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Feísmo arquitectónico gallego: el cómo y el por qué

26 Sep 2017
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Luis Landeira

“Bienvenido a Galicia. Verá muchas casas sin terminar. Verá muchas casas feas. Pero no se asuste, es una corriente artística autóctona”.

Broma tradicional gallega

Antes de nada he de decir que amo a Galicia: sus gentes, sus paisajes, sus mujeres, sus mariscos… No en vano, yo mismo soy gallego de pura cepa. Pero pese a haber pasado media vida en el feudo de Amancio Ortega y Laureano Oubiña, me sigue horrorizando y fascinando a partes iguales el paranormal fenómeno del canibalismo urbanístico gallego, también llamado “feísmo”.

Bromas aparte, aunque nuestro proverbial feísmo se estudia hasta en la carrera de Arquitectura, no es una escuela artística, sino algo mucho más gordo: un conjunto de usos, soluciones y barrabasadas urbanísticas que se han perpetrado sobre el bellísimo paisaje galaico, transmutando Galicia en un decorado caótico, apocalíptico e inarmónico, reflejo del alma de nuestro pueblo.

Pero, ¿en qué momento empezó a torcerse todo? ¿Cuándo se llenaron nuestras villas y ciudades de construcciones, infraestructuras y obras chungas que hacen pupa a la vista? Pues aunque está muy feo echarle la culpa a un muerto, fue durante el mandato de Franco, en los años sesenta para ser exactos. Y los sucesores de Franco siguieron su misma línea: básicamente, dar demasiada libertad para construir, y hacer la vista gorda ante el terrorismo estético de ciertas construcciones.

Así, mientras Asturias, Cantabria o el País Vasco hacían las cosas más o menos bien, en Galicia las más ominosas edificaciones crecían como percebes. Según los expertos, las causas son múltiples y van desde el abandono de edificios por parte de la masiva inmigración hasta la ausencia de planes de rehabilitación cabales, pasando por la autoconstrucción indiscriminada, el olvido de la arquitectura tradicional, el reciclaje enxebre o un minifundio que se traduce en dispersiones poblacionales e infraviviendas agrícolas. Y, por encima de todo, un aparatoso mal gusto.

A estos fenómenos autóctonos, en las últimas décadas se sumaron problemas globales como la explosión de la burbuja inmobiliaria o la dichosa crisis, que aumentaron la falta de ganas y/o dineros para rematar las construcciones. ¿Resultado? Ladrillos baratos al aire, cementazo a la vista… y unas 50.000 casas a medio hacer. Isabel Aguirre, directora de la Escola Galega da Paisaxe, cree que esto último se debe a una cuestión cultural: “Seguro que los propietarios se acicalan para ir a una boda. Sin embargo, no rematan los exteriores de sus casas porque no hay una conciencia de que eso esté mal. Pero no se trata de su casa, sino de nuestro paisaje”.

Seguro que muchos lectores están pensando que la solución a la invasión de casas inacabadas que castiga la geografía galaica sería forzar al propietario a terminar primero el revestimiento del inmueble y luego seguir con los interiores. Y ya se hace: tras décadas de negligencia por parte de las administraciones públicas, por fin existe una normativa de ornato aprobada por la Xunta de Galicia, y ya hace años que se suceden las leyes que obligan a los constructores a terminar las viviendas. El problemas es que no las cumple ni el Tato.

En los últimos tiempos, han aparecido páginas web y grupos de Facebook consagrados a la ardua labor bizarro-social de exponer ejemplos fotográficos de horrores arquitectónicos, como “Feísmo Galego” o “Canibalismo urbanístico. Maltrato da Paisaxe”: observatorios virtuales que denuncian con cierta retranca las tropelías arquitectónicas locales.

Por tener, hasta tenemos un colectivo de arquitectos llamado Ergosfera que, como para llevar la contraria, planta cara a las autoridades y ciudadanos reformistas para gritar “Eu sí quero feísmo na miña paisaxe!”. Traducción libre: “feísmo, sí, gracias”, que viene a ser como aquel himno de Aviador Dro que celebraba el holocausto nuclear.

Iago Carro, uno de los miembros, de Ergosfera explica que “feísmo es un término inventado por un periódico. Pero muchas cosas que se atacan del feísmo son positivas para el territorio, pues expresan su ser dinámico y sensible a las necesidades de los ciudadanos, muy superior a veces a los centros urbanos desde donde se critican”. En Ergosfera consideran el feísmo casi una revolución urbanística, una apuesta por la cultura libre y la autoproducción más allá del consumismo.

Pero una cosa es la libertad del pueblo para diseñar su propio paisaje urbano, como ocurre con la heterogénea arquitectura de la aldea de Cans (Porriño) y otra muy distinta el abandono del patrimonio y la inoperancia municipal que, en ciudades como Ferrol o Lugo, condena amplias zonas de la urbe a la ruina o al desatino arquitectónico: edificios que no se alinean con sus vecinos, torres de pisos pegoteados a viejas viviendas de planta baja, solares vacíos en pleno centro, bloques viudos en descampaos periféricos, hórreos haciendo equilibrismos sobre tejados de uralita, construcciones de ladrillo sin enfoscar y otras caralladas bravas.

Pero el caso es que, por más que se esfuerza el gobierno autonómico, el feísmo sigue ahí. Y va a más. Tal vez esta grotesca corriente urbanística esté ya tan enquistada en nuestro terruño que no sea posible arrancarla sin romper sus cimientos. En tal caso, habrá que aceptar el feísmo como otra tara endémica que, nos guste o no, forma parte de nuestra esencia colectiva. Como los incendios o el narcotráfico.

*Este artículo puede contener trazas de piedra, cal, aluminio, hormigón, fotos e información de La Voz de Galicia, La Nueva España, Diario de PontevedraFeísmo Galego y Canibalismo Urbanístico.

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