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El monstruo de ‘La forma del agua’ era un carpintero cántabro

12 Mar 2018
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Jaime Noguera

El anfibio fornicador de la oscarizada como mejor película este 2018, podría haber sido inspirado por la fascinante historia de un supuesto hombre-pez de la mitología cántabra. Dirigida por el chingón director mexicano Guillermo del Toro, ‘La forma del agua” presenta la historia de un batracio (o algo) atrapado por militares de EEUU en el Amazonas, pero sin explicar su origen. ¿Podría tratarse de Francisco de la Vega Casar, el legendario hombre sirénido de Liérganes, en Cantabria? ¿Mezcló del Toro la leyenda cántabra con “La Bella y la Bestia” para crear su premiada pinícula?

¿O este personaje de leyenda solo inspiró aquella famosa canción excursionera que decia “las chicas de mi pueblo ya no van a la piscina, porque dicen que allí han visto…”

Liérganes es un pueblo cántabro de la comarca de Trasmiera, dentro de lo que se conoce como Valles Pasiegos. El pueblo se sitúa en un bello entorno natural y posee un patrimonio envidiable, en el que destacan numerosas casas señoriales. En este pueblo, según algunos escritos y la tradición oral, a mediados del siglo XVII  habría nacido Francisco de la Vega Casar, hijo de Francisco de la Vega y María de Casar. Tras fallecer su padre, relató Benito Jerónimo Feijóo en el sexto tomo de su Teatro crítico universal Francisco junior recibió la misión de viajar a Bilbao a aprender la muy crística profesión de carpintero.

De Francisco al “hombre-pez”

La víspera de la noche de San Juan de 1674, Paco se fue con unos amigotes a refrescarse a un río. Como sus compañeros, se desnudó y se zambulló en el agua, pero él no volvió a emerger, así que, obviamente pensaron que el pobre se había ahogado. Dos siglos después de su desaparición, recogió en 1884 La Ilustración Española y Americana, el alcalde de Liérganes declaró sobre aquel joven “Era bastante listo, pero abandonaba todas sus ocupaciones para zambullirse en el río, en el cual pasaba horas y horas”.

Badabadúm, badúm, badúm-badúm-badero…

Sin embargo, parecía que nuestro protagonista, bien vivo él,  prefería las profundidades marinas a la escuela de carpintería y, según el Nuevo Mundo del 3 de septiembre de 1919, viajo hasta la costa de Dinamarca, donde fue avistado por un buque holandés que incluso le lanzó un disparo de advertencia. Desde allí, el Aquaman cántabro continuó su travesía hasta el Canal de la Mancha para buscar luego aguas más cálidas, de nuevo en España.

Prisionero de Cádiz

Cinco años después, en 1679, unos pescadores de la bahía de Cádiz, avistaron en las aguas donde faneaban a un extraño ser acuático con apariencia humanoide. Quisieron atraparlo en varias ocasiones, pero era listo y (sic) escurridizo. Finalmente, en lugar de huevos cocidos, (como hace la protagonista de “La forma del agua”), los hombres de mar llevaron pan consigo y lo lanzaron al agua al ver al monstruo. Este, ajeno a que podía acabar su aventura submarina siendo servido junto a unos langostinos de Sanlúcar o unas cigalas de la Bahia, se dejó querer y fue atrapado en las redes de los gaditanos. Estos comprobaron que la supuesta gamba hiperdesarrollada era en realidad, “un hombre joven, corpulento, de tez pálida y cabello rojizo y ralo” con algunas particularidades como “una cinta de escamas que le descendía de la garganta hasta el estómago, otra que le cubría todo el espinazo, y unas uñas gastadas, como corroídas por el salitre”, según relata la web del Ayuntamiento de Liérganes. Además, no respondía a las preguntas (“¿pisha, tú que ereh?”) y parecía estar mudo.

¡Al convento!

Dado que comerse aquella cosa les podía dar unos ardores tremendos, los marinos prefirieron entregarla a un convento, en concreto al de San Francisco. Los monjes, perplejos por el hallazgo, intentaron comunicarse con el extraño ser en distintos idiomas (ignoramos si emplearon también el intercambio de fluidos).

Según una versión de la historia, la lubina humanoide acabó por tartamudear la palabra “Liérganes”. Según otra versión, tras unos buenos exorcismos, a alguien se le ocurrió entregarle papel y pluma, y lo único que escribió fue el nombre del peublo. Los franciscanos, que de geografía andaban algo pegados, se quedaron dándole vueltas al coco con qué sería aquello de “li-ér-ga-nes” hasta que uno que pasaba por allí, cántabro como el bicho, les comentó que en su tierra había un pueblo que se llamaba así. “¡Anda, ya!” le debieron decir, hasta que un tal Domingo de la Cantolla, secretario del Santo Oficio de la Inquisición llegó y les comentó “eh, que es verdad que existe, que yo soy de allí”.

De vuelta al pueblo

Ni cortos ni perezosos, los religiosos mandaron cartas a la Tramiera. a ver si había pasado algo raro por allí. Desde Liérganes les escribieron de vuelta, comentádoles que la la desaparición de Francisco de la Vega, cinco años atrás era lo único reseñable que habían vivido en el pueblo en los últimos tiempos.

Los monjes miraron de reojo a su huesped escamoso. ¡A ver si iba a ser este!

En 1680, un monje (según las crónicas, llamado Juan Rosendo o Rosendé),  se ofreció para acompañar al hombre anfibio al dichoso pueblecito cántabro, y se pegó un viaje hasta allí a cargo de los fondos del monasterio gaditano. Cuando entraron en el término municipal de Liérganes, el supuesto Francisco se adelantó al religioso y se puso a caminar hasta llegar a una casa donde le esperaba María del Casar. Esta pareció reconocerle, expresando gran alegría por recuperar a su hijo perdido (o quizás pensó “menudo maromo, y medio lelo, me lo quedo”). A juzgar por la reacción del presunto hombre pez, bien podría tratarse del segundo caso:

“…pero el expresado Francisco ninguna novedad, ni demostración hizo más que si fuera un tronco.”

La vida contemplativa del increible hombre-pez

Paco vivió tranquilo nueve años junto a su recuperada familia, sin mostrar ningún interés por nada, rehuyendo el contacto humano. Su comportamiento fue descrito por Gaspar Melchor de la Riba Agüero, caballero de Santiago y vecino de Gajano (Cantabria).

“Andaba siempre descalzo y lo mismo le daba ir vestido que desnudo. No solicitaba la comida, pero si se la ponían delante o veía comer, comía y bebía mucho de una vez y después, en tres o cuatro días no volvía a comer”.

Además, solo era capaz de articular tres palabras en castellano: “tabaco”, “pan” y “vino”.

De vuelta al mercado laboral

Al chavalote había que darle algún quehacer, así que le encomendaron hacer de chico de los recados. El problema es que parece que el hombre sentía añoranza por las aguas, por lo que, durante el desarrollo de su actividad laboral, volvió a las andadas (o a las brazadas, en este caso). Así lo contó Benito Jerónimo Feijóo:

“En una ocasión, entre otras, que su sujeto de Liérganes le envió a Santander con papel para otro, siendo preciso pasar la Ría, que tiene más de una legua de ancho, y para eso embarcarse en el sitio de Pedreña, no hallándo allí barco, se echó al agua, y salió en el muelle de Santander, donde le vieron muchos mojado, y el papel que traía en la faldriquera, el que entregó puntualmente al sujeto a quien venía dirigido; el cual preguntándole, que cómo le había mojado, nada respondió, y volvió la respuesta a Liérganes con su regular puntualidad.”

Y esto, hasta que a Francisco le debió parecer cortita la paga o se le hincharon las agallas con tanto “llévale esto a fulanito, llévale aquello a menganito” y se dió el piro. Algunos aportaron un final romántico a la historia del hombre-pez, con su madre contemplando como su Paquito se alejaba nadando por el río Mieres, hacia el sol poniéndose en el horizonte. Quizás fue algún bisnieto suyo el que acabó siendo capturado en el Amazonas y convirtiéndose en juguete sexual de Elisa Esposito.

Eh, un momento…¿no es todo esto una magufada del quince?

Bueeeeno, un poco. Según el legendario médico endocrino, científico, historiador, escritor y pensador español Gregorio Marañón, era más probable que Paco “hombre-pez” hubiese embarcado en Vizcaya, con destino Cádiz. Sin duda, en busca de chirigotas, fornidos marinos y tortillas de camarones.

Por cierto Marañón quiso poner algo de sentido común (y ciencia) a la leyenda, describiéndola como un probable caso de cretinismo. Como escribió José María Herrán Valdivieso en “El hombre-pez de Liérganes” (Santander, 1877) “Los cretinos resisten mejor debajo del agua y su piel escamada indicaría una ictiosis

Hoy, en día, si pasas por Liérganes, puedes sacarte una foto al lado de una estatua erigida en honor de Francisco de la Vega Casar. Tambien hay un museo y una placa en la que se puede leer: “Su proeza atravesando el océano del norte al sur de España, si no fue verdad mereció serlo”.

Con información de La Ilustración Española y Americana, Nuevo Mundo , el Tomo 6 del Teatro Crítico Universal y la web del Ayuntamiento de Liérganes.

Jaime Noguera tiene una novela primorosa titulada  España: Guerra Zombi.

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