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Los fallos más clamorosos en los mapas a lo largo de la historia

20 Oct 2017
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Iñaki Berazaluce

Los mapas tienen una autoridad incuestionable. Sirven para entender de forma rápida algo muy complejo, mientras que nos permiten ubicar en el mundo un determinado espacio y darle un significado y una perspectiva a través de líneas, figuras y datos. El único problema es que detrás de estas obras cartográficas suele estar el peor enemigo del hombre: el propio hombre.

Bastante apuro tienen que pasar nuestros queridos conciudadanos, los periodistas del tiempo, cuando un compañero suyo de grafismo les sitúa Polonia en Alemania, Hong Kong en Sudamérica o el festival de Cannes en plena costa asturiana. Ellos saben bien que no existe piedad en las redes sociales para estos ‘inofensivos’ errores de cálculo y que la torpeza en televisión se paga con cachondeo en internet.

Pero hubo un tiempo en el que no existía una masa tuitera que hiciera justicia con la ineptitud de los dibujantes de mapas. Y cualquier disparate que figurara en un mapa suponía una certeza geográfica. Vamos, que el pitorreo de un cartógrafo pasado de opio en uno de los exóticos viajes de Marco Polo a Oriente podría durar siglos hasta que este fuese desmentido. Corrían tiempos dorados para el arte del troleo.

Un coleccionista de mapas llamado Edward Brooke-Hitching se ha animado a publicar un libro que recoge todas esas cagadas cartográficas de nuestros antepasados que, fortuitas o intencionadas, nos hacen reencontrarnos con el género humano. El ‘Atlas fantasma’ recorre ciudades, tierras, montañas e islas que algún día un delineante de mapas quiso creer que existían o que, como cualquier hombre del tiempo, tampoco tuvo su día.

Uno de los casos más inquietantes (y errantes) fue el de la creencia de que California era una isla separada del continente americano. Y adivinen quiénes estaban al mando de la expedición que cartografió de tal manera la costa occidental norteamericana allá por 1602. En efecto, los españoles. Y para romper una lanza a favor del monje carmelita Antonio de la Ascensión, aquel compatriota que instauró este mito de forma oficial en los mapas, habría que señalar que esta confusión estaba muy ligada a la convicción de la existencia del estrecho de Anián, un supuesto canal que conectaba el Pacífico con el golfo de San Lorenzo, en el océano Atlántico.

Esto quiere decir que de un fallo de tal envergadura y tan prolongado en el tiempo no se le puede achacar a un solo inepto, sino a una nutrida sucesión de ellos, porque la primera referencia conocida de la legendaria isla de California se remonta a 1510 en ‘Las sergas de Esplandián’, una novela caballeresca publicada por otro paisano español en Sevilla.

De acuerdo, la gloria de esta mamarrachada corresponde con justicia a España. De hecho, continuamos abanderando nuestra tozudez a pesar de los informes contradictorios de otros exploradores de la región hasta 1747, cuando el rey Fernando VI, avasallado por las insolentes evidencias que le llegaban del resto del mundo, se vio obligado a emitir un decreto real por el que afirmaba que no, que “California no es una isla”.

Las islas escandinavas

El tiempo ha sido capaz de indultar a ese pobre monje español; total, una equivocación lo tiene cualquiera. Pero en este loco atlas de los lugares erróneos, hay más de picaresca que de incompetencia. Uno de los mapas trucados más famosos de la historia es el que realizó Nicolo Zeno a mediados del siglo XIV, que no hay por donde cogerlo.

Este noble italiano presentó en Venecia un detallado mapa de Escandinavia que decía haber encontrado en el trastero de su casa junto a otras cartas de navegación pertenecientes a su antepasados, los hermanos Zeno, exploradores del siglo XIII. Lo más posible es que tal expedición a los mares del Norte nunca hubiera ocurrido y que el bribón de Nicolo, que no andaría holgado de ducados venecianos por aquellos tiempos, decidiese tirar de apellido y jeta.

