1 de octubre: terciando en el debate Llonch-Garzón

18 Jul 2017
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Josep Maria Antentas
profesor de Sociología de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB)

El intercambio público epistolar entre Pau Llonch, militante de las Candidatures d’Unitat Popular (CUP) catalanas, y Alberto Garzón, Coordinador Federal de Izquierda Unida, a propósito del referéndum sobre la independencia de Catalunya del próximo 1 de octubre constituye una grata y estimulante sorpresa. Animado por ella no he podido resistir auto-invitarme periféricamente en la discusión, esperando no entrometerme demasiado y, en especial, deseando no contrariar al compañero Garzón, de quien discrepo en lo fundamental de su posición ante el 1 de Octubre y del análisis de lo acontecido desde el 11 de Setiembre de 2012. De hecho, mi artículo es esencialmente una réplica a lo defendido por el Coordinador de IU, acompañada de algunas consideraciones sobre el proceso independentista catalán y la política de Unidos Podemos al respecto.

El debate entre Llonch y Garzón lleva imbuido una pugna paralela sobre cuestiones de método. No creo que la contraposición entre ambos sea tanto una diferente concepción de lo abstracto y lo concreto sino más bien la capacidad para leer políticamente, cuestión muy leninista por cierto, las consecuencias del movimiento independentista catalán. Es sobre esto en lo que voy a centrarme.

1.El proceso independentista. El movimiento que irrumpió masivamente el 11S de 2012 es fruto de una triple dinámica acumulativa: el legado reactivo al españolismo agresivo del segundo gobierno Aznar (2000-04), el consiguiente fracaso de la reforma del Estatut de autonomía culminada estrepitosamente con la sentencia del Tribunal Constitucional en julio de 2010, y el impacto de la crisis económica y el giro hacia las políticas duras de austeridad. Bajo el liderazgo de la Assemblea Nacional Catalana (ANC), se configuró desde el comienzo como un movimiento democrático construido entorno a la consigna exclusiva de “independencia”, desconectándola de cualquier propuesta de cambio de modelo social y de crítica a las políticas de austeridad.

Su base social es interclasista pero escorada hacia las clases medias y la población joven y de mediana edad. La alta burguesía catalana, como afirma certeramente Llonch, ha estado opuesta al mismo desde el principio y entre bambalinas ha procurado hacerlo descarrilar o avanzar hacia ninguna parte. Las dudas de Garzón en este terreno no son pertinentes. Ello no quita constatar al mismo tiempo que buena parte de las clases populares catalanes no tienen al independentismo como horizonte de futuro y permanecen divididas al respecto. Igual que los segmentos activistas y militantes.

2.Falacias estratégicas y potencial democrático. El sentido común del independentismo mainstream se ha basado en la primacía de la cuestión nacional como marco de identidad compartida (“los catalanes tenemos que unirnos porque tenemos intereses comunes”) y en la primacía estratégica de poseer un Estado propio como palanca para decidir que modelo de país (“sin un Estado no puede hacerse nada”). Esta doble primacía, lo nacional y el Estado por encima de todo, se completó en el caso de los partidarios de un cambio de modelo económico por una cierta perspectiva etapista (“primero la independencia y luego ya nos pelearemos por lo demás”). Ello configuró un movimiento basado en fuertes y graves falacias estratégicas pero, a la vez, con un proyecto democrático que chocaba frontalmente con el marco institucional del Régimen de 1978. Para la izquierda contraria al capitalismo neoliberal, este es el punto de partida de todo análisis estratégico serio.

Garzón afirma certeramente que “hay una canalización populista de la frustración popular ante la crisis y el capitalismo. Dicho de otra forma: la independencia ha sido presentada también no como el derecho democrático del pueblo catalán sino como la solución a males económicos y sociales padecidos individualmente“. Ahí está la gran contradicción de la política catalana contemporánea: gran parte de las aspiraciones de vivir mejor se han encauzado hacia un proyecto concreto, la independencia, que en ningún caso las garantiza. Pero los límites de la propuesta independentista en sí y del proceso abierto en 2012 son más fáciles de señalar desde un compromiso democrático con el ejercicio al derecho a decidir y, ahora en lo concreto con el 1 de Octubre, que desde la distancia. Y a la vez, sus aporías no impiden reconocer su potencial democrático ni intentar profundizarlo hacia una pulsión constituyente que desborde definitivamente al PDeCAT. La mezcla de pasividad y rechazo ante el independentismo que emana la política de Unidos Podemos, y más sorpresivamente de Catalunya en Comú, no ayuda en nada a superar los límites del aquél ni en aprovechar su potencial.

