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“Prohibida la entrada a negros”: los objetos más escalofriantes del museo racista de Jim Crow

12 Abr 2018
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Luis Landeira

“El mono más chulo de la jungla”: así rezaba la frase de la sudadera que un niño negro llevaba en una foto que la firma H&M publicó a principios de este año en su página web. Por supuesto, la marca fue masacrada en redes sociales y se vio obligada a borrar deprisa y corriendo la imagen. Tres cuartos de lo mismo sucedió hace poco con el anuncio de una confitería alemana en el que aparecía un bebe negro en pañales junto a unos pasteles de chocolate.

Pero si el racismo implícito en este par de anuncios les ha hecho encanecer, deberían ver cómo se las gastaban en los Estados Unidos hasta no hace mucho. Si no me creen, déjense caer por el Jim Crow Museum of Racist Memorabilia, en la ciudad de Big Rapids (Michigan): todo un museo consagrado a exhibir objetos racistas de ayer y hoy.

El museo debe su nombre a Jim Crow, que no es ni un miembro del Ku Klux Klan ni un Kunta Kinte vocinglero, sino un personaje de “Jump Jim Crow”, espectáculo musical caricaturesco del siglo XIX interpretado por un actor blanco que pintaba su cara de negro para emular a (agárrense y no se meneen) un esclavo afroamericano con discapacidad física.

Pero no se me asusten, que les veo. Porque  pese a su incorrectísimo nombre, el museo de Jim Crow tiene como objetivo “usar objetos de la intolerancia para enseñar tolerancia y promover la justicia social”. No en vano, el fundador del invento es el doctor David Pilgrim, sociólogo y vicepresidente de Diversidad e Inclusión de la Universidad de Ferris State.

¿Se atreven a echar un ojo a algunas de las piezas más impactantes de tan singular museo? Pues consigan un bote de betún negro, píntense la jeta con él y viajen con nosotros a un mágico mundo de color.

“Surtido de chocolates”, reza esta tarjeta que pasaba de mano en mano y desencadenando risas flojas. Seguro que hoy haría encanecer al mismísimo Donald Trump.

Coca-Cola, que con tal de vender botellines siempre se adapta a las modas que vienen y van, se apuntó al racismo con pasmosa desfachatez. En los años 40 del siglo XX, y por si quedaba alguna duda, advertía en sus máquinas expendedoras que su brebaje negro era “sólo para clientes blancos”.

El museo también atesora una rara colección de pulps, noveluchas baratas tan explícitamente racistas como esta “Cómo duerme la bestia”, en la que una despampanante rubia visita a un criado negro en su cuadra para beneficiárselo. El resultado de la coyunda se adelanta en la esquina de la portada:

EL HOMBRE – NEGRO

LA MUJER – BLANCA

EL SALDO –  LINCHAMIENTO

En esta otra foto que data del siglo XIX vemos que el trabajo de las mucamas negras pasaba por hacer de mulas humanas para que los retoños blancos se entretuvieran y no dieran la tabarra a los amos.

En esta esquina del museo se muestra un palpable ejemplo de lo que fue el humillante segregacionismo yanqui: una fuente bien limpita y a la altura de los morros “sólo para blancos”, y otra embarrada y a un palmo del suelo para que las personas “de color” echen un trago de agua sucia, a cuatro patas como bestias.

En en estados como Misisipi, Alabama o Georgia pasaban de mano en mano estas tarjetas con chascarrillo racista. En esta en concreto se explica muy gráficamente que Darwin se equivocaba: el negro no desciende del mono, sino… del melón.

Pero no todo es negro en el museo de Jim Crow. Y para botones de muestra, estas blanquísimas y entrañables figuritas de porcelana que representan a miembros del Ku Klux Klan y que no tienen nada que envidiar a las creaciones de Lladró. Detrás, una matricula de Georgia perteneciente a un miembro del “KLAN“.

Preciosa postal de San Valentín, ideal para declarar el amor a la amada con campechanía y humor negro. “Si me dices que no, seré ahorcado”, reza la frase en negrita. Fíjense en el detalle de la cuerdecita de verdad representando la soga.

El disparatado tabloide “The National Tattler”, que hacía bueno a “Noticias del mundo”, y su negrísimo titular: “Mujer negra da a luz a un bebé simio”. Para gritar.

El propietario de la bolera de Oklahoma donde colgaba esta chapa hasta no hace mucho lo tenía claro: ni perros, ni negros, ni mexicanos. ¿Es un efecto óptico o de la letra “N” del “NO” cuelga una pequeña soga a modo de velada amenaza?

Grilletes, bolas y cadenas: así evitaban los negreros que sus esclavos africanos se escaparan de la plantación. Sin duda son las piezas más impactantes del museo.

Gasolinera racista fundada en 1931. Además de lo que parece un póster de Jesucristo en la ventana, vemos cuatro carteles espantanegros, con frases como “Ningún negro o mono será admitido en este local” o “Los negros no gustan ni en el norte ni en el sur. Devolvedlos al África, donde Dios Todopoderoso estableció su morada”.

Entre los muchos jabones que usaron el racismo para publicitarse, destaca este de Cook’s: cinco negritos contemplan maravillados por la ventana cómo Mami Flannigan le quita a su criatura la roña a golpe de cepillo, y lo vuelve a convertir en un sonriente niño blanco. Pero, ¿podrá hacer lo mismo con los cinco negritos?, parece preguntar la ilustración.

En los  años 60 y 70 del siglo XX, el Gobierno de los Estados Unidos trató de que en todos los colegios del país blancos y negros compartieran clases y hasta pupitres, provocando todo tipo de exabruptos racistas. Este cartel advierte de los peligros que conlleva la mezcla de razas: violaciones, crimen, extorsión, canibalismo, sexo interracial y, por consiguiente, “UNA RAZA DE MULATOS”.

Y nos despedimos con dos de las más preciadas alhajas del museo de Jim Crow: un puñal y una chapa del Ku Klux Klan. Aunque muchos consideran al Klan un fantasma del pasado, lo cierto es que sigue en activo y en la actualidad cuenta con miles de afiliados, aunque parece que sus prioridades ya no son los negros, sino la inmigración.

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