Regalos griegos

19 Jun 2013
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Grecia ha sacrificado en el altar de la Troika su televisión pública. Desconozco los niveles de calidad y objetividad de la misma aunque es fácil imaginarla devaluada y sometida a los terribles avatares que están experimentando el estado heleno y sus instituciones, secuestradas por los grises tecnócratas llegados del norte, bárbaros que hoy representan una cultura presuntamente superior a las que nacieron a orillas del Mediterráneo. Quizás la benévola climatología y las buenas cosechas llevaron a los griegos a la molicie y a la filosofía, a cultivar el espíritu entre naranjas y olivos mientras  los habitantes de otras geografías menos afortunadas inventaban una civilización de resistencia, sufrimiento y esfuerzo para sobrevivir en páramos helados y estepas estériles donde no calentaba el sol.

Desconfía de los griegos que hacen regalos reza un axioma latino que glosa la feliz estratagema del Caballo de Troya. Grecia ha ofrecido a la voracidad omnívora de los amos del norte su televisión como una prueba más de sumisión. El desiderátum de las cadenas públicas es informar, formar y entretener al margen de las directrices de los políticos de turno en el gobierno, un objetivo imposible de cumplir en su totalidad pero que ha permitido, en determinados momentos, una cierta aproximación, una imagen de pluralidad casi convincente. El hecho de que en nuestra televisión pública los partidos más votados se repartan proporcionalmente los tiempos informativos, pese a ser norma aceptada por los grupos políticos mayoritarios como garantía de supuesta imparcialidad, desbarata cualquier labor periodística y produce retahílas de declaraciones y contradeclaraciones, comentarios y reacciones totalmente prescindibles, los informativos naufragan en el tedio de los bustos parlantes y sus discursos vacíos. Si no fuera por esta regulación, comentan los portavoces de la oposición la televisión pública sería un coto privado donde solo cazarían los populares y sus ocasionales aliados. De alguna manera ya es así, casi nadie cree en las coartadas salvo los que se benefician de ellas. En RTVE se manipula y se mutila a modo mientras los índices de audiencia se desploman, pero pese a todo, nuestros guardianes de las ondas y de los rayos catódicos se atreven a dar consejos a sus telespectadores supervivientes sobre como tienen que vestir y pensar conforme a obsoletos códigos de conducta y costumbres y hasta en la moribunda TeleMadrid, osan sermonear sobre la intrínseca inmoralidad de algunas series y programas que narran aspectos de nuestra historia más reciente. Ese pasado inmediato avergüenza a la derecha más recalcitrante que se ve reflejada y retratada con tintes muy oscuros.  En algunas de esas series los ricos también roban, los políticos se corrompen y abundan los policías sádicos y los curas lujuriosos, los caciques despóticos y los militares asesinos. La mayor parte de los guionistas se decantan del lado de los pobres y oprimidos, de los rebeldes, con o sin causa, de los humillados y pisoteados. No sirve que de vez en cuando aparezcan políticos honrados, caciques bondadosos, policías dignos y sacerdotes abnegados, eso no cuenta, sus contrafiguras negativas llevan el peso de la historia, de las pequeñas historias de la historia común vista  desde el lado de los que no la escribieron. Si el gobierno pudiera, el nuevo y polémico diccionario histórico sería la guía para la confección de series, Franco sería un gobernante autoritario pero no un dictador y la Pasionaria un endriago con cuernos y rabo.

El modelo griego es exportable, la televisión pública una entelequia muy cara de la que podremos prescindir muy pronto en aras de un mejor comportamiento europeo. Si cae la televisión pública no habremos perdido mucho, cada día perdemos menos porque la televisión pública parece definitivamente perdida y dispuesta al sacrificio, solo queda privatizarla y entregarla a la rapiña y al saqueo.