La televisión domesticada

12 Jun 2013
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TeleMadrid es una cadena autonómica residual que  arrastra el peso de una  programación devaluada, una cadena que sus responsables, con denodado esfuerzo, han condenado a la marginalidad de una programación que rellena los espacios entre los informativos con viejas películas, preferentemente bélicas y del Oeste y otros restos de serie, saldos de las grandes rebajas emprendidas por la dirección que, tras la implantación de un ERE ilegal, se entregan a desmontar los últimos vestigios de objetividad y profesionalidad que quedan por los rincones  sin barrer de la Casa.

Cualquier esfuerzo es poco para terminar de hundir a la que un día fue ejemplo de televisiones locales, nunca neutral pero al menos discreta a la hora de difundir los mensajes de los entes directivos, hasta que llegó Esperanza Aguirre para reciclarla en este vertedero en el que agonizan los pocos profesionales que sobrevivieron a una liquidación programada y perpetrada a conciencia. El sistema utilizado para la autodestrucción de TeleMadrid es el mismo que los gobernantes del PP suelen usar para privatizar las empresas públicas y ponerlas en manos de sus colegas y cómplices a buen precio. Cualquier día la Comunidad de Madrid venderá por un euro, equivalente a treinta monedas, un canal que en su día fue casi rentable y bien valorado por la audiencia. Pero hoy TeleMadrid no es necesaria porque en la programación de la TDT abundan las cadenas privadas que aprovechando las graciosas concesiones del poder autonómico se dedican sistemáticamente a lo mismo, defender las innobles causas de sus mentores y patrocinadores con informaciones sesgadas y variadas manipulaciones. TeleMadrid no informa, adoctrina a sus espectadores adictos, pocos pero militantes que escuchan lo que quieren escuchar y no ven más allá de las narices de sus portavoces, sus testaferros y sus cantamañanas.

En un programa reciente, el canal autonómico, superó todas las expectativas de la manipulación adoctrinando contra las series que adoctrinan, según ellos, a los telespectadores enfrentándolos con nuestro pasado reciente , contando historias de la Historia. Para los ideólogos de TeleMadrid muchas de estas series son una especie de  “educación para la ciudadanía”, asignatura maldita y condenada. Dedíquense las televisiones a las series históricas de verdad, a las recreaciones medievales al estilo del “Far West” con espadachines justicieros, reyes sabios y prudentes y reinas pendientes de canonización. Olvídense del siglo XX, no metan sus sucias manos en esa materia candente del ayer inmediato, aléjense del presente y si quieren echar una ojeada al pasado reciente recurran a las viejas películas españolas de los años sesenta y primeros setenta, cuando una censura ubicua entraba a saco en las doctrinas disolventes y defendía a ultranza (que viene de ultra) “la moral y las buenas costumbres” establecidas por el mando. En la visión cinematográfica de aquellos años no existía en España el adulterio, menos el divorcio, ni las drogas, ni el sexo explícito, ni los gays, en todo caso simpáticos y graciosos mariquitas. De Paco Martínez Soria al primer Alfredo Landa, el adoctrinamiento era feroz, los varones españoles eran mayormente unos salidos, unos cachondos reprimidos y acosadores que eran reconducidos hasta un final feliz y moralizante.

Las series de hoy cuando se refieren a aquellos años lo suelen hacer de una manera crítica, poniendo en solfa y en evidencia los avatares de aquellos años en los que España era reserva espiritual del Occidente cristiano y bastión del catolicismo militante. Las series de hoy, advierten en TeleMadrid, están llenas de clichés y proponen comportamientos aberrantes. No hay más que ver sus títulos: “Con el culo al aire”, ¡Han dicho “culo”! y dicen caca y pis y coito, y en cualquier momento dirán que Franco era un cabrón, que la Transición (que viene de transigir) no fue para tanto e incluso se atreverán a arremeter en el campo de la ficción contra el ministro Wert y otras figuras políticas de relevancia. Menos mal que a los madrileños nos queda TeleMadrid, autoerigida como guardiana del orden y de la moral, como Consejo de la Santa Inquisición y Tribunal de los supremos ajustes de cuentas.