Voces del pasado

05 Jun 2013
Compartir: facebook twitter meneame
Comentarios

En aquél país en blanco y negro la televisión ofrecía distintas gamas de grises y hasta los presentadores de los programas más frívolos parecían vestir de medio luto y dejaban traslucir detrás de sus sonrisas impostadas un aire de desvalimiento y tristeza. Prado del Rey era un vivero de censores y policías, confidentes, delatores y pícaros, un ente ominoso al servicio de la clase dominante enquistada en el poder superlativo del franquismo. Poco faltó para que los locutores, bustos parlantes, muñecos de ventriloquia, fueran uniformados aunque al final se decidió que bastaría con el medio luto perpetuo y generalizado. Películas y series pasaban por el estricto control de dos censores, político y religioso, el primero con pistola en el sobaco y el segundo con la negra sotana a juego con su alma. La palabra estaba secuestrada, el guión previo se imponía incluso en las entrevistas aparentemente más espontáneas, en las presentaciones y en los comentarios y sobre todo en los informativos, partes de guerra en tiempos de paz, arengas y sermones. Todos los sobrinos tontos de los gobernadores civiles trabajaban allí, lo reconocía, entre copas, un campechano director de la casa, casa de Tócame Roque, casa cuartel y patio de Monipodio.

Lo he recordado (son demasiados, y malos, recuerdos los que afloran en estos días de tribulación y retorno al pasado) al ver como en la RTVE de hoy, como en la de antaño, los buenos profesionales sobreviven infiltrados en los escasos programas informativos que no tienen nada de lo que arrepentirse, espacios semanales, generalmente confinados en la segunda cadena o en horarios imposibles de seguir para la banda menguante de los asalariados. El paro crea miles de espectadores resignados pero la preeminencia de los informativos de RTVE ha sido abolida por una audiencia escarmentada y desconfiada. El gobierno del PP ha retomado los antiguos y perversos hábitos, ya no hay censores uniformados, los policías y los espías al servicio de los que mandan ya no visten de uniforme ni llevan pistola pero a menudo se delatan con sus informes a la superioridad sobre las desviaciones ideológicas de sus presuntos compañeros. La televisión pública se hunde, la hunden para entregarla luego, cautiva y desarmada al mejor postor. Telemadrid es el ejemplo a seguir, tierra quemada, ruinas, desperdicios, escombros, la brigada de demolición de la televisión autonómica llegó a RTVE para continuar con su labor destructiva.

La palabra libre, y no digamos la libre opinión han sido desterradas de la programación y en los telediarios de la uno, se dan indicaciones sobre el debido recato de nuestras jóvenes y otros temas relacionados con la moral y las buenas costumbres. No es nieve es caspa lo que de vez en cuando inunda la pantalla. Otras cadenas, menos encadenadas al poder se abren hueco entre las audiencias. La palabra secuestrada fluye en apasionadas (casi nunca apasionantes) tertulias donde confluyen y divergen diferentes opiniones. En la Sexta, paradigma de una televisión sin domesticar, Évole despidió de la temporada con un repaso por nuestros males y penurias y Ana Pastor inauguró un nuevo espacio sin tertulias. El Objetivo presenta datos y elabora informes, no opina pero deja las cosas claras para que la opinión de los espectadores se forme bien documentada. Las mentiras emergen con luz roja, dilucidadas por la objetividad de los hechos. Los informativos de la Sexta, son a menudo opinativos, pero la opinión que expresan suele ser un reflejo de la opinión pública ante escándalos suficientemente probados. La objetividad periodística es un mito, cualquier selección de contenidos es de por sí subjetiva, pero se hace lo que se puede y lo que se puede es siempre poco en este carrusel de Babel donde chapotean justos y pecadores.

Una objeción, lo que se hace es más radio que televisión. Vistas una vez las caras de los tertulianos y debatientes, lo único que cuenta son sus  sus palabras, la derecha recalcitrante y la izquierda acomplejada cruzan venablos y alzan la voz en un guirigay que siempre suena mejor que una salmodia. “Aprenda a usar la televisión, ponga la radio” era el lema que utilicé durante un tiempo en un programa de la casi difunta Radio Nacional de España, hoy también devastada por los bárbaros.