3.Política de la CUP. Durante estos cinco años la CUP combinó su compromiso con el proceso independentista con la afirmación de un programa anticapitalista. Jugó sin embargo en demasía desde dentro del marco del procés sin poder conectar el contenido anticapitalista de su programa con una propuesta estratégica que, sin salirse del carril del proceso abierto en 2012, le permitiera también jugar por fuera y ayudar a redefinir algunos de los pilares del sentido común del independentismo mainstream. Sus dos errores más importantes, en parte retroalimentados, fueron, por un lado, no tener ninguna política unitaria hacia la izquierda no independentista partidaria del derecho a decidir en tres momentos decisivos: la irrupción de Procés Constituent desde abril de 2013, de Podemos en las elecciones europeas del 25 de Mayo de 2014, y de Guanyem (luego rebautizado como Barcelona en Comú) en junio del mismo año. De haberlo hecho el mapa de la izquierda catalana podría haber sido distinto. El segundo error fue avalar la secuencia 9N+elecciones plebiscitarias+desconexión en dieciocho meses que, fundamentalmente ha servido para prolongar artificialmente el papel dirigente del PDeCAT en la política catalana y dar un rodeo a ninguna parte durante tres años. Colocada en una difícil posición tras las elecciones del 27S de 2015, sorteó como pudo sus dificultades internas fruto de una línea política errónea, pero lo hizo con una verdadera exhibición de participación y democracia interna que contrastó brutalmente con los plebiscitos autoritarios a la Podemos. Después ha tenido un rol decisivo, como Llonch señala, en haber reconducido la irreal hoja de ruta post 27S hacia la vía del referéndum como catalizador democrático.

4.El régimen de 1978 y la dialéctica centro-periferia. Preocupado por el impacto en el conjunto del Estado del avance del proyecto independentista en Catalunya, Garzón se pregunta “¿Relanzaría a las fuerzas de ruptura en el resto del Estado o las llevaría a un repliegue fomentado por el reforzamiento del nacionalismo español?”. No es posible dar una respuesta unívoca a esta pregunta crucial pero sí podemos afirmar que la tarea de la izquierda española es trabajar para el primer escenario, lo que implica combatir desde el comienzo al proyecto nacionalista español hegemónico y a la retórica reaccionaria. Cuanto más se ceda en el argumentario hegemónico y cuanto más se quiera pasar de puntillas sobre las cuestiones espinosas, más se prepara el terreno para que el PP y sus adláteres utilicen al independentismo catalán como distracción y chivo expiatorio de su propia falta de legitimidad.

Lo que está en juego es si las fuerzas de izquierda de ámbito estatal y de matriz federal/confederal y el independentismo catalán (y todos los independentismos “periféricos”) son capaces o no de articular una estrategia conjunta, desde el respeto por sus proyectos propios, contra los pilares y los bastiones del régimen de 1978 y el poder económico. O, si por el contrario, se combaten y se anulan entre sí. En suma, el desafío es trabar una compleja dialéctica centro-periferia que ni conciba las cosas desde el centro ni se encierre en una huida periférica. Dicha cuestión estratégica decisiva, por desgracia, ha brillado por su ausencia en los debates políticos posteriores a 2011 y 2012 y no ha parecido interesar demasiado ni a Podemos e Izquierda Unida, por un lado, ni a la CUP ni al independentismo mainstream, por el otro. En este panorama, Anticapitalistas es una sana excepción. Precisamente, el 1 de octubre ofrece una oportunidad concreta de empezar a explorar sendas de acción en común. La argumentación de Llonch tantea esta vía.

