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Esta adorable anciana lleva 14 años colándose en funerales para prepararse ‘tuppers’

09 Oct 2017
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Que una anciana de pelo blanco, “alegre y amistosa” según sus vecinos, profundamente católica según su párroco de cabecera, asista a multitud de funerales resulta más conmovedor que extraño. Que las familias hagan lo imposible por que no aparezca por allí cuando se están despidiendo de sus seres queridos sí empieza a resultar sospechoso. Y que la prensa la haya bautizado como “la plañidera fantasma” ya es la equis que resuelve la ecuación.

Theresa Doyle, una mujer de 65 años de supuesto origen irlandés que vive en la ciudad de Slough, al sur de Inglaterra, está detrás de este particular apodo. Se lo ha ganado tras 14 años de asistir a cada velatorio que se celebraba en las inmediaciones sin haber sido invitada ni conocer al finado o a cualquiera de sus seres queridos. Su razón para acudir a las exequias era otra: comer de gañote asaltando el bufé libre.

“Sale de casa con su colorida ropa de diario, pero en la cesta de su bicicleta lleva un vestido negro que se pone en la funeraria”, comienza el relato de un vecino. Entonces, ataviada con su disfraz de plañidera, Doyle se acerca a la mesa de las viandas y “se sirve toda la comida que quiere”. Y lo hace, al parecer, sin tapujos: “Se cuela en funerales de desconocidos con total descaro”.

Aunque en el barrio de Myrtle Crescent todos saben del peculiar negocio de Theresa, fuera de su comunidad la liebre no saltó hasta conocerse la historia de Margaret Whitehead, una de sus víctimas. La anciana saqueadora se presentó en el funeral de su hija Catherine, que había fallecido a los 42 años tras lidiar con una enfermedad rara durante toda su vida.

“Estaba comiendo del bufé como si no hubiera un mañana”, recuerda la indignada madre. “Al final del velatorio se llenó un ‘tupper’ de comida y se lo llevó en la cesta de su bicicleta”.

En un primer momento, Doyle logró pasar desapercibida con su ‘modus operandi’ habitual: fingir que es alguien cercano a la difunta y charlar con otros asistentes como si tal cosa.  “En el funeral había mucha gente del trabajo de Catherine, así que simplemente supuse que era una compañera”, explica la señora Whitehead. “Cuando hablé con ella, sin embargo, me dijo que solía trabajar con Catherine como camarera. Mi hija nunca había sido camarera”.

Así se destapó el pastel y llegó a la prensa británica la historia de la plañidera fantasma, una anciana de aspecto afable que llevaba un buen puñado de años rapiñando banquetes de difuntos. “Viene a cada funeral que tenemos y si hay una recepción después, logra asistir sin haber sido invitada”, admite el padre Noah Connolly, que regenta la iglesia a la que más frecuentemente acude Doyle en busca de familias a las que acoplarse.

No obstante, el sacerdote parece hacer la vista gorda. “Es una mujer católica y está convencida de que tiene que ir a tantas misas como sea posible”, la defiende el párroco. “Lleva yendo y viniendo desde que yo estoy aquí, los últimos 14 años. Tampoco es que yo pueda decirle que no venga”.

A la señora Whitehead esta excusa le resulta peregrina. “Hay misa todas las mañanas, no tiene necesidad de ir a funerales”, protesta la enojada víctima. “Solo va donde hay comida gratis. Se entromete en la vida de las personas cuando están tristes y afligidas”.

Los vecinos que saben de sus actividades hacen todo lo posible por evitar su presencia en los velorios, pero es casi imposible mantenerla alejada. “Tuvimos un funeral de uno de los vecinos y su mujer no quería que ella estuviera, así que no hizo público dónde se iba a celebrar el velatorio”, relata un residente de la zona. “Aun así, la señora Doyle llamó a alguien para que la llevara y, como es habitual, llenó sus cajas y se las llevó. No tiene vergüenza”.

Cuando ve que no hay nada que rascar, Theresa tampoco tiene miramientos. En cierto funeral, según la narración de otro vecino, sucedió lo siguiente: “Dobló la esquina del crematorio y se puso su vestido negro. Cuando se dio cuenta de que no iba a haber comida después, se quitó la prenda negra y volvió a su bicicleta con cara de disgusto”.

Que no hubiera banquete, al parecer, le resultó indignante. Al fin y al cabo, según comentan en su barrio, Doyle no tiene otra fuente de sustento que los canapés de las eternas despedidas. En el pequeño piso municipal en el que vive no tiene ni fogones ni nevera, ni falta que le hace. Todo lo que come sale de bufés de velatorios.

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Con información de The SunDaily Mail y Metro e imágenes de INS News.

 


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