostrar su insigne figura? En temas médicos siempre conviene pedir una tercera opinión, así que acudimos al clásico de la literatura de terror “Cuarenta años junto a Franco”, escrita por su médico de cabecera, Vicente Gil, y publicada, como es de rigor, por la editorial Espejo de España en 1981.

Vaya por delante que Vicente Gil fue mucho más que un médico. Después de leer este conmovedor volumen podemos afirmar que era un patriota, un falangista hasta la médula y prácticamente el hombre en la sombra que hacía y deshacía gobiernos, y ponía firmes a esa “panda de sinvergüenzas que son los políticos”. Desde luego, el doctor Gil sí que los tenía bien puestos, como veremos inmediatamente, aunque se pasa por ese mismo forro el juramento hipocrático al que hace referencia Francis.

Poco se habla de medicina en “Cuarenta años junto a Franco”, pero vaya por delante un somero chequeo de la salud del Caudillo:

“Su salud no podía ser mejor. No sabía hacer gárgaras, ni toser, lo cual descubrí con el paso de los años al tener que tratarle algún catarro. Para él resultaba peor la eliminación de una pequeña flema que cualquier leve enfermedad (…) Fue un hombre que jamás fumó ni bebió”. (pág. 38)

Ninguna mención, de momento, a la bolsa escrotal del sátrapa.

Vicente Gil desvela algún secretillo de Franco, como que firmaba sus quinielas como Francisco Cofrán (lo que convierte al estadista también en un maestro de la criptografía) y que una vez le tocó un millón de pesetas al acertar una de 14 que el propio galeno firmó en una administración de Moncloa.

Como decía, Vicente Gil es mucho más que un médico: es un fino analista de las oscuras maniobras del poder de los vendepatrias, léase tecnócratas y Opus Dei (“que a mi parecer es una organización mucho peor que la masonería que tanto hemos combatido”). Pero lejos de remitir, la masonería volvía a emponzoñar España:

“…fue duramente atacada por el Generalísimo desde 1936, mas ahora los masones se estaban tomando venganza, ya que en todos los puestos habían logrado infiltrar elentos que pertenecían a sus filas y que por eso era difícil gobernar con esa gentuza”. (p.55).

Al buen doctor no le queda otra que advertir a Franco: “No queremos que sea .preciso construir otro Valle de los Caídos, y si viniera otra, habría que hacer tres más (…) No me contestó. No me dijo nada absolutamente”.

Y es que el libro entero es un monólogo del doctor Gil al que un silente Franco escucha y calla, no sabemos si otorgando o estupefacto ante los disparates del galeno. Otro ejemplo, después de recomendarle una jubilación anticipada al Caudillo:

“No abrió la boca siquiera. Estaba un tanto apático. Le tomé el pulso: 72. Normal, como siempre. Gases no tenía. Lo más probable es que hubiera descansado mal porque le pondrían la cabeza…Muchas veces las mujeres son un tanto insensatas y egoístas; sólo atienden a lo suyo, con una mente tan estrecha que a veces asusta. Sobre todo a los que tenemos alguna responsabilidad”. (p. 56).

Palabras sabias y contundentes de este vallisoletano de pro, al que le duele España: “Yo me he enamorado de mi patria y lo paso fatal”. Sí, vale, pero ¿y los huevos de Franco?

Nos acercamos bastante al área testicular en esta escena de retrete que muestra a un Franco tierno, cercano, casi humano:

“(…) El otro día, mientras estaba sentado en el baño, advertí que movía los labios como si hablase solo. Le dije:

-¿Está usted rezando?

Como si le hubiera despertado, me respondió, volviendo a la realidad:

Estaba leyendo la etiqueta del masaje de después del afeitado.” (p. 60)

O esta otra muestra de humanidad, ya en los minutos basura del franquismo, el día que ETA mató a Carrero Blanco:

“Después del almuerzo el Caudillo no fue al golf porque previamente había preguntado por el estado del campo y le dijeron que estaba encharcado”. (p. 144).

Qué gesto, qué coraje, qué cojones.

Pero no todo fue un idilio entre Vicente Gil y Francisco Franco. El doctor dedica un capítulo entero (“Algunos disgustos importantes”) a los desencuentros entre galeno y paciente. Por su emotividad nos quedamos con éste:

“El Caudillo se volvió hacia mí y me dijo estas palabras tremendas:

-Vicente, los falangistas, en definitiva sois unos chulos de algarada.

En aquel momento me quedé paralizado, tanto física como intelectualmente. Estaba como clavado al suelo, en posición de firme y mi única reacción fue clavarme las uñas en las manos con un coraje que me asomaba a los ojos, inyectados de lágrimas. Lloré en silencio como el día en que se murió mi madre.

Cuando pude articular algunas palabras, me atreví a decir:

-Mi General, eso es algo que no consiento y desearía que ésta fuese la última vez que hable de este tema. Porque, mi General, de los falangistas no opinaba usted así en el comienzo de la guerra, cuando nos utilizaba. Recuerdo que usted, mi General, fue a felicitarme a Posada de Llanera y a felicitar a mi centuria de falangistas de esos a los que usted llama hoy “chulos de algarada”. Entonces nos conceptuaba como a héroes.”

Pero el doctor Gil es, ante todo, compañero de armas al servicio de su Excelencia, así que pelillos a la mar. Sólo él puede atreverse a plantarle dos guantazos al marqués de Villaverde (“un individuo bastante chulesco” que anda “persiguiendo misses en Manila”) o de gastar esta simpática broma al decrépito cacique en el hospital Francisco franco:

“-Mi General…¡media vuelta! (…) Desfila mejor que la Legión; está usted volviendo a sus años jóvenes y, a veces, hasta con garbo.

El Caudillo se ríe y todos le secundan (…)”. (p. 181)

O esta otra a otro galeno acerca de la próstata de Franco:

“-¿Qué tal la próstata del Caudillo?

-Hombre, la que tiene ahora no sé. Pero como habréis oído que tuvo tantas resecciones de próstata -tres en Suiza, cuatro en Barcelona-, pues yo creo que ya es la octava que está formándose y como ya es muy viejo…

Les molestó un tanto de que yo tomase a chufla la próstata del Caudillo…”

“Cuarenta años junto a Francisco Franco” culmina con la agonía del chusquero golpista, con las consabidas “heces en forma de melena” que popularizó el doctor Gil y con Fraga llorando en los brazos del autor: “¡Qué hombre hemos perdido, Vicente, qué hombre!”. De los cojones, ni palabra.

Extracto de “Franco, el republicano”, en El Mundo.

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