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Cuando Europa sufrió oleadas de pánico masculino por los “robos de penes”

03 Ene 2018
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Jaime Noguera

Champiñón, champiñón… 

Imagínate que eres un campesino del siglo XV. Vives en alguna aldea de Europa Central y, temeroso de Dios, cada día te dejas la espalda en el campo, de sol a sol, pagas tus impuestos y tus únicos pecados son libar aguardiente y hacer de vez en cuando una visita lúbrica a la viuda Gumersinda, cuando no a las gallinas.

La noche es oscura y alberga horrores, y es que es oscura de verdad. No hay farolas, ni puedes usar el móvil para iluminarte. Enciendes una vela de forma apresurada y te cubres con la manta en tu camastro, con miedo a dormirte y a tener nuevas pesadillas. ¡Brujas! Las imaginas riendo en la oscuridad y, como tú, todos los hombres del pueblo tiemblan bajo sus cobijas.  Una verdadera epidemia, no de peste ni de tifus, sino de robo de penes azota la región. Son muchos los afectados por esta vil práctica castradora.Las malvadas brujas (y puede ser cualquier mujer del pueblo, incluso Gumersinda) recorren los bosques y los callejones poco iluminados en busca de falos que expoliar. Le puede pasar a cualquiera, y tú no quieres que te quiten el tuyo, ni que tu virilidad acabe, como todo el mundo sabe y comenta, convertida en mascota de alguna vil hechicera…

No, no me he equivocado de medicación. La escena descrita podría muy bien haber sucedido en la Europa Central de los siglos XV y XVI, como describió el clérigo alemán Heinrich Kramer en su famoso  Malleus Maleficarum (1486, un must para todo interesado en la historia de las brujas, la magia y la hechicería. Ahora, deja de llorar, sal de debajo de la manta y toca tu Iphone para asegurarte de que estamos en el siglo XXI y ninguna esposa del Diablo va a robarte la pinga. Prepárate un café de esos de cápsulas que te tomas y prepárate para leer sobre el brujeril robo de penes en la Edad Media.

Manojos de penes

Kramer y Sprenger, los infames autores del fraudulento Malleus Maleficarum (Martillo de Brujas, en latín) reflejaron en su obra magna el miedo que albergaban los hombre del siglo XV a que sus entrepiernas se viesen mermadas por la acción de alguna bruja piruja.

“Las brujas recogen los órganos masculinos en grandes cantidades, hasta 20 o 30 miembros juntos, y los colocan en el nido de un pájaro, o los encierran en una caja”

Y es que, mientras en España nos dedicábamos por aquella época en mostrar nuestro falo conquistador por tierras americanas, en buena parte de Europa los hombres temían que el suyo fuese robado. Pero temor real. Pensaban de verdad que alguien podía venir y mangarles su juguete más preciado. En un despiste, un momento de furor sexual o mediante encantamiento mágico. Lo que nunca quedó claro es si el escamoteo del miembro viril era traumático o indoloro. Más parece lo segundo, a juzgar por el rostro del tolai del grabado “Una Bruja robando un pene” (Ausburgo, 1486)

Ni perro ni gato, la mejor mascota para una bruja: un pene

¿Qué hacían las supuestas brujas con aquellos órganos sexuales huérfanos de dueño? Según los germanos autores del Malleus Maleficarum, algunos testigos (que seguramente debieron seguir tratamiento por estrés postraumático tras enfrentarse a la visión de una caja llena de penes vivientes) la respuesta, por extraña que parezca, es esta: alimentarlos.

“Se mueven como miembros vivos y comen avena y maíz, como muchos lo han visto”

Claro, con estos polluelos repartidos por la casa, en un despiste y (como se aprecia en el siguiente grabado, de 1555), venía tu gato Azrael y se comía uno. Y ahora, a ver quién era el guapo que vonvencía al minino de que soltase a su presa.

Brujas con corazoncito

No sabemos qué tipo de tortura debían aplicar los inquisidores alemanes (menos famosos pero más cruelmente efectivos que los españoles) para conseguir hacer confesar a un, ehem, testigo, que había visto a un pene comiendo papilla, pero la cosa no quedaba en eso. Kramer dejó por escrito que las brujas (que podían robar el pene físico de un hombre o volverlo invisible, para gran ansiedad del dueño) a veces se apiadaban de sus víctimas. Según el famoso inquisidor alsaciano, cuando un hombre le pidió a una bruja que le devolviese su miembro desaparecido, esta atendió su demanda.

“Le dijo al hombre afligido que trepara a un árbol y tomase el que le gustase de un nido donde había varios miembros… Cuando intentó tomar el más grande de todos, la bruja dijo: ‘No debes tomar ese, porque pertenecía a un párroco’.

¡Qué pillín el tipo! Y los religiosos Kramer y Sprenger, que se metieron autopromoción en el texto…

No le pidas penes a un olmo

¿Ha dicho que trepase a un árbol a escoger entre una colección de mingas? En el año 2000, como vimos en Atlas Obscura, se descubrió en la Toscana (Italia) un impresionante mural que presentaba a unas mujeres ufanas recolectando turgentes miembros viriles que crecían en las ramas de un árbol (ahora sabemos de donde tomó la idea José Luis Cuerda para su “hombre en el bancal” de Amanece, que no es poco).

Según contó a Broadly, George Ferzoco, director del Centro para Estudios de la Toscana, el mural sería una de las primeras representaciones de un grupo de brujas en plena acción de cultivo de penes. Claro, debió de pensar algún prócer ajeno a los placeres de los  amores sáficos…si las brujas conseguían mediante sus malas artes el cosechar falos funcionales, ¿para qué iban a necesitar hombres? ¡A la hoguera!

¿Pero entonces, en serio, qué hacían las brujas robando penes por ahí?

Según el Malleus Maleficarum toda la brujería proviene del apetito carnal, que en las mujeres “era insaciable”. Los dos autores del nefando libro, Heinrich Kramer  y el monje dominico Jakob Sprenger, aseguraba que las mujeres caían más a menudo que los hombres en el servicio a Satán por ser “más crédulas, más propensas a la maliginidad y embusteras por naturaleza”.

“El pecado que nació de la mujer destruye el alma al despojarla de la gracia, y todos los reinos del mundo han sido derribados por mujeres. Una mujer es hermosa en apariencia, contamina al tacto y es mortífero vivir con ella.”

Estos dos religiosos, afirmaban, tan panchos, que existían tres vicios generales que tenían un especial dominio entre las mujeres: “la infidelidad, la ambición y la lujuria”.

Lo dice la escritora Sylvia Prince en su blog, pero la creación del mito de la bruja contribuyó durante siglos a alimentar la violencia contra la mujer. Solo hay que leer otra de las historia sobre robos de penes de las que fueron inventadas para rellenar páginas en el  Malleus Maleficarum.

Un hombre dejo a una mujer con la que había tenido una relación, y un par de días después, su pene desapareció. Llorando desesperado, mientras sumía sus penas en el alcohol de una taberna, se le ocurrió una genial idea. Golpearía a la mujer hasta que esta le devolviese su órgano sexual. Dicho y hecho. Tras golpearla, la estranguló hasta que el rostro de esta estaba hinchado y tomando una tonalidad morada. De pronto, sin mirarlo ni tocarlo, el hombre sintió que su pene le había sido devuelto.

Con información (por llamarlo algo) del Malleus Maleficarum, Atlas ObscuraBroadly , la Wikipedia y el blog de Sylvia Prince.

Jaime Noguera es autor de tu regalo para estas navidades: ‘España: Guerra Zombi‘.

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