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“Un vibrador para esa mujer enferma, por favor”

30 Ago 2017
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Ad Absurdum

En 2011 se estrenó la película Hysteria, una comedia romántica británica que cuenta la vida de un doctor de la Inglaterra victoriana que, cansado de estimular manualmente el clítoris de sus pacientes, decidió crear el vibrador. Desde luego, el argumento se las trae, pero… ¿y si os dijésemos que la película se basa en hechos reales?

Para entender esto tenemos que remontarnos a la antigüedad clásica. Los filósofos y científicos griegos ya nos contaron en sus escritos que existía una enfermedad femenina conocida como “útero ardiente” o “fiebre vaginal” cuyo principal síntoma era la excitación, la “histeria”. De hecho la propia palabra histeria proviene del griego “hystear”, que significa “útero”. Y es que los más avezados determinaron incluso que la explicación a esta enfermedad era que el útero era un órgano que no estaba sujeto, sino que se movía por el interior del cuerpo femenino, y cuando se encontraba en el pecho, producía fiebres y dolores.

En realidad lo que sucedía era que la sociedad no podía aceptar el deseo sexual femenino.  El deseo masculino era natural, incluso admirable, pero el femenino era algo patológico, y era necesario curarlo. El tratamiento para tal enfermedad según estos autores consistía en masajear la vagina. Incluso el médico Galeno nos habla de ello.

Esta creencia continuaba existiendo aún entre los médicos y científicos del siglo XIX, cuando se hablaba de la “histeria” como una enfermedad propiamente femenina. Por entonces se aplicaban tratamientos como las duchas con agua helada. Pero el más extendido consistía en estimular el clítoris hasta alcanzar el “paroxismo nervioso” o provocar “convulsiones paroxísticas”, término con que se aludía al orgasmo femenino.

Fotograma de la película Hysteria (2011).

En aquella Inglaterra victoriana tan refinada y exquisita, estaba mal visto que las mujeres acudieran a consulta en solitario, por lo que lo solían hacer en compañía de sus maridos, padres o madres. Allí, rodeadas por familiares y seres queridos, se desvestían de cintura para abajo y, abriendo las piernas, se entregaban a los dedos del doctor hasta alcanzar ese “paroxismo nervioso” que las dejaba nuevas.

De pronto la histeria se convirtió en un mal que acosaba a la casi toda la población femenina. Cualquier síntoma, desde dolores de cabeza a estados de ansiedad (quizá incluso algún esguince), era diagnosticados como histeria, y a todas se recetaban dichos masajes. A veces los médicos eran bastante torpes para lograr la “convulsión paroxística”, por lo que derivaban a sus pacientes a comadronas más hábiles en esta misión.

Cansado de estimular manualmente a sus pacientes en rituales que a menudo se prolongaban demasiado en el tiempo, causando enormes dolores a quien realizaba los masajes, uno de esos doctores británicos tuvo la ocurriencia de crear un artilugio que ejecutase los masajes de forma automática. Aquel médico fue Joseph Mortimer Granville, que en 1870 inventó el vibrador.

Las maravillas de las que aquel artilugio era capaz recorrieron rápidamente todo el país, su consulta ganó popularidad y se llenó de mujeres necesitadas de curar su histeria (y de parientes que contemplaban estupefactos el milagro médico).

En 1902, la empresa Hamilton Beach patentó el mecanismo y lo puso a la venta para que todo el mundo pudiera tener uno en casa. El éxito fue arrollador. A principios del siglo XX las casas se equipaban normalmente con una nevera, un ventilador y un vibrador. Su uso era más habitual que el de otros electrodomésticos contemporáneos como la plancha eléctrica, y se vendían más vibradores que aspiradoras.

Era muy común que en periódicos, revistas y radios se anunciasen con total normalidad. Catálogos de electrodomésticos presentaban distintos modelos de vibrador entre máquinas de coser y cafeteras. Incluso se presentaron modelos con recambios adaptables capaces de convertir un vibrador en una batidora. Estaba todo pensado.

“Aids that every woman appreciates”. Página del prestigioso catálogo Sears donde aparece el vibrador portátil (columna del centro) junto a ventiladores y demás electrodomésticos.

Pero entonces… ¿qué ocurrió para que algo tan normal se convirtiese en un tabú que llega incluso a nuestros días? Pues desde la aparición de las primeras películas pornográficas, el vibrador se convirtió en un recurso habitual en ellas. Pero el punto de inflexión fue en 1952, cuando la Asociación Americana de Psiquiatría declaró que esa supuesta “histeria” no era una enfermedad, sino el deseo sexual natural de la mujer.

Resulta que durante años el “paroxismo nervioso” había sido considerado algo completamente ajeno a la sexualidad, que las mujeres no podían tener tal cosa, y si ahora los científicos decían que eso no era una enfermedad sino un deseo sexual natural, la hipocresía social haría el resto. Los vibradores desaparecieron entonces de los catálogos de electrodomésticos, de revistas y periódicos. Quedaron relegados a un rincón oscuro y censurable de la vida privada.

Hasta entonces había sido habitual encontrar junto a anuncios de vibradores lemas como “Porque tú, mujer, tienes derecho a no estar enferma”, pero cuando se determinó que no se trataba de una enfermedad, el derecho a tener una vida sexual satisfactoria desapareció.

Bibliografía:

MAINES, RACHEL P. (1999): The Technology of Orgasm: “Hysteria,” the Vibrator, and Women’s Sexual Satisfaction, The John Hopkins University Press.

Ad Absurdum es un grupo de divulgación histórica a través del humor y es autor del libro Historia absurda de España.

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