Estotiland y Frisland, las dos islas fantasma que Nicolo había colocado en mitad del mar Báltico, son la prueba de que aquella carta marítima no podía haber sido fruto de un error de cálculo, porque, puesto a tirarse el farol, Zeno se puso la mar de creativo y, además de sacarse unas islas de la manga, las puso bajo el título de “el paraíso, el cielo en la tierra, la utopía”. Y vaya si eran utópica canalla: esperemos que nadie se haya quedado muñeco buscándolas en medio del gélido mar norteño.

Nuevos Estados latinoamericanos

Esto de los mapas manipulados podía arruinarle la vida a cualquiera en tiempo de exploradores. Desde luego el premio al mayor golfo de los atlas fantasmas se lo lleva el explorador escocés Gregor MacGregor, que se presentó en Londres a principios de 1800 con el mapa bajo el brazo de un país nuevo en Sudamérica.

El sinverguenza de McGregor afirmaba ser el rey de aquella nueva nación, y por lo tanto ponía en venta sus tierras para que colonos ingleses comenzasen allí una nueva y fructífera vida. Dos barcos hasta arriba de colonos, que habían vendido todas sus posesiones en las islas británicas, pusieron rumbo a las coordenadas que MacGregor había indicado en el mapa. Cuando llegaron a los supuestos dominios del escocés, se encontraron con una ciénaga desolada y con la seguridad de que el bribón de McGregor estaría a miles de kilómetros contando billetes.

Sin lugar a dudas, la geografía ha sido una fuente inagotable tanto de fantasías como de engaños intencionados. Como el caso de la Isla Bermejo, un mito que ha llegado hasta nuestros propios días sin saber muy bien cómo.

La existencia de esta isla del golfo mexicano, reconocida en diversos mapas oficiales desde el siglo XIV a mitad del XX, fue sido desmentida por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) de México en 2009. Este misterio ha levantado todo tipo de teorías, como que la CIA voló por los aires la isla porque era un yacimiento de petróleo y Estados Unidos quería ventaja con México sobre el negocio crudo, o que el calentamiento global la ha hecho desaparecer.

Gigantes sudamericanos

Lo más seguro es que se trate de otra cagada cartográfica del explorador de turno, posiblemente español, que se ha ido copiando en mapas posteriores sin que nadie la contrastara. Como se puede ver, estos patinazos geográficos suelen traer cola, da igual que seas un inepto o un granuja: si tu oficio es el de explorador tu palabra es ley ante la corte.

Díganselo al bueno de Magallanes y a todos los que le siguieron con el mito de los gigantes de la Patagonia. De aquella expedición del portugués volvieron pocos (no volvió ni él), pero los que sobrevivieron volvieron cargados de nuevos mapas y relatos, como el de que allá por las tierras del sur había hombres y mujeres de un tamaño desproporcionado.

El mito perduró, y los avistamientos de gigantes continuaron hasta 1766, cuando otro explorador lumbreras llamado John Byron dijo haber visto lo mismo que Magallanes y decidió dibujarlos en la leyenda de su mapa caminando con largas barbas y flechas. Si estos dos lo dicen… a la Sociedad Real Británica no le quedó otra opción tras ver el mapa de Byron que escribir una carta a la Academia Francesa de Ciencias afirmando que “la existencia de gigantes estaba confirmada”.

Esta antología de piscinazos históricos de exploradores y cartógrafos demuestra que por muy seguro que estemos del mundo que nos rodea siempre puede haber un mamarracho que nos la haya colado. “Pero ahora con Google Maps eso no puede pasar, no hay lugar a error”, dirán algunos; eso mismo pensaban los venecianos coetáneos del ladino de Nicola Zeno, pero recuerda que con las artes del troleo nadie está a salvo.


Con información de Geografía Infinita y The Huffington Post.

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