Me siento culpable de Ana Rosa

19 Nov 2009
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Cada día ve su programa algo así como medio millón de espectadores. Mejor dicho: lo tienen sintonizado. Yo he sido uno de ellos en ocasiones y les aseguro que no le presto la misma atención que a un capítulo de Perdidos. Igual por eso no lo entiendo.

Medio millón de personas no está mal. A la misma hora hay porgramas con menos público que este blog (los pobres, ¿eh?). Incluso podríamos decir que es un porcentaje considerable de los televidentes de ese horario. Concretamente ronda el 20%. Vale. Con esos datos, Ana Rosa Quintana se considera la Oprah Winfrey española. Si tenemos en cuenta que la americana tiene una audiencia de más de siete millones desde hace un porrón de años, es como si yo les dejo un euro para el autobús y pido a los del barrio que me llamen el Emilio Botín de Chonilandia. A lo mejor lo dice porque ambas rejuvenecen año a año, al contrario de todas las demás personas. Excepto Sara Montiel, quese quedó atascada en la misma edad en algún momento del Renacimiento.

Los comentaristas del medio tenemos más delito, porque por ese medio millón de no-tan fieles le hemos asignado el título de reina de las mañanas. A menos que sea un paralelismo con doña Sofía (y no entraré en detalles), es mucho más reina de las mañanas Federico Jiménez Losantos, con el más de millón y medio de parroquianos que le seguían durante su etapa en la Cope, según el EGM. O Carlos Herrera, con su bigote y análogas cifras de audiencia en Onda Cero. Y, sobre todo, Carles Francino, que se lleva de calle a cerca de tres millones de oyentes cada mañana en la Ser. Y eso que no cuenta con el lobby taxista.

Con estos mimbres, atribuimos a Ana Rosa una capacidad de influencia que ha logrado gracias a que le reímos las gracias y las llevamos al resto de medios, que actuamos como caja de resonancia. Gracias de nada como la del libro famoso o como llevar a menores para alimentar su versión de saloncito de El caso. La culpa nos perseguirá igual que a Pablo Carbonell desde que en CQC hizo parecer a Esperanza Aguirre nos pareciera una locuela graciosa e inofensiva.

Todo esto viene a cuento de unas declaraciones de la presentadora para Vanity Fair, que he leído en Xornal.com, en las que dice que “hubiera sido una buena política”. Quiere decir, en realidad, que le hubiera ido bien en política, lo cual es cierto. No porque sea una experta en vender humo como tantos otros profesionales de la política, sino porque haría que nosotros lo vendiéramos por ella.

Me uno desde aquí a la protesta por el despido de varios compañeros de la plantilla de Público. El comité de empresa ha llamado a todos los redactores a no firmar sus textos en la edición del jueves. Como por las cosas técnicas de los blogs no puedo hacer eso, sirva este parrafín como muestra de apoyo y pataleo


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