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Sabina Urraca: “No tenía ni idea de quién era Máxim Huerta hasta hace tres días y me he sentido bastante paleta por ello”

10 Jun 2018
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Iñaki Berazaluce

Sabina Urraca ya era la gran esperanza blanca del periodismo antes de publicar su primera novela, la descarnada y sorprendente ‘Las niñas prodigio’ (Fulgencio Pimentel). Si en los reportajes que escribe para medios como Vice, El Diario o La Sexta explora el llamado periodismo gonzo o de inmersión, en su libro practica la autoficción, esto es, entremezcla vivencias propias con episodios inventados o prestados de vidas ajenas. Urraca, que presenta el próximo lunes en Ibiza, ‘Las niñas prodigio’ defiende en esta entrevista que “toda la ficción es en realidad autoficción” y reconoce, compungida, que hasta su nombramiento como Ministro de Cultura ignoraba quién era Máxim Huerta. A mí me pasó igual, le consuelo. Yo tampoco tengo tele.

¿Qué le pedirías como escritora a Máxim Huerta?

En primer lugar, que se descentralice la cultura. Ahora mismo está focalizada en las capitales, y creo que hay que difundir, mostrar, enseñar a apreciar la suerte de poder tener eventos culturales de calidad también en provincias.

¿Para no verse obligado a emigrar a la ciudad?

Para eso también, sí. Más cosas: casi toda la gente que nos dedicamos a la cultura somos autónomos. Hay que regular esto de una vez. No puede ser que haya países en los que los autónomos pagan 70 euros al mes y nosotros estemos dejándonos casi 300 mensuales.

¿Algún otro deseo?

Dos más: reducir el IVA cultural y un plan de fomento de la lectura que no apeste a rancio.

¿Qué te trae por Ibiza?

Presentar mi primer libro y, si todo sale bien, empezar el siguiente.

¿Sigues algún tipo de método propio para trabajar?

Cuando escribí ‘Las niñas prodigio’ vivía en una casa de campo y había una ventana grande que daba a un prado. En una de las dos hojas de esa ventana puse todos los nombres de los capítulos (tenía más o menos claro qué quería contar en cada uno de ellos, y les puse nombre en función de ello), y, a medida que los iba acabando, los iba pegando en la otra hoja de la ventana. De este modo, cada día al levantarme y abrir la ventana hacía un balance de cómo iba el libro.

Ahora no sé si lo haré igual, porque no tengo capítulos cerrados aún.

Nadia Comaneci, la niña prodigio por excelencia.

No te hace mucha gracia que te pregunten cuánto de autobiográfico hay en ‘Las niñas prodigio’, ¿por qué?

Me da pena que alguna gente no sea capaz de aceptar el pacto de ficción que yo les propongo. Aparte de que ni siquiera yo puedo decir qué es real y qué no, creo que el creador de cualquier cosa pone una parte de sí mismo en sus obras. Es como si le preguntases al creador de ‘Los Simpson’ qué detalles exactos de cada capítulo son vivencias propias. Estoy segura de que hay muchísimo de sí mismo en muchas de las historias de la serie. Se volvería loco, ¿no?

Intento no hablar de eso, tan sólo con gente muy cercana… Ni siquiera mis padres lo han querido saber, y me ha parecido una actitud muy elegante. Hemos aceptado que es así, es un libro, y ya está. Hay cosas que no son reales en mi novela que a mí me representan más que las que son reales. Muchas veces se transmite mejor una emoción que has sentido volcándola a la ficción que contando un hecho real.

En la charla que disteis la semana pasada en la Feria del Libro de Madrid, Juan Soto Ivars evitó pudorosamente llamar “novela” a ‘Las niñas prodigio’. ¿Estamos ante una novela o una autobiografía ficcionada?

Para mí es una novela. Al final todas las novelas que consideramos que están en el terreno de la ficción son, en realidad, autoficciones. Ahora mucha gente está cargando contra la autoficción, diciendo que es una nueva moda y posicionándose en contra de ella, pero lo único que ha cambiado con respecto al pasado es que se le ha puesto un nombre.

¿También ‘Los episodios nacionales’?

También. Porque tú coges unos personajes y los pones a discurrir, pero esos personajes, esos hechos que quieres contar, están dentro de ti, son tú de alguna forma. Me gusta mucho lo que dice Daniel Clowes sobre su cómic ‘Ghost world’. Él, que es un señor, crea dos personajes que son dos chicas adolescentes porque la mezcla de ellas dos es una representación de sí mismo en diversos momentos de su vida, o algo así. Yo muchas veces cuando quiero contar algo que pienso lo pongo en boca de personajes. Es algo que incluso hago en Facebook. Hace poco, estaba presentando una antología en la que participo, y entonces conté que una vez, en una calle de Madrid, oí decir a un señor: “A veces me canso de vivir, pero nunca me canso de Madrid”. Eso es mentira, nunca he oído a un señor decir eso; lo he sentido yo. Es una forma de hacerlo bonito porque si digo que esa frase la digo yo quedaría muy ñoño.

¿Sobreactúas en tu vida cotidiana para tener peripecias más novelescas, y tener así una vida de novela?

Sí. Desde pequeña he querido vivir una vida novelesca porque leía mucho y quería ser un personaje, no lo podía evitar. Yo hago todo el esfuerzo posible para que sea así, aunque no siempre sucede. La gente me pregunta mucho: “¿cómo te encuentras con estas situaciones?” Es porque voy predispuesta. Escucho a desconocidos, o me pongo yo a hablar con ellos, porque siempre encuentro historias interesantes y puntos de vista inauditos.

El montaje de Strambotic que “fraguó” nuestra amistad.

Pasado el tiempo de aquel famoso artículo de ‘El Estado Mental’, ¿qué supuso para ti?

Hubo un momento en el que yo solo era eso, y estaba bastante quemada, porque la gente me paraba por la calle. Me gritaban cosas. Un día bajé en pijama al Carrefour de Lavapiés. Había una cola enorme y de pronto dos chicas de la cola se hicieron una foto conmigo. Imagínate: toda la cola mirando, y yo allí en pijama. Mi familia lo llevó regular en algunos momentos. Marichalar me pedía 30.000 euros, con lo que podía haberme arruinado para siempre…

Aquello te hizo muy famosa de la noche a la mañana. Yo mismo te conocí a raíz de ‘Pesadilla en Blablacar’…

Eso es cierto, pero fue una fama agridulce. Me sentía ridiculizada e incomprendida, porque yo lo que había pretendido hacer era un ejercicio de autocrítica. Ni siquiera le estaba criticando a él. Lo que trataba de explicar es por qué nos estamos dejando acogotar por esta peña que tiene tanto poder, por qué somos tan pringados… y yo la primera, porque en realidad no fui capaz de decir nada, de pararle los pies a este tío durante aquel viaje infernal. Aquello pretendía ser un ensayo y se tomó como un cotilleo. Estaba enfadada porque tengo la sensación de que todo lo que cuento se toma a cachondeo y no, yo soy una persona que en determinados aspectos soy muy seria. Me da miedo verme catapultada a un mundo histriónico, como si fuera un payaso.

¿Qué aprendiste de aquella aventura?

Que cosas que yo ponía en movimiento podían acabar teniendo consecuencias contrarias a las que yo deseaba.

Sabina, Murcia e Iñaki, platicando en el Festival Poetas de Madrid.

Sabina Urraca lo dará todo mañana, lunes 11 de junio en la librería Sa Cultural de Ibiza.

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