5.Nacionalismos. Aunque Garzón señala que “es absurdo meter a todos los nacionalismos en el mismo saco”, el problema fundamental de su argumentación es que en la práctica tiende a equiparar la función contemporánea concreta del nacionalismo español y del catalán dominantes. “Otorgando la misma condición abstracta a nacionalismo español y nacionalismo catalán, no cabe tomar partido de antemano por ninguno de los dos” prosigue. En abstracto, por qué no. Abstractamente hablando podría ser imaginable una situación hegemonizada por un nacionalismo español democrático (y de izquierdas) y un nacionalismo catalán ultraconservador (reactivo por ejemplo a un proyecto de izquierdas mayoritario en el conjunto del Estado).

Pero ello no debería hacer olvidar dos cosas relacionadas entre sí: la primera, la distinción clásica entre nacionalismo de los dominados y los dominadores es una brújula política que suele funcionar como una buena guía para orientarse bien en el grueso de los casos de opresión nacional; segundo, la constatación de la diferente función del nacionalismo español y catalán dominantes en el terreno democrático. Se puede ser nacionalista catalán o no, pero forzoso es reconocer que éste no se ha construido sobre la base de negar los derechos democráticos a nadie, mientras que sí es el caso del nacionalismo español mayoritario, en su versión de derechas o de centro-izquierda.

Estoy convencido de que el nacionalismo español ha creado miles de nacionalistas catalanes. Pero a menudo se nos olvida que también existe un pueblo español y que el nacionalismo catalán crea tantos otros nacionalistas españoles”, remacha Garzón en su argumentario. Por supuesto que la propaganda reaccionaria anti-independentista en muchos medios de comunicación ha contribuido a reforzar una nacionalismo español reaccionario. Pero esta afirmación olvida que la experiencia de padecer ambos nacionalismos es totalmente distinta para quienes reaccionan contra él debido a su misma naturaleza.

6.Independentismo y federalismo. Al desmarcarse del independentismo, Garzón recuerda correctamente que “es compatible la defensa del derecho de autodeterminación con la defensa de un modelo federal”. El problema estriba cuando, como señala Jaime Pastor al analizar la política de Unidos Podemos, de facto el derecho a la autodeterminación se concibe siempre ligado a una salida federal y se es muy renuente a reconocer el derecho a la separación como tal. Relacionado con esto hay dos problemas suplementarios en su planteamiento. Primero, aunque su federalismo es formalmente plurinacional, postulando un “Estado federal que reconozca a los pueblos y naciones de España y que no los enfrente, es una aspiración hermosa”, en realidad su concepción del federalismo parece más propia de un Estado uninacional. Segundo, y en relación con lo anterior, concibe al federalismo siempre como fruto de una ruptura global del marco de 1978, como resultado de una nueva (y deseable) mayoría política de ámbito estatal, pero no tiene respuesta ante un escenario de ausencia de dicha mayoría y de presión masiva desde Catalunya para ejercer el derecho a decidir.

Todo ello le impide asumir que un federalismo consecuente en Catalunya puede implicar, en el contexto actual, votar por la separación como paso previo a una voluntad de libre adhesión. El núcleo del argumentario de Llonch, que Garzón no comparte, se resume en la afirmación del primero de que no “existe forma alguna de ser realmente federalista en este Estado autoritario que no implique ser primero independentista”. En realidad este es el meollo de la cuestión estratégica de fondo. La aseveración de Llonch es esencialmente correcta, aunque conviene añadirle dos precisiones, la segunda más importante que la primera. Por un lado, más que “ser primero independentista” basta con defender el “sí” a la independencia en un referéndum. No es exactamente lo mismo y para algunos marca una distinción subjetiva. Por el otro lado, postular el “sí” a la independencia y tener el más firme compromiso en el ejercicio del derecho a la autodeterminación es compatible, a pesar de la existencia de innegables contradicciones programáticas, tácticas y estratégicas, con apoyar políticamente desde Catalunya los intentos de articular una nueva mayoría política entorno a Unidos Podemos, Catalunya en Comú y En Marea. Se puede votar, y votar “sí”, el 1 de Octubre y acudir a votar a Catalunya en Comú en las elecciones generales. La vía unilateral catalana y la búsqueda de una nueva mayoría política de ámbito estatal son vías complementarias aunque su temporalidad esté desacompasada.

7.Horizontes bifurcados. La contraposición entre federalismo (y derecho a decidir) e independencia ha sido el principal handicap estratégico de la izquierda catalana y, debido a ello, se instaló una profunda divisoria en la misma. Sorpresivamente, prácticamente nadie intentó formular una vía de acuerdo estratégico entre independentistas y federalistas partidarios del derecho a decidir entorno a un proyecto de ruptura democrática fundado en las consignas de República Catalana y proceso constituyente catalán. Su correlato político ha sido la incapacidad de articular de manera convergente los horizontes bifurcados que emanan del 15M y sus vidas posteriores y del proceso independentista. La ausencia de toda reflexión seria sobre esto, salvo excepciones individuales y minoritarias, en el mundo de Catalunya en Comú (y de Unidos Podemos a escala estatal) y de la CUP (y también de ERC por otra parte) constituye un tiro en el propio pie del que cojean muchos males presentes que amenazan en permanecer como futuros duraderos. El resultado es que el PDeCAT se beneficia de la fosa entre el mundo independentista y el del derecho a decidir, mientras que ERC no acusa apenas presión contraria a su alianza con la derecha.

8.1 de Octubre. Ante el referéndum anunciado por el gobierno catalán hay un par de consideraciones estratégicas básicas a hacer. Primero, es muy difícil que acabe siendo el referéndum que Catalunya necesita. Pero ello es debido, en primera instancia, a la actitud autoritaria del gobierno del Estado. No empezar el razonamiento por aquí es políticamente insostenible. Es un deber fundamental de la izquierda de ámbito estatal poner esta cuestión encima de la mesa. Antes de señalar los límites del independentismo catalán la crítica al nacionalismo autoritario del Estado es condición ineludible. No como trámite discursivo, sino como punto de partida de una orientación política. Segundo, siendo el 1-Oct un cita problemática, es por el momento el único (intento de) referéndum que se otea en el horizonte. Unidos Podemos defiende correctamente la celebración de un referendo en Catalunya y trabaja en esta dirección. La realidad es que no existe, sin embargo, una perspectiva a corto-medio plazo de poder articular una nueva mayoría política en el Congreso de los Diputados partidaria de ello. Unidos Podemos se orienta, por lo demás, a conformar una mayoría alternativa al PP buscando una alianza con el PSOE. Más allá de la rehabilitación tan rápida como sorprendente del PSOE como actor de cambio que ello implica, es evidente que un bloque gubernamental con el PSOE no abre el camino hacia el ejercicio del derecho a decidir y a un referéndum sobre la independencia de Catalunya, sino al de la reforma constitucional. Algo bastante distinto. Descalificar el 1 de Octubre en aras a un referéndum mejor que hoy no es posible es estratégicamente desmovilizador.

Preocupado por la incertidumbre garantista del 1 de Octubre, Garzón afirma que la “garantía consiste en que cuando el pueblo catalán sea consultado, éste pueda expresar de forma clara y nítida, y tras un debate serio y riguroso, su opinión. El derecho de autodeterminación es clarificador, en efecto, y por eso lo defendemos. Pero para que pueda ejercerse con garantías no puede ser como el propuesto el 1-O”. Pero se olvida en aclarar que la razón principal de todo ello es que desde el año 2012 el gobierno español no sólo ha negado al referéndum sino que ha eludido todo debate “serio y riguroso”.

Dos preguntas aparecen encima de la mesa. La primera, ante este bloqueo, ¿cuál es la vía más emancipadora? Una política pasiva en Catalunya o un intento de seguir empujando adelante? Entre una espera indefinida, cuyos únicos momentos de activación sean votar a Unidos Podemos y Catalunya en Comú en las elecciones, y una política de movilización sostenida y compromiso ciudadano, creo que la respuesta es clara. La segunda, si el 1 de octubre no consigue finalmente devenir el referéndum que Catalunya necesita, ¿qué actitud ayuda más a obtener uno de verdad, una política expectante o un compromiso activo para que la cita de otoño resulte lo mejor posible? No es lo mismo que el gobierno de Rajoy salga indemne del envite o que pague un precio político alto al verse forzado a acumular medidas represivas.

9.Referéndum y afirmación democrática. Cuando el Coordinador de IU escribe, al referirse al 1-Oct, “que el proceso ha sido dirigido más como arma política que como instrumento para canalizar el conflicto, no da la sensación de que pueda contribuir a solucionar nada” se coloca en una posición casi de espectador. Una política que, de facto, es la que sigue Catalunya en Comú y que casa mal con su relevancia tras ganar dos elecciones generales consecutivas y gobernar Barcelona ciudad. Siguiendo una orientación similar, pero desde un razonamiento más consistente en el terreno de la comprensión plurinacional y la crisis de soberanías, en un artículo reciente, el Secretario General de Podemos Pablo Iglesias y el Coordinador de Catalunya en Comú, Xavi Domènech afirmaban: “la movilización del 1-O puede ser un acto de afirmación de derechos y soberanía ante una situación que se debe desbloquear, dado el fracaso rotundo del PP y sus pulsiones represivas. En este sentido, como movilización política, reivindicamos su legitimidad y apoyamos que se realice. Pero después llegara el día 2 y entonces habrá que seguir trabajando por un referéndum que debe interpelar a todos los implicados.”

Hay dos problemas ahí: primero, se decreta de entrada que el 1 de Octubre es una movilización y no un referéndum como si esto fuera inevitable y tampoco tuviera nada que ver con la política de quienes así lo conciben. En realidad sería mucho más razonable plantear la necesidad de trabajar para que pueda ser un referéndum, poniendo así además presión al PDeCAT (que se precipita hacia el 1-Oct mucho a su pesar) y al gobierno catalán, aunque advirtiendo de que puede que al final sólo sea un “acto de afirmación de la soberanía” debido a la acción represiva del Estado. Y aclarar que si las cosas desgraciadamente fueran así, dicho acto no habrá sido en balde porque constituirá un paso más en la presión política para conseguir un referéndum aceptado por el Estado. Decidir a buenas y a primeras que el 1 de Octubre no es un referéndum real y desconectar la lucha por obtenerlo de lo que suceda en dicha jornada es en el fondo contradictorio en los propios términos de la política de quienes defienden esta perspectiva. El resultado es la pasividad de Unidos Podemos y Catalunya en Comú, algo especialmente grave en el caso de la última.

Garzón añade otra reserva: la ausencia de una opción federalista entre las opciones de voto. Me parece una objeción muy cuestionable. La consulta planteada obedece a la existencia de un movimiento de masas arrancado en 2012 y a una mayoría política independentista. Es normal, entonces, se comparta o no su objetivo, asumir que el referéndum gira entorno a la independencia. ¿Ello implica que sea inimaginable una consulta que incluyera una opción federalista? No, pero ello tendría sentido si existiera en Catalunya algún tipo de alianza entre federalistas e independentistas para una acción democrática común en contra del marco de 1978 o si hubiera alguna propuesta en sentido federalizante por parte del gobierno español. Por lo demás, la ausencia de la “opción federalista” de la papeleta de voto no significa que “esté neutralizada” sino que ésta debe plantearse por su partidarios como propuesta posterior al ejercicio del derecho a la separación.

10.La cuestión decisiva: ¿qué internacionalismo? Llegamos finalmente al punto estratégico de más hondo calado, que trasciende tanto al proceso independentista catalán, como a la propia cuestión nacional, aunque no es ajena a la misma: ¿Qué internacionalismo para nuestra época? Tres grandes reflexiones sobre ello se imponen. La primera, es que todo internacionalismo genuino empieza por la defensa del derecho a decidir, de los derechos nacionales de la minorías y de la libertad de los pueblos. Ello confiere una responsabilidad particular a la fuerzas internacionalistas que pertenecen a naciones dominantes. La segunda, todo internacionalismo con futuro tiene el reto de refundar formas de cooperación y solidaridad práctica transfronteriza y/o transnacional entre los oprimidos y los explotados. La tercera, un internacionalismo verdadero para el mundo de hoy conlleva (re)imaginar la propia idea de nación como comunidades cada vez más plurales, cultural, lingüística o étnicamente. Es decir concebirla política y estratégicamente. Certeramente, Garzón nos conmina a pensar “en fórmulas que nos permitan hablar de ruptura democrática y social y en la que los de abajo de nuestros pueblos respectivos podamos cooperar”. Visto la agenda política, el 1 de octubre parece una excelente oportunidad de cooperación solidaria en el que un papel activo de las izquierdas puede ayudar tanto a combatir al PP como a desbordar a la derecha catalana